Este medio electrónico utiliza cookies para mostrar contenido personalizado y publicidad segmentada relacionada con sus preferencias. Si continúa en nuestro sitio o aplicaciones, entendemos que otorga y acepta plenamente que sus datos recabados serán utilizados mediante las disposiciones y términos de nuestro aviso de privacidad.
Suplementos
  • Novias
  • Gloss
  • Campo
  • Clave de Acceso
  • Tu Casa
  • Tu Salud
  • Tu Auto
  • Politicante
  • Mejor Educación

Detrás de las sonrisas Opinión

Federico Reyes Heroles
07/08/2018 | 04:02 AM
Difícil olvidar las imágenes. El humeante aparato destrozado sobre un pastizal. Personas en camillas siendo trasladadas con prisa, cruces rojas sobre el pecho de varios, las sobrecargos descalzas sobre el campo ayudando a algún pasajero. Quizá no se debió intentar el despegue. Allí la responsabilidad es compartida. Las investigaciones dirán. Pero ya dentro de la emergencia el comportamiento de la tripulación fue ejemplar.
Los llaman protocolos, son esos lineamientos a seguir en caso de emergencia. En los barcos se realizan por ley simulacros para una eventualidad. Pero siempre habrá casos como el “Costa Concordia” encallado por irresponsabilidad de su capitán. Transportarse en barco no es muy frecuente, pero volar es parte de la vida de decenas de millones en nuestro país. Pudimos haber estado en ese vuelo, el 2431, pudo haber sucedido en otra ciudad, pero los protocolos son los mismos para todos.
Subimos al aparato y muchas ocasiones en automático nos conectamos con una lectura, con algún dispositivo, con nuestra música, mientras ellas o ellos dan instrucciones señalando las puertas de salida, el uso de las mascarillas, etc. Lo hemos escuchado en tantas ocasiones que la mayoría de los pasajeros no presta atención. Y allí están como autómatas repitiendo el protocolo a sabiendas de la indiferencia hacia ellos. Después aparecen los carritos con refrescos, cervezas o lo que sea, unos cacahuates y allí todo se confunde. Los sobrecargos no son meseros, son parte primordial de la tripulación y nuestra seguridad también está en sus manos. Es un oficio mal entendido.
Los pasajeros se molestan cuando les hacen alguna indicación de apagar el celular o de guardar el equipaje de manera adecuada. Pero ellos están cumpliendo con su trabajo. Todos van uniformados y el uniforme debe recordarnos que detrás hay un entrenamiento, una jerarquía, funciones específicas dentro de la nave. La confusión es total, los cacahuates y bebidas son una cortesía, pero las mentes de toda la tripulación deben estar en la misión sustantiva: la seguridad. Si a ello le agregamos que a las mujeres se les diseñan uniformes atractivos, con pañoletas de colores vistosos, en armonía con el calzado y los bolsos, pues resulta que la imagen que nos proyectan es equívoca.
Samantha Hernández y Brenda Zavala deben haber pensado que quizá nunca les tocaría aplicar su entrenamiento y de pronto vinieron los golpes, el humo, los ruidos y crujidos espantosos y tuvieron que reaccionar de acuerdo a lo previsto, en los protocolos, by the book, siguiendo el manual. Y eso hicieron, auxiliaron a los pasajeros muchos niños y algunos adultos mayores a salir del avión lo antes posible y por donde fuera, sin perder un instante pues la posibilidad de una explosión fatal era la amenaza anunciada. Lo mismo hizo el primer oficial Daniel Dardon, mientras el piloto permanecía inmóvil por una lesión severa. Las salidas por las alas quedaron inutilizadas. Varios pasajeros ayudaron a otros a escapar del tubo ardiente y alejarse del aparato. Minutos después llegaba Protección Civil y los elementos de la Cruz Roja. Sobrevivientes: 103 de 103 pasajeros.
Los directivos de la aerolínea, Aeroméxico, salieron sin titubeos a dar la cara y en horas se conocía la información básica de la aeronave, antigüedad, última revisión y también de la tripulación, horas de vuelo, capacitación, etc. Dos varones en la cabina, dos mujeres como sobrecargos. Los motivos últimos del percance están sujetos a investigación, pero la lección es clara: debemos revalorar la función de los sobrecargos. Quizá, me comentaba una mujer, lo primero sería vestirlas de forma tal que entierren la imagen de pretendidas muñecas y nos recuerden la enorme responsabilidad que tienen en sus manos. Un overol y unas botas serían impactantes.
El asunto atañe a una deformación que en el extremo puede ser insultante para las mujeres a las que encontramos en restaurantes con vestidos provocadores que son el uniforme obligado, o esos eventos donde las “edecanes” con faldas cortísimas y tacones altos son manejadas como adornos desvirtuando el sentido de una conferencia o plática.
Soy usuario frecuente de Aeroméxico y no extrañaría si las pañoletas fueran sustituidas por un uniforme más rudo que nos recuerde la enorme responsabilidad de esas personas que nos dan la bienvenida y se despiden de nosotros a la salida, pero que detrás de la sonrisa obligada ejercen un oficio muy respetable.
 
P.D. Sergio Ramírez, el gran escritor nicaragüense, voz libertaria y referente ético internacional, se dirige al Presidente electo: “Lo que ocurre aquí repercute allá. Nicaragua también debe importarle a México y a López Obrador”. Detrás de sus palabras hay 400 muertos y dos mil heridos producto de la represión. Debemos reaccionar.

 

frheroles@prodigy.net.mx
También de este autor..
24-07-2018
17-07-2018
03-07-2018

Oportunidades