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Memoria breve de un joven comunista Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
29/09/2019 | 04:02 AM

‘Nuestra célula vivía en una casa de seguridad de la Colonia Montuosa de donde salíamos solo para lo indispensable, buscar comida, prensa, recoger mensajes, pero nada de buscar familia o amigos, a pesar de que no estábamos identificados, como sí ocurría con otros que estaban fichados como activistas’

 

“Corrían los días del otoño primavera año de 1972 y nos había llegado la orden de que nos preparáramos para cubrir la vigilancia de una reunión nacional que se celebraría en Mazatlán en un lugar y una fecha por definir por razones de seguridad de la organización en ciernes.

“Cuando llegó el día se nos dijo que sería en el anexo de un hotel de la Zona Dorada donde entre buganvilias rojas, moradas y amarillas, y algunos gatos que ronroneaban entre techos y maleza, llegarían los representantes de los distintos grupos que integrarían la Liga Comunista 23 de Septiembre.

“Nuestra célula vivía en una casa de seguridad de la Colonia Montuosa de donde salíamos solo para lo indispensable, buscar comida, prensa, recoger mensajes, pero nada de buscar familia o amigos, a pesar de que no estábamos identificados, como sí ocurría con otros que estaban fichados como activistas”.

“Llegó el día y se había rentado un cuarto del hotel y cuando cayó la noche fueron llegando discretamente cada uno de los convocados cuidando de su propia seguridad. Luego supe que los camaradas venían de Guadalajara, Monterrey, Mexicali, Naucalpan, Culiacán, la Ciudad de México.

“Los miembros de la célula nos distribuimos armados por los accesos y tomábamos nota de los autos que entraban y salían del estacionamiento. Nada se salía de cuadro y aquello era algo rutinario, como los movimientos de los gatos que rondaban maullando por hambre o soledad.

“Así transcurrieron las horas y antes de que amaneciera los dirigentes empezaron a salir en intervalos para retirarse discretamente como habían llegado. El último salió con los primeros destellos del amanecer y un oleaje que se oía a lo lejos sobre el silencio de las calles.

“No cruzamos palabras con el último que cerró la puerta, sólo un gesto de aprobación, para indicar que el trabajo había terminado exitosamente y venían las tareas revolucionarias.

“Nosotros volvimos a nuestro refugio a la espera del siguiente llamado, a la rutina sosa de la clandestinidad, no era nada fácil, un día uno de los camaradas estaba fumando mariguana, lo que rompía con las reglas no escritas de la organización pero también con la moral del revolucionario, y le hicimos un juicio y decidimos que no podía seguir entre nosotros y fue expulsado de la célula, nunca volvimos a saber de él”.

“Al tiempo nos tocó viajar al norte del estado a recoger armas y cuando volvíamos a la altura de Guasave estaba un retén del Ejército y nos acalambramos, no había manera de volver atrás, llegamos a donde estaba un teniente, y lo de siempre de donde vienen para donde van, luego me dijo que abriera la cajuela y ahí pensé hasta aquí llegamos.

“Abrió la cajuela mientras yo veía por el espejo retrovisor mientras sujetaba mi pistola, esos minutos se hicieron eternos, de repente cerró de un golpe la cajuela y vino lentamente hasta donde estábamos y nos miró a cada uno y cuando llegó a mí que era el conductor me miró inexplicable con aire afable para decirme, “que te vaya bien amigo, vete con cuidado”.

Continuamos rumbo a Culiacán, tratando de descifrar lo que había ocurrido, y nos perdimos por las calles de Tierra Blanca.

“Un año después, la dirección de la Liga toma una decisión temeraria, realizar una acción de masas en Culiacán y sus comandos movilizan a los estudiantes de la UAS y el Tecnológico y a campesinos del valle de Culiacán para llevar a cabo lo que se conoció como la operación guerrillera Asalto al Cielo que se llevó a cabo el 19 de enero de 1974.

“Es decir, una serie de movilizaciones que provocaron un gran caos en la capital del estado y el gobierno movilizó una fuerza élite del Ejército y los agentes de la federal de seguridad, juntas con la policía estatal y municipal. Estas fuerzas tomaron literalmente Culiacán y empezaron una persecución contra todos y todas que pudieran tener que ver con estas acciones -como lo narra magistralmente Gustavo Hirales en su testimonio novelado: La guerra de los justos (Cal y arena)

“Por la represión se dio la diáspora y yo decidí tomar distancia de la organización e ingresar al PCM, el partido decidió mandarme a estudiar a la URSS, me consiguió un pasaporte falso y una madrugada partí rumbo a Moscú. Danzós Palomino me acompañó al aeropuerto de la Ciudad de México y no se retiró hasta que levantó vuelo el pesado avión de Aeroflot que me llevaría a la capital moscovita”.

Atrás quedaba su paso por la Liga y cómo muchos otros jóvenes sinaloenses decidieron retirarse de las armas e ingresar al PCM o iniciar el proceso de rectificación a través de la Corriente Socialista, que en el caso del PCM, estaba bajo la dirección de Arnoldo Martínez Verdugo, quien era un crítico severo de las guerrillas, quizá ya influido por el eurocomunismo, la que años después lo secuestrarían por un “dinero que había sido puesto a resguardo del partido y que los miembros del EPR lo consideraban suyo”.

Pero, volviendo a la LC 23 Septiembre, Sinaloa se nutre principalmente del llamado grupo de Los Enfermos, una corriente principalmente estudiantil que se había radicalizado al punto en que todo lo veía como blanco o negro. Revolucionarios o reformistas. Sus lecturas del leninismo los había llevado a teorizar sobre las instituciones de educación superior. Las tesis de la llamada Universidad fábrica era de un escándalo que rayaba en la irracionalidad política.

Sostenían, por ejemplo, que las universidades eran reproductoras del sistema capitalista pues sus egresados estaban destinados a cumplir las funciones que este les asignaba. Y, por ende, estas -a la Pol Poot- tenían que ser destruidas. Que no se llegó a tanto, simplemente se utilizó a la UAS, para obtener medios para sus “acciones revolucionarias”.

El desvarío ideológico los llevaría al aislamiento al punto que la guerrilla rural de Lucio Cabañas los habría rechazado cuando intentaron sumarse a la columna guerrerense. Sin embargo, hubo otros jóvenes sinaloenses que formaron parte de la Liga sin haber pasado por el “enfermismo” o quizá al estar cerca de ellos terminaron decidiendo abrirse y buscar nuevos asideros políticos.

Esta es la historia que me platicó una mañana luminosa, frente a un café en el desaparecido Vips, un joven comunista fallecido hace algunos años de muerte natural, hoy esa charla la publico como un homenaje a su memoria y la lucha siempre necesaria contra el olvido.

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