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La cercanía de la muerte Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
11/07/2019 | 04:05 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

 

Desde antiguo, el ser humano ha experimentado un temor irracional a la muerte. De ahí que pretenda alejarla, velarla, ocultarla o negarla porque, en realidad, no puede eliminarla y, a veces, ni explicarla.

En ocasiones, la muerte parece cebarse sobre nuestros familiares y amigos cercanos; sin embargo, se nos olvida que desde que fuimos concebidos somos candidatos que esperan el momento de su postulación, ya que desde el momento en que se nos engendró somos suficientemente maduros para dar el gran paso, y no considerar que todo se debió a un inesperado, fortuito y cruel zarpazo.

Lógico, nadie queremos que partan nuestras personas cercanas, pero es irracional enfrentarnos a lo ineludible. Por el contrario, es momento para desmitificar el horror a la muerte y comprender que solamente a través de su aciago resplandor se puede valorar y dimensionar completamente el sentido de la vida. En verdad, lo hemos repetido, la cercanía de la muerte es la que confiere profundidad a la vida.

Epicteto, en su manual, declaró: “La muerte, el destierro y las demás cosas que nos inspiran terror debemos tenerlas a diario presentes, principalmente, la muerte. De este modo, nunca tendrás pensamientos vanos, y mucho menos ambiciones excesivas”.

Con palabras más poéticas, Rabindranath Tagore manifestó: “la muerte no es extinguir la luz; es tan sólo apagar la lámpara porque ha llegado el amanecer”.

En su poesía El último viaje, añadió: “Antes de partir, quiero demorarme un momento, con el pie en el estribo, para acabar la melodía que vine a cantar.

¡Quiero que la lámpara esté encendida para ver tu rostro, Señor! Y quiero un ramo de flores para llevártelo, Señor, sencillamente”.

¿Me horroriza la cercanía de la muerte? ¿Despido con esperanza a familiares y amigos?
¿Estoy preparado para mi último viaje?

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