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La cuarta transformación o la era de acuario Opinión

Roberto Blancarte
04/12/2018 | 04:05 AM

roberto.blancarte@milenio.com

 

La ceremonia (Xochitlalli) en el Zócalo, que tuvo lugar este 1 de diciembre, es la mejor representación de lo que está detrás de la cuarta transformación en términos religiosos: una concepción nativista, que remite a fuerzas cósmicas y paraísos perdidos de los pueblos indígenas, remodelada por mestizos y blancos, donde se mezclan símbolos católicos y prehispánicos para generar una cosmogonía de tipo new age.

 

En el Diccionario de Religiones de América Latina, que tuve el gusto de coordinar, la especialista en estos temas Renée de la Torre describe muy bien esta religiosidad: “La neomexicanidad combina dos matrices de sentido a partir de lo cual reinterpreta las expresiones de la religiosidad popular y de las cosmovisiones y prácticas indígenas. La primera es la matriz de la ideología y la estética del movimiento cultural-espiritual de la mexicanidad, surgido en México en los años 60, protagonizado por intelectuales mestizos que realizan una reinterpretación de los procesos históricos de México y reivindican la riqueza del conocimiento y de las culturas autóctonas contra su desvalorización colonialista y recuperan su papel histórico en el presente y en el futuro del país”.

 

Este movimiento tiene un carácter milenarista basado en un relato mítico fundacional del Movimiento Confederado Restaurador de la Cultura del Anáhuac, que alude a la existencia de un Consejo de Ancianos (indígenas) que habría entregado a un grupo de intelectuales mestizos la “Consigna de Cuauhtémoc”, en la cual el último emperador azteca… ‘pedía se ocultara todo lo que amaban y consideraran un tesoro, conservando el conocimiento por medio de la cultura oral’”.

 

Según esta autora, la segunda corriente de neomexicanidad “considera que México es el centro planetario desde el cual se logrará la anunciada transformación de la era de Acuario, que anuncia la convivencia armónica de todas las tradiciones culturales existentes entre sí y la naturaleza”. ¿Le suena a usted familiar?

 

Todo esto es muy bonito, porque cada quien puede creer lo que quiera, pero cuando estas cosas se traducen en políticas públicas (pensemos en Conacyt, por ejemplo, a propósito de los saberes autóctonos), el asunto requiere pensarse dos veces.

 

El del Zócalo fue además, significativamente, el primer acto del Presidente de nuestra República laica, al que acudió con todo y banda tricolor, a sabiendas de que se estaban violando varias leyes, entre ellas la de Asociaciones Religiosas y Culto Público, la cual señala (art. 25) que “las autoridades antes mencionadas [federales, estatales y municipales] no podrán asistir con carácter oficial a ningún acto religioso de culto público, ni a actividad que tenga motivos o propósitos similares”.

 

Porque ese acto fue religioso, por donde quiera que se le quiera ver. Fue una ceremonia sagrada, la entrega de un Cristo, alusiones a Ometéotl, a la Virgen de Guadalupe y a Tonantzin, etc.

 

Juárez, una vez más, se estará revolcando en su tumba, mientras entramos a la cuarta transformación, o a la era de acuario.

¿Alguien habrá pedido permiso a la Segob para celebrar este culto extraordinario? ¿O es el Zócalo el nuevo Teocalli?

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