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El país que somos versus el que queremos ser LA VIDA DE ACUERDO A MÍ

Alessandra Santamaría López
13/11/2018 | 04:00 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com

@Aless_SaLo

 

 

Los mexicanos hacemos cosas graciosas. Buscamos cambiar situaciones aunque sabemos que difícilmente (o nunca) lo lograremos; pero lo bueno es que lo intentamos, dirían los sabios. 

 

Por ejemplo, cuando falleció Juan Gabriel, se abrió una página en Facebook donde se planeaba una marcha para que reviviera el intérprete de “Amor eterno”. Es probable que se haya tratado de una broma, pero ese tipo de reacciones tirándole a lo absurdo abundan en la sociedad mexicana, y es a la marcha por Juan Gabriel a lo que me recordó la marcha a favor del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco que ocurrió el pasado domingo.

 

“¡No somos fifí!”, iban gritando las más de 5 mil personas que asistieron a la protesta. Y no creo que lo sean. Serán otras cosas (algunos ignorantes y tercos, tal vez), pero fifís no, si nos basamos en la definición de López Obrador.

 

Creo en su derecho de expresarse libremente, sobre todo en cuestiones como la construcción o cancelación del aeropuerto; un tema que afecta a todos los que vivimos o visitamos la capital frecuentemente, pero me hace reír y al mismo tiempo llorar que hayan elegido manifestarse por eso en lugar de participar en #NiUnaMás, que lucha contra la normalización y la impunidad del feminicidio, o la anual del 2 de octubre, en honor a los estudiantes reprimidos y valientes.

 

“No a las consultas”, se leía en la pancarta que se lucía como lema del contingente caminante en Paseo de la Reforma. Esto fue aún más triste. ¿No a conocer la opinión del pueblo?, ¿no a permitir que su perspectiva cuente?, ¿sí a que los gobiernos tomen enormes decisiones, utilizando recursos públicos, de forma autoritaria y sin consideración?

 

¿De qué se están quejando realmente estos mexicanos que no son fifís? Su inconformidad recae en que por una vez en la vida ganaron los intereses de la clase trabajadora, es decir, de la mayoría, ¿o es por algo más?

 

La batalla Texcoco vs Santa Lucía, o chairos versus fifís, como dirían otros, es el ejemplo perfecto para reflejar el contraste entre dos realidades nacionales completamente diferentes. 

Hace un par de días, a prácticamente todos los capitalinos nos cortaron el agua, y fue justo al mismo tiempo que se llevaban a cabo las “elecciones” para decidir si queríamos un aeropuerto de primer mundo o no. 

 

Este país tiene necesidades tercermundistas, aunque nos duela reconocerlo. Continúan existiendo el analfabetismo, el hambre, pueblos con caminos de tierra y que no cuentan con agua potable (pero hasta ellos llega el camión de la Coca Cola). Por eso surge la pregunta, ¿cuál debería ser nuestra prioridad?

No somos tontos. Sabemos que históricamente, el Estado está mucho más enfocado en su relación con los empresarios que en su deber hacia la población en general. Sin embargo, esta vez se nos dio la oportunidad de escoger, y México eligió.

 

Aunque en algunos sentidos es evidente que la consulta fue mal planeada, tuvo serios errores y hasta puede decirse que fue diseñada desde el principio para que que Santa Lucía ganara, la votación dejó algo claro: los mexicanos siguen cansados de vivir en una nación de incongruencias; de aeropuertos de lujo pero rodeados de zonas precarias y en los cual pueden verse personas suplicando por limosna.

 

En Texococo viven familias, algunas que ya fueron despojadas de sus casas y otras que aún podrían serlo. Conociendo a México como lo conozco, no creo que tengan intención de reponerles lo que han perdido.

 

Sé que la situación del aeropuerto es complicada. Está saturado desde hace dos décadas, pero por más que me gustaría por motivos meramente personales que se construyera uno nuevo y que no estuviera a más de 50 kilómetros de distancia, intento ponerme en los zapatos de las familias despojadas. Ni tú, lector, ni yo, podemos entender su desesperación.

 

Es hora de que México analice el país que somos, así como las dificultades que ya tenemos, y luego consideren el país que queremos ser, pero a qué costo. 

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