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El oficio de gobernar Aldea 21

Vladimir Ramírez
24/05/2019 | 04:05 AM
vraldapa@gmail.com
@vraldapa



El Alcalde de Culiacán, Estrada Ferreiro tiene en mente la certeza de que muchas cosas están mal en el municipio y en nuestra ciudad, lo expresó cuando era candidato y ahora como Alcalde, su apreciación de lo que se debe cambiar no es una mera expresión sino un gesto de autoridad; está en su potestad la toma de decisiones y tiene en sus manos el poder de hacerlo, la ley lo faculta, para eso es el Presidente, el encargado para atender los asuntos públicos del municipio y pues así lo está haciendo. Sin embargo, el asunto que ocupa la atención de la ciudadanía y su opinión en los medios no es si tiene razón o si está en lo correcto cuando actúa como autoridad, en el fondo la mayoría de las personas, saben que tiene razón cuando se refiere a algún asunto público y polémico, como el de las licencias para ciclistas, en el tema de los comercios en las banquetas, el de hacerse responsable de los árboles en cada domicilio, por mencionar sólo algunos ejemplos en los que en el fondo tiene razón, aunque él personalmente, con su particular manera de ser, se encargue también de agregarle un problema de forma. 

Es evidente que el actual Alcalde de Culiacán como los de Ahome y Mazatlán, refiriéndonos a los ayuntamientos que dirigen a nombre de Morena, se encuentran en un proceso de aprendizaje, de ensayo y error en el que librarán batallas que tendrán como punto de partida sus propias decisiones. No es lo mismo tener razón que gobernar, no basta estar del lado de la autoridad, ni tener el respaldo de las leyes para gobernar y mucho menos si se pretende ser factor de cambio social. 

Existe mucha literatura sobre los dilemas que padecen los gobiernos administrados por  políticos y técnicos, por las dificultades que se enfrentan entre el criterio de lo político y lo técnico, entre lo políticamente correcto y lo que se requiere para hacer lo correcto. Es decir, para el Alcalde de Culiacán sus decisiones son correctas, pero hace falta que los habitantes del municipio también lo sepan, que conozcan los fundamentos de sus decisiones, necesita considerar a la población y en especial a los sectores directamente implicados en cada una de las acciones de su gobierno. 

Requiere convencer a la ciudadanía de que está haciendo bien su trabajo y que ésa es la mejor manera, de lo contrario seguirá lidiando con la opinión pública; si bien él mismo afirma no importarle, es recomendable que revise su condición de representante y no propietario del gobierno, ni de los recursos con los que ejerce su autoridad.

Para el considerado padre del estudio de las políticas públicas en México, Luis F. Aguilar, la dicotomía entre política y administración se define a partir de las funciones y responsabilidades: los políticos, sean líderes autoritarios o representantes populares electos, son quienes deciden los grandes objetivos y lineamientos del gobierno que encabezan; por tanto, son ellos acaso los que tienen que ofrecer pruebas convincentes a los ciudadanos acerca de la significación y utilidad pública de sus decisiones y políticas; en cambio, la función administrativa, de carácter técnico y subordinado, se concentra en identificar los instrumentos y procedimientos eficaces para hacer realidad los grandes compromisos y proyectos de los políticos gobernantes.

De ahí que alcaldes como el de Culiacán, sin experiencia reciente en el servicio público, en al menos los últimos 32 años, su papel tendría que ser el de llevar a cabo el trabajo político, el de ser abierto y conciliador, puesto que y siguiendo con las afirmaciones de Luis F. Aguilar: no hay nada más contradictorio a la naturaleza de la autoridad pública, la política pública y la administración pública que el secreto, la arbitrariedad injustificable y la oposición a toda forma de rendición de cuentas.

La reticencia de la administración pública a escuchar a la ciudadanía, a debatir en público, a ofrecer razones y rendir cuentas, puede darse tanto en los regímenes autoritarios como en los democráticos.

 


Pero nunca es tarde para que los gobiernos de Morena asuman que en el oficio de gobernar se adquiere una gran responsabilidad política, social e histórica del momento y la oportunidad de cambio que vivimos y que miles de ciudadanos y familias todavía esperan distintos y mejores resultados. 
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