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El plan de Dios y mis propios planes La Vida de Acuerdo a Mí

Alessandra Santamaría López
11/06/2019 | 03:50 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo



Hace cinco días, el Papa Francisco escribió en su perfil de Twitter “La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta que hemos de dar es no abandonar nunca a quien sufre, no rendirnos, sino cuidar y amar a las personas para devolverles la esperanza”. Esto luego de la muerte de una joven holandesa de 17 años llamada Noa Pothoven, quien supuestamente habría decidido poner fin a su vida la semana antepasada después de sufrir depresión durante años.


He escrito sobre la muerte digna dos o tres veces a lo largo de los más de dos años que tengo publicando mi columna semanalmente. Aunque a algunos les parezca inapropiado y hasta mórbido, siempre la he defendido. El mensaje del Pontífice solo me convence aún más de que la mayoría de las personas, incluso aquellas que son educadas y cultas, como supongo que el Papa lo es, no comprenden del todo el asunto y comparten a lo que es, a mi parecer, una extraña obsesión con la vida.


Predican que la muerte está mal si el feto aún es tan solo un conjunto de células sin miembros o conciencia dentro del vientre; predican que la muerte está mal si una persona que ha padecido de trastornos psicológicos durante largos periodos; predican que la muerte está mal aún si la acepta y desea un adulto con todas sus facultades mentales y amplia estabilidad emocional pero que sufre de una enfermedad terminal que por sí sola le chupa la vida a cada segundo, pero lenta y dolorosamente. 


Sí, la vida puede ser maravillosa. Pero no debería ser una imposición. Tachar de “derrota para todos” a una decisión tan dura, como lo es el suicidio o la eutanasia, es inmoral, desde donde yo lo veo.


No es que yo sea pro-suicidio. Tampoco es que sea pro-vida, como bien saben, pero si hay algo en lo que creo plenamente es en la autonomía de cada persona y los derechos individuales. En que cada quien rija sobre sus propios cuerpo. ¿Con qué derecho podría llegar yo a decirle a otro, “Oye, tienes que vivir. ¡Es obligatorio!”?.


Noa Pothoven tenía años intentando morir. Finalmente, sus padres consintieron (ella tenía 17 años) a que fuera internada en un centro de suicidio asistido, ya que es legal en su natal Holanda, y lentamente fue abandonando todo alimento o bebida, hasta que falleció.
En varias publicación de Instagram hecha antes de su muerte, la joven escribió que su sufrimiento era “insoportable”. Como muchas mujeres de todas las edades alrededor del mundo, tenía una historia de vida trágica, marcada por el abuso sexual. La decisión de Noa no es un ejemplo o una imposición hacia otras víctimas de los mismos abusos o otros pacientes de depresión clínica. Era sencillamente su decisión. Era su vida. 


La columnista del diario The Sun, Karren Brady, se pregunta el por qué de esta “epidemia” de tristeza. Aconseja a la juventud practicar deportes, ya que es “muy muy bueno para los niños”. Como si fuera una solución al enorme problema que supone tener a generaciones enteras que le han hecho su lucha, pero que están cansados y quieren descansar. ¿Por qué es tan difícil de entender?
Piensen en esto: ¿Por qué cualquier otro ser debería ser responsable por lo que uno/una hace con su vida? No existen sanciones reales en el ámbito religioso, legal o social para los que optan asesinar lentamente cuerpos con sustancias dañinas, pero sí las hay para aquellos que sufren enfermedades psicológicas inimaginables. No tiene sentido. 


El derecho a morir siempre ha sido un tema tabú, en especial entre sociedades religiosas y conservadoras como la mexicana. Los miembros de iglesias se sienten comprometidos con el inicio y fin de la vida, sin importar las circunstancias en la que estas ocurran. Y lo más preocupante de este asunto es la demanda fundamentalista de que las personas estamos condenadas a soportar cualquier cosa, porque es “el plan de Dios”. 


No fingiré conocer la angustia de Noa. Yo quiero vivir, pero quiero vivir en una sociedad que no busque arrebatarme mis derechos a decidir sobre mí misma, y que lo justifique con “es el plan de Dios”. Yo tengo mis propios planes. 
Buena suerte y descansa, Noa; donde sea que estés.

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