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El López Obrador que no conocemos Observatorio

Alejandro Sicairos
02/12/2019 | 04:14 AM

Al año, un Presidente más insondable

 


Al irse a la cama anoche, él dice que lo hace muy temprano, Andrés Manuel López Obrador tuvo que interrogarse para sus adentros si el primer año de gobierno responde a las expectativas que los mexicanos trazaron cuando el primero de julio de 2018 decidieron elegirlo para expulsar del poder al Partido Revolucionario Institucional, con todo y la deshonra a la cual Enrique Peña Nieto sometió a las instituciones nacionales. ¿Cuál será, 365 después, el autoexamen del Presidente?
Apartado del México de fobias y filias, de las encuestas que le crecen o merman la popularidad, de los amplios segmentos que lo quieren igual que los niños le toman cariño al abuelito que les da y les consiente todo, de los gobernadores que le siguen la corriente para esquivar la furia del nuevo régimen contra los opositores, qué pensamientos incubarán en la mente del hombre que soportó tres campañas políticas antes de residir en Palacio Nacional.
Una vez que se retiró del meloso ruido del Zócalo y de la multitud que lo sigue, quien sabe si lo quiere; ya metido en los intersticios íntimos de la conciencia, con la luz apagada y la habitación en calma, el ciudadano común de Macuspana, Tabasco, debió tener un encuentro con el verdadero AMLO, aquel sin la banda presidencial ni la parafernalia política que igual idolatró a otros mandatarios y antes de que cantara el gallo los aborreció.
Tiene que haber un sitio secreto en el sentimiento del Presidente en el que se encierre para el examen personal y se pregunte si en realidad México está más seguro, o la corrupción en los hechos va a la baja, así como unidad nacional significa que cada día arrecie el odio de la mitad de la población contra la otra mitad.
En ese último reducto de la soledad, donde nadie lo ve, López Obrador posee el verdadero balance del primer año del mandato de seis. “Uno es la suma mermada por infinitas restas”, establece Sergio Pitol en “El arte de la fuga”. “Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios”.
México avanzó desde el momento que 30 millones de mexicanos decidieron construir la oportunidad del cambio real. El viraje indiscutible a la izquierda después de que las otras opciones electorales estaban marcadas por la traición, corrupción y codicia sin límites. El paso al frente a favor de los más vulnerables, de los históricamente sin voz ni presencia, aquellos que mediante el voto soñaron con tomar el control del País.
Eso se ve y se siente, y a cada momento lo repite el Presidente. La austeridad asumida por el Mandatario que pone el ejemplo al dejar de viajar en los aviones oficiales de lujo o habitar las casas blancas, las reformas a la Constitución que pretenden un México más justo, los programas sociales que poseen un sentido humano, y la estrategia de generar paz sin declararle la guerra a la delincuencia que tal vez contenga alguna convicción por el respeto a la vida.
Pero el López Obrador que la Patria desea escuchar no es el de los tantos informes y eventos festivos cuando la nave nacional se tambalea por los vientos de incertidumbre. No el de la tonada bulliciosa de la auténtica Sonora Santanera al tiempo que la sangre de casi 30 mil muertos de la violencia en 2019 paraliza a las familias en el miedo. Ni el del grito ensordecedor de “¡No estás solo!”, “¡Es un honor estar con López Obrador!”, simultáneamente con la sospechosa unanimidad que anula los equilibrios políticos.
No el que volvimos a presenciar ayer, con las mismas frases y con sus mismos datos. No el que insiste en dividir a México en dos: reformadores y conservadores, chairos y fifís, adversarios y afines, saboteadores y leales, ricos y pobres. No el que pretende que la gente lo idolatre por el dinero que le da sino el que sea amado por el buen futuro que construye.
Urge conocer al político que al enterarse de los resultados electorales oficiales de la elección presidencial de 2006 y 2012 se encerró con su otro “yo” a recriminar la ingratitud de las mismas masas que hoy lo aclaman y que entonces no supieron darle los sufragios suficientes que impidieran las maniobras fraudulentas. Cómo hace falta, un año después, recuperar al ciudadano López que es lentamente disipado por la megalomanía.
Al dormir la noche de ayer ¿soñó López Obrador a ese pueblo que más allá de la oropelesca felicidad del Zócalo sí sabe que el apoyo económico les va a llegar en un mes, pero no está seguro que el porvenir le garantiza el bienestar duradero? ¿Pensó en los mexicanos que están conscientes de que los anteriores mandatarios le fallaron y tienen viva la congoja de que el actual también le falle? ¿Escuchó esa realidad, Presidente, cuando ya no lo ensordeció la fugaz veneración siempre presente en los desesperados?

Reverso
A su ángel de la providencia,
Le encargo López el paquete:
Si al País le hace un boquete,
Que el pueblo muestre paciencia.

Hablan las víctimas
Forzosamente llega la confusión, compañera inseparable del miedo, cuando López Obrador defiende su estrategia de seguridad pública a pesar de hechos violentos de alto impacto como los del 17 de octubre en Culiacán, la masacre contra la familia LeBarón en Chihuahua, las matanzas en Coatzacoalcos y Minatitlán, Veracruz, y la reciente racha sangrienta en Villa Unión, Coahuila, y además hace referencia a la barbarie que desató la guerra contra el narcotráfico en el sexenio de Felipe Calderón. Y al comparar los inicios de sexenio al hoy Presidente le va peor: Vicente Fox 13 mil 917 homicidios dolosos, Felipe Calderón 10 mil 47, Enrique Peña Nieto 21 mil 567 y AMLO 26 mil 967 del primero de diciembre de 2018 al 31 de octubre de 2019. Los muertos no mienten.
alexsicairos@hotmail.com

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