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Identidad, ¿dónde estás? La fórmula de la felicidad

Óscar García
07/02/2018 | 04:00 AM

Domingo previo a la máxima fiesta de los mazatlecos, diálogo intenso lleno de juicios y creencias de tres jóvenes quinceañeros y dos padres casi cincuentones, queriendo convencerse cada uno desde su mirada, de la “real” importancia del Carnaval.

Es un hecho que a los que les tocó vivir a los 15 años los carnavales de principios de los 80 tendrán un juicio diferente de los que viven los adolescentes de hoy. Como inicio, eran pocas las opciones para disfrutar por la tele, era obligatorio para el que quisiera o no verlo a través del programa internacional Siempre en Domingo. Si te quedabas en casa era un hecho: una televisión y todos reunidos, no había más que “Aún hay más”.

El sonido de la música de tambora acompañaba los sueños de una generación deslumbrada con las transmisiones vía satélite, como la propuesta más innovadora de comunicación, todavía hacían de la palabra inflación y desempleo un reto que nos persigue hasta nuestros días. Las mujeres volvían casi un himno la letra de “las chicas quieren divertirse”, la música en español buscaba un espacio dentro de la fiesta con los Hombre G y su “sufre mamón, devuélveme a mi chica”, y un tal Miguel Bosé trataba de conquistar con más fuerza nuestro país con sus composiciones de “Linda” y “Te Amaré”.

Inimaginable que el recién presentando prototipo de iPhone -un teléfono fijo con pantalla táctil que requería un lápiz especial para su uso- tuviera que esperar 24 años más, para provocar desde su lanzamiento una revolución en los teléfonos inteligentes, transformando no solo la tecnología sino la forma de comunicarnos.

Pero estos datos no eran el principal tema de discordia en la conversación, eran usos y costumbres menos complejas tales como: el desconocimiento y ridiculez de tronarse en la cabeza una cascara de huevo pintado y relleno de papel picado, el disfrazarse de mascarita, el ir bailando por la calle detrás de una tambora que era pagada por otro al que su economía le permitía dar rienda suelta a su gusto. La expresión de “Qué oso” no sé si formaba parte de la jerga de esa época.

Hace menos de un año tuve el privilegio de vivir las fiestas de las fallas valencianas y con agradable sorpresa fui testigo de por qué las Naciones Unidas las nombró parte del Patrimonio de la Humanidad, pero más asombro causó en mí el gran esfuerzo de la Comunidad de Valencia, España, para preservar esta tradición sembrando esa pasión desde sus pequeños infantes.

Recuerdo con emoción cómo las bellas mujeres portan con orgullo el vestido típico por más “pasado de moda que esté”. Fue mi referencia para incorporarme a la conversación e indagar las oportunidades de formar ciudadanos orgullosos de sus tradiciones, propiciando que ese sentimiento les genere un fuerte sentido de identidad y pertenencia que impacte su autoestima con todos los beneficios que esto genera en la salud emocional de cualquier ser humano. Me explico:

¿Te puedes imaginar la riqueza cultural de nuestro México? Cada año se realizan más de 5 mil eventos representativos para todos los gustos, desde aquellos que promueven nuestra herencia prehispánica, como los productos del mestizaje y la influencia europea, se diferencian por su intención, que es muy variada, desde los religiosos a los paganos, explotan de alegría, desde la importada pirotecnia a las danzas y rituales, que en muchas ocasiones los rezos se hacen música y la música se transforma en la mejor forma de solicitar protección divina.

¿En qué momento nos vamos a detener a reflexionar si debemos seguir importando tradiciones o empezamos a fortalecer las que ya nos pertenecen? ¿Cómo disminuimos el ruido generacional para sembrar en los jóvenes el futuro y la conservación de estas tradiciones?

La mayoría los estudios afirman que las costumbres y tradiciones conforman un conjunto de oportunidades para estrechar vínculos afectivos entre padres e hijos, que en el hecho de recordar nuestras raíces y transmitir el legado de nuestros antepasados fortalecemos la herencia cultural preservando nuestra cultura, garantizando preservar nuestra identidad.

Afirmando la identidad social se incrementa el valor emocional, reflejándose en los comportamientos de agradecimiento y orgullo por las experiencias y manifestaciones que vivimos en la escuela, en la comunidad y en la casa.

Activarnos es muy sencillo, empecemos por conversar con nuestros jóvenes, regalemos el tiempo y espacio para compartir con ellos, el cómo vivíamos el Carnaval en nuestra infancia y adolescencia, cómo estas festividades nos han atrapado en su esencia. Por favor, intentemos por hablar de lo que más nos gusta, de lo que hemos aprendido, de los momentos compartidos y, sobre todo, hagámosles saber que este tipo de eventos no es sólo una oportunidad para el desenfreno, sino para la sana convivencia.

Retémoslos para que aprendan con honestidad y valor a jugar en un mundo de máscaras que nos dan respuestas a muchas inquietudes, para ello, tenemos que prepararnos a fin de saber interpretar esas señales en el camino de la vida.

Disfrutemos como sólo los Pata Saladas sabemos hacerlo, para que todos los que nos visiten se lleven en su mente y corazón la característica alegría para vivir, se vayan y regresen, asombrados de nosotros como ciudadanos que cuidamos y protegemos nuestra gran tradición. Estoy seguro de que la brecha generacional de las conversaciones se reduce cuando el orgullo y la pertenencia son el habilitador de las mismas. Un favor ¿lo intentamos?

 

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