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Zapatero, a tus zapatos Opinión

Roberto Blancarte
03/09/2019 | 04:00 AM

roberto.blancarte@milenio.com

El Presidente de la República está más preocupado por el bienestar del alma de los mexicanos, que por su bienestar material. Lo cual sería loable, si ese fuera su mandato; si en lugar de elegir a un servidor público hubiésemos optado por elegir al mejor ministro de culto.

Pero, a menos que me equivoque, creo que el 1 de julio de 2018 la gente votó por un Presidente constitucional, no por un supremo sacerdote o por un guía religioso o espiritual.

Las funciones del Presidente están claramente establecidas en los artículos 26, 27, 89 y 108 de la Constitución, las cuáles son: promulgar y ejecutar las leyes hechas por los senadores y diputados, nombrar y remover a los miembros del Gabinete, nombrar a embajadores o cónsules, los cuales deben ser aprobados por el Senado, designar, previa ratificación del Senado, al Procurador General de la República (hoy Fiscal General de la República), declarar la guerra en nombre de México y activar a las fuerzas armadas para mantener la seguridad nacional, manejar la política exterior y celebrar tratados con dirigentes de otros países, convocar a sesiones extraordinarias del Congreso, conceder indultos a reos o privilegios limitados a inventores o descubridores, enviar al Congreso la Iniciativa de Ley de Ingresos y el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación y otras tantas cosas.

Pero en ninguna parte de la Constitución aparece que sean parte de sus deberes “procurar el bienestar del alma de los mexicanos”.

Y tengo entendido que, contrariamente al resto de los ciudadanos (quienes pueden hacer todo lo que no está prohibido), los servidores públicos sólo pueden hacer lo que les está expresamente permitido. Así que el Presidente López Obrador está simple y sencillamente extralimitándose en sus funciones y asumiendo papeles que no le corresponden.

Dan ganas de decirle: ¡Señor Presidente, [con todo respeto], dedíquese a lo le está encomendado! ¡Arregle la inseguridad, la falta de crecimiento económico y de empleo! ¡Zapatero a tus zapatos!

El misterio de la Santísima Trinidad: todo esto viene al caso por sus palabras en el primer Informe de Gobierno (según el libro que presentó ante su público selecto) y Tercer Informe (según se anunciaba en el templete), en el cual señaló que hay que dejar de lado la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico y que tanto éste como la competitividad son simples medios para lograr un objetivo superior que es “el bienestar material y el bienestar del alma”.

Lo malo es que todavía no tenemos manera de medir el bienestar del alma, ni queremos hacerlo, para no caer en esa obsesión tecnocrática.
Afortunadamente, sí tenemos a la felicidad, que es una percepción subjetiva y por ello algunos neoliberales se atreven a medirla, aunque para ello, como para muchas cosas del gobierno, supuestamente, no se requieren expertos.

Dice nuestro Presidente que “el fin último de un buen gobierno es conseguir la felicidad de la gente”. Y, como, según él, ya somos felices, felices, felices, entonces realmente su gobierno ya no tendría nada que hacer. Ya se puede ir a su casa. ¿O me está fallando la lógica?

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