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La retórica democrática del Rector Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
13/10/2019 | 04:05 AM

‘La teoría política claramente establece que una democracia para serlo debe tener ciudadanos libres o no lo es, será autoritarismo, y en la UAS dista de haber ese clima de libertades, de pesos y contrapesos, donde lo que menos se encuentra es este tipo de agentes democráticos’

“La democracia que hoy vive la Universidad es la que le permite estar en los primeros lugares a nivel nacional, y la democracia significa saber ganar y saber perder, y hoy quienes no han podido acercarse a representar a alguna de las unidades académicas les decimos: bienvenidos a la democracia universitaria y respétenla, hoy hemos escogido a 49 directores de nuestra universidad”, señaló con una sonrisa el rector Guerra Liera al concluir el proceso de habilitación de otras tantas unidades académicas.

La democracia mínima, recordemos, es un medio para elegir y no un fin en sí mismo, además, a esta idea de democracia del Rector, le subyace el argumento de que han ganado los que han cumplido mejor los requisitos de una convocatoria para nombrar directores de la máxima casa de estudios de los sinaloenses, entre ellos, por supuesto, la consulta que realiza la Comisión Permanente de Postulación del Consejo Universitario o sea en su lógica cumple la regla básica de toda democracia electoral que es la mayoría de los votos emitidos.

Sin embargo, no estamos en una contienda electoral para un órgano de representación política sino, bajo una fórmula de participación con varios ingredientes, que si bien considera la opinión de los universitarios existen teóricamente otros atributos sustantivos que son evaluados para decidir quien dirige tal o cual escuela o facultad.

Más aún, en los hechos, poco importan las formalidades, se trata de justificar algo que es la democracia universitaria entendida esta como la libre participación de sus miembros sin tutelajes, sean estos fácticos o formales, directores y profesores e incluso estudiantes ligados al poder establecido.

Y es que, ¿cuánta democracia puede haber en una institución universitaria donde un partido político copa toda la estructura administrativa y laboral de la Universidad y le impone su propia dinámica e intereses? Cuando sus comisarios políticos habilitan candidaturas y coaccionan de distintas formas a los universitarios. Cuando se legitiman a través de entes parapolíticos que desmerecen su espíritu sustantivo. Vamos, cuando los resultados de estas consultas son generalmente preconcebidas desde altas esferas del poder de dentro y fuera de la institución.

La teoría política claramente establece que una democracia para serlo debe tener ciudadanos libres o no lo es, será autoritarismo, y en la UAS dista de haber ese clima de libertades, de pesos y contrapesos, donde lo que menos se encuentra es este tipo de agentes democráticos.
Y es que en cada elección se pone en marcha toda una maquinaria electoral de “partido único” destinada a “preparar” a la base, uniformar voluntades, simular consultas y aplanar resultados con personajes políticamente correctos.

Esa estrategia permite ir como caballo de hacienda en eventos penosamente plebiscitarios como indica, que salvo excepciones a la regla haya manifestaciones en contra, como sucedió en la Escuela Preparatoria Allende, lo que domina es la reelección de fieles, esa que hoy festina el Rector y a la que define orgullosamente como una práctica democrática.

El debate público, esencia de la democracia participativa, no está presente en los proyectos de universidad, o se reduce a su mínima expresión burocrática. La presentación de un proyecto de gobierno en cada una de las unidades académicas que luego queda como un buen propósito, no hay espacio para el contraste de diagnósticos y soluciones colectivas, menos para la evaluación seria y permanente, y si así fuera, la Comisión Permanente de Postulación decide lo políticamente correcto.

La representación en los Consejos Técnicos escolares y el Universitario es una formalidad rutinaria que generalmente se llena con militantes del PAS o filopasistas que no levantan la voz más allá de lo que define un código de comportamiento vertical, acrítico, sin voluntad de cambio, y más bien aspiracional de plazas, horas-clase, chamba para hijos e hijas, palmadas de pertenencia al grupo.

Los bendecidos son los que en tiempos electorales vemos en las esquinas esgrimiendo banderolas pasistas, repartiendo volantes, grillando en el aula y organizando juegos de lotería en las comunidades agrarias.

El Rector yerra, entonces, la democracia en una universidad no puede ser sólo la de los votos sino aquello que potencie sus actividades sustantivas, la de directores que favorezcan la investigación para producir nuevos conocimientos, la docencia como actividad creativa que estimule la imaginación de los educandos o la extensión universitaria que proyecte lo mejor de la institución hacia la sociedad que la financia.

O sea, no pueden ser los cuadros políticos de un partido, sino las mejores capacidades en el sentido más amplio de la palabra, esas que levantan rápidamente consensos, como reconocimiento a trayectorias académicas y científicas. Ya sabemos, esos personajes excepcionales generalmente no son dóciles, se saben con la dignidad de la sapiencia, el esfuerzo, la independencia, salvo aquellas excepciones a la regla que con capacidades también militan en el proyecto político dominante en la UAS. Los hay, ahí está Jorge Milán, quien de nuevo es el director de la Facultad de Ciencias Químicas.

Las recientes habilitaciones de los 49 directores en la UAS, podríamos concluir que es la ratificación de la élite pasista, el refrendo de la Universidad partido, es el ejército mayoritario que muy probablemente veremos o volveremos a ver operando en las próximas elecciones constitucionales, formando parte de las candidaturas para diputados, alcaldes, listas de regidores, subiendo pues por la escalera política del cuenismo pero, también, los que visitan puerta por puerta para conseguir los votos que están en declive para el “partido de los universitarios”.

En definitiva, no hay nada nuevo en los procesos de habilitación, se reedita lo que ha venido sucediendo desde hace más de una década en la casa rosalina, donde no parecen darse cuenta que el país está en proceso de cambio y que tarde que temprano vendrá el ramalazo contra este tipo de instituciones que todavía hoy hablan de democracia cuando en realidad estamos frente a estructuras autoritarias que, si la evaluamos por las inconformidades que se han dejado sentir en este proceso, las “pequeñas voces” si se quiere, pueden poner en entredicho el futuro de los que ejercen como dueños de la UAS.

Al tiempo, ¡aquello no es democracia!

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