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La cultura de la corrupción Opinión

Óscar de la Borbolla
14/03/2019 | 04:04 AM

@oscardelaborbol

 

Cuando la corrupción se vuelve transversal y se presenta en los actos públicos y en los privados; cuando no es un grupo de personas, ni unas prácticas eventuales; cuando no se da en un gremio y en otro no; cuando no es en una región sino todas; cuando no son las autoridades, sino también los ciudadanos; cuando no es en nuestros días, sino que viene de muchísimos años atrás; cuando no son los de una clase social, sino todas las clases sociales; cuando no son los de una edad, sino los de todas las edades, ya no puede sencillamente hablarse de corrupción sino de una cultura de la corrupción. Y esto es precisamente, para desgracia de todos, lo que ocurre en México.

 

Un fenómeno tan generalizado y con raíces que se enclavan hondamente en el tiempo no es explicable mediante una sola causa, por más importante que sea, sino que es el desenlace de una serie enorme de factores. Aquí, sin embargo, quisiera dar respuesta a un sólo ángulo de tan lamentable asunto, preguntando: ¿qué es lo que hace que una persona esté dispuesta, como primer impulso, a “entrarle al juego”?, ¿qué es lo que lleva a que una expresión como “el que no transa no avanza” se vuelva, para los efectos prácticos, el lema de todo un país? Las causas son múltiples, pero quisiera avocarme solo a una: la transmutación del concepto de bien.

 

No me refiero al bien en sus sentidos religioso o moral, sino a su sentido cívico: que no implica más que a la inclinación de hacer en todos los casos lo correcto y, en congruencia con ello, ser un buen ciudadano o un ciudadano “bueno”. Este ser “bueno” paulatinamente fue transformándose -en el imaginario del mexicano- en ser tonto, y fue así como asistimos a la aparición de un paradójico sinónimo: “ser bueno” equivale hoy a “ser un pendejo”. Y, por supuesto, nadie quiere ser un pendejo.

 

La carga negativa de dicha denominación ha quedado asociada a la acción correcta, pues “si yo no aprovecho la oportunidad, la aprovechará otro”. Si yo hago lo correcto seré un pendejo y otro será “el listo”. Este “listo”, “abusado”, “chingón” es lo que hoy se considera ser bueno: “no es buen tiburón el que no salpica”. Esta visión, cosmovisión o, como la he llamado, cultura de la corrupción tiene su fundamento en la permutación del valor cívico de bien, pues ya no es actuar correctamente, sino ser listo y, por ende, ser un chingón.

 

La impunidad y el ejemplo que dan quienes sí llegan, quienes ganan, quienes sí la hacen ha creado este clima en donde la corrupción se ha vuelto sistémica. Desmontar la nueva idea de “lo correcto” como “salirse con la de uno se joda quien se joda” es uno de los obstáculos más graves a vencer si aspiramos a recuperar como pueblo la salud, porque hoy por hoy estamos podridos de arriba abajo y de derecha a izquierda, como puede comprobarse hacia donde quiera que dirijamos la vista.

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