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La cartilla y la biblia Opinión

Roberto Blancarte
09/07/2019 | 03:59 AM
blancart@colmex.mx

Por un acuerdo que no sabemos si es gubernamental o personal del Presidente de la República, algunos evangélicos (no todos) distribuirán la cartilla moral de Alfonso Reyes. Esto, como ya se ha dicho, rompe con una tradición y una norma de estricta separación, establecida en el artículo 130 de la Constitución, en el 3º, relativo a educación y en el 40 respecto a la laicidad de la República. 
 
La ruptura proviene, no de la posibilidad de repartir ese documento o cualquier otro texto que fomenta el civismo, sino del hecho que es el gobierno mismo el que promueve la participación de grupos religiosos en una labor que, en teoría, le correspondería llevar a cabo al propio Estado. Y el principio de separación se rompe porque, por un lado, tenemos a algunas agrupaciones religiosas haciendo una labor que le corresponde al gobierno, y tenemos a un gobierno que, al indicar a las dirigencias religiosas qué hacer, también se involucra peligrosamente en terrenos que en principio le deberían ser vetados.

Muchos dirán que no hay problema en que las Iglesias cooperen con los objetivos gubernamentales, sobre todo si están encaminados a cuestiones tan positivas como la reconstrucción del tejido social, pero no se percatan o no se preocupan de los efectos nocivos de dicha alianza. El primero de ellos es que, en la práctica, tendremos un gobierno que hará proselitismo religioso, pues es obvio que los evangélicos que participen en la distribución de esta cartilla, no se contentarán con repartirla, sino que le agregarán su propio mensaje confesional. 
 
Me imagino el impacto que esto podrá tener en un hogar católico, con personas que están llegando más o menos a nombre del gobierno a repartir el texto de Alfonso Reyes y al mismo tiempo aprovechar para difundir los evangelios, según su propia versión. Supongo que los repartidores no se limitarán a explicar las ventajas del buen comportamiento ciudadano, porque eso los convertiría en simples repartidores gubernamentales, sino que hablarán de Jesús de Nazaret y de Cristo crucificado y resucitado. Me gustaría ver cómo van a transmitir este mensaje en un hogar de judíos, de budistas o de agnósticos mexicanos.

El segundo problema es que esta “colaboración” convierte a las Iglesias participantes en instrumentos gubernamentales, para una labor que es vaga y difusa, pero establece un precedente peligroso, en la medida que, aún en forma de cooperación, ello liga políticamente a estas agrupaciones religiosas con un determinado gobierno y por lo tanto con un determinado partido. Está claro, por ejemplo, que la agrupación llamada “Confraternice” y su líder religioso, aparece ya ante la opinión pública como un aliado político de Andrés Manuel López Obrador y Morena. 
 
Y como la gente no conoce la diferencia, asumirá, equivocada pero inevitablemente, que todos los evangélicos son lopezobradoristas, compartiendo los evangélicos por lo tanto el destino político, las fobias, odios y temores dirigidas a ese personaje. Francamente, no veo cómo ello contribuirá necesariamente a la reconstrucción del tejido social o a la pacificación del país. Sí conducirá, por el contrario, a más polarización e intolerancia.

 

 
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