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El manejo del odio Desde la Calle

Iliana del Rocío Padilla Reyes
22/06/2019 | 04:05 AM
iliana_pr@hotmail.com



Hace un par de años una tesis doctoral de la Universidad de Chicago, cuya traducción fue publicada como libro por el Colegio de México, presentó el trabajo etnográfico de Nitzan Shoshan en algunos barrios obreros en Berlín, donde interactuó con jóvenes con ideología de extrema derecha. El estudio, además de mostrar las formas violentas de nacionalismo que han adoptado estos grupos, plantea las estrategias que ha seguido el gobierno alemán para establecer un “manejo del odio”; una forma de gobernanza que intenta contener el discurso que incita a la violencia y a la persecución de ciertos grupos vulnerables y señalados. 

Para el manejo efectivo del discurso de odio la gobernanza de la nueva “visión nacional”, la Alemania armoniosa que aprendió del pasado, se constituyeron una serie de instituciones, códigos constitucionales y penales, reglamentos en escuelas y hasta en partidos de futbol, campañas por parte de expertos, y otras medidas mediáticas que llevan como fin la construcción de paz. En la gobernanza legal, se construyen marcos legales para garantizar la libertad de expresión y la libertad de asociación, entre otras, pero también se han constreñido las garantías en torno a tres racionalidades: la prohibición de la denigración de las personas, la salvaguarda de la formación de los menores, y la prohibición de asociaciones anti constitucionales. 

Las restricciones al discurso de odio, que para algunos podrían parecer excesivas, se plantean como necesarias en un país que aspira a reconstruir su identidad desde un pasado que no pretende olvidar; en una sociedad que sabe que las ofensas, señalamientos, y otras formas de violencia simbólica escalan hacia la violencia directa. 

En América, la Organización Interamericana de Derechos Humanos ha señalado la necesidad de que se implementen en nuestros países medidas legales para sancionar la discriminación y el discurso de odio, con el objetivo de “proteger la libertad de expresión al tiempo que se garantiza la igualdad y la seguridad de las personas”. Esto en el conocimiento de que la libertad de expresión y la igualdad se refuerzan mutuamente, y que la primera debe conducir a la paz, no a la violencia. 

Respecto al discurso que propicia discriminación, esta semana Sinaloa estuvo en los medios nacionales gracias al posicionamiento de algunos diputados que llevó a la negación del matrimonio igualitario. Más allá del proceso y los resultados, que merecen un análisis detallado (y lo han tenido en otros espacios) me gustaría destacar el discurso. La Diputada Elva Margarita Inzunza Valenzuela del PRI, por ejemplo, declaró que de abrir la adopción de niñas y niños a parejas LGBT (asunto que no se estaba discutiendo) se estaría condicionándolos a “un futuro incierto”, ya que al ser educados por ellos se les inculcarían “valores y costumbres que atentan contra los principios fundamentales de la sociedad”. Al rechazar la propuesta, la diputada apeló al llamado de López Obrador a ser “buenos cristianos”, y no reconocer las uniones entre personas del mismo sexo. 

No pueden pasar desapercibidas las palabras de la diputada y de otros que se han pronunciado con desprecio hacia la comunidad LGBT en un estado que aspira a la paz, en un Sinaloa que sufre las consecuencias de la violencia crónica; donde el odio, la falta de empatía, las violaciones a los derechos humanos, y negación ante la violencia cotidiana.  El rechazo y estigmatización de grupos no deberían tener cabida en este Sinaloa que tratamos de replantear, sobre todo si provienen desde el posicionamiento de uno de los principales partidos políticos. 

 


En Sinaloa tenemos nuestras propias historias de genocidio, como la perpetrada en contra de la comunidad china, y también pasajes modernos de horror y mucho odio. No avanzaremos en la construcción de una nueva identidad regional, no caminaremos a un Sinaloa pacífico mientras que nuestros representantes inciten al odio.

 

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