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Cadena perpetua a El Chapo: la condena que no cambia nada Opinión

Adrián López Ortiz
21/07/2019 | 04:00 AM

La justicia estadunidense hizo lo que la mexicana no pudo: capturar y condenar a cadena perpetua a Joaquín Guzmán Loera.

El juez Brian Cogan dictó sentencia y de inmediato el narcotraficante más famoso de México fue trasladado a la prisión ADX Florence de Colorado, donde purgan sus penas Osiel Cárdenas Guillén, Francisco Javier Arellano Félix, terroristas y asesinos seriales. Esa prisión, de la que no ha escapado nadie, es peor que la muerte, dicen quienes la conocen.
Todo indica que Joaquín Guzmán morirá en esa cárcel y el mito de El Chapo permanecerá en los corridos, pero el Cártel de Sinaloa seguirá operando y funcionando en Sinaloa, en México y en el resto del mundo como una de las organizaciones criminales más grandes, longevas y estructuradas a nivel global.
Pero eso no significa que el cártel permanezca intacto: la organización ha tenido que adaptarse y reconfigurarse para sobrevivir a diversos cambios externos e internos.
En lo externo, el avance de la regulación de la mariguana en Estados Unidos, sobre todo en California, obligó al cártel a producir y comercializar otras drogas (metanfetaminas en lo nacional y heroína para exportación), a diversificarse a otras actividades criminales (robo de autos, tráfico de armas y de personas, juegos y hasta negocios legales para lavar dinero) y a mejorar la eficiencia de sus estructuras operativas para mantener sus márgenes de rentabilidad y su vigencia violenta.
En lo interno primero hay que mencionar que las pugnas internas con los hermanos Beltrán Leyva (2008-2011) y con Dámaso López (2016-2017) obligaron a una especie de limpia y consolidación de círculos de confianza para evitar el embate de otras organizaciones criminales (Zetas, el CJNG y Los Arellano) en territorios y rutas históricamente dominadas por el Cártel de Sinaloa.
La última y definitiva detención de Joaquín Guzmán deja al histórico capo del cártel, Ismael “El Mayo” Zambada, en el liderazgo solitario de una organización que más que una pirámide es una red de células criminales flexible y multidisciplinaria.
Esa configuración jerárquica le permite prescindir de la necesidad de tener capos todopoderosos y llamativos (como los que salen en las series), le brinda mejores condiciones de adaptación pues todo nodo es sustituible y, además, le confiere mayor capacidad de acción/reacción y comunicación para sus actividades comerciales, financieras y de violencia.
Por otro lado, con una historia de más de 50 años, el cártel logró erigirse en Sinaloa, y mayoritariamente en Culiacán, como una estructura capaz de otorgar una escalera de movilidad social a los jóvenes de segmentos socioeconómicos bajos e incluso medios, al tiempo que construyó un modelo aspiracional y un sentido de pertenencia que alcanzó para limpiar los apellidos de los fundadores del cártel tres generaciones después.
Y otro de los aspectos que evidencia el poder alcanzado por el cártel es su capacidad corruptora para decidir e incidir en la política local y nacional. Instalada como una relación cotidiana de dinero y cooptación, la “narcopolítica” sinaloense se explica en dos grandes pasajes: el descubrimiento de la red de protección de seguridad estatal al servicio de Rodolfo Carrillo, asesinado en el sexenio de Juan S. Millán; y la confirmación de Lucero Sánchez como pareja sentimental y protegida de Joaquín Guzmán, quien fuera Diputada local por la alianza PAN-PAS-PRD-PT y arropada por la clase política sinaloense en el Congreso del Estado durante el sexenio de Mario López Valdez.
Gracias a su éxito comercial, su auge financiero (que incluso alcanzó para figurar en Forbes), su influencia política, su capacidad corruptora y de violencia, así como su instalación cultural en la comunidad de la que surgió, el Cártel de Sinaloa es, acaso, la única organización criminal de México que evolucionó hasta convertirse en una verdadera mafia.
Pues bien, aún con El Chapo condenado esa mafia sigue allí: aprendiendo que mientras más tranquila esté, mejor le irá. Estados Unidos seguirá siendo el principal consumidor de drogas del mundo y nuestro país vecino, al tiempo que en México el consumo de mariguana y metanfetaminas se incrementa. El mercado sigue allí.
Por eso debemos reconocer que la economía del narcotráfico permanece y crece, cambia y se diversifica mientras nuestras autoridades exacerban el fallido modelo militarista ahora con el nuevo nombre de “Guardia Nacional” y la simulación de su carácter civil. ¿Funcionará? Lo dudo mucho.
Sí, El Chapo Guzmán ha sido condenado y pasará el resto de sus días en una prisión estadunidense; López Obrador se compadece de su pena y el gobierno mexicano busca negociar la recuperación del patrimonio ficticio del capo por 12.7 mil millones de dólares, cifra inventada quien sabe cómo por nuestros vecinos del norte.
Que tengan suerte. Mientras tanto, más de 90 personas son asesinadas diariamente en México como consecuencia de nuestra incapacidad para ver la evidencia e implementar políticas públicas de seguridad, lavado de dinero y regulación de drogas que aborden el narcotráfico y el crimen organizado desde una perspectiva multidisciplinaria y global.
adrianlopezortiz.com

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