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La muerte agnóstica OPINIÓN

Óscar de la Borbolla
05/11/2019 | 04:06 AM

@oscardelaborbol

 

¿Y si la muerte no fuera nada de lo que se ha pensado? ¿Que se tratara, más bien, de un espejismo, de una ilusión amarga, de un error más de la imaginación, como tantos otros que nos han burlado? Porque se ha dicho tanto, se ha fantaseado tanto acerca de “esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno”, como dijo Shakespeare, que la abundancia de versiones confunde; produce vértigo asomarse a tantísimos Más-allá. Y podría ser el caso de que la muerte no se pareciera a ninguna de nuestras conjeturas.

Del más allá vikingo, el Valhalla, al cielo musulmán o al cristiano, o al acuático Tlalocan o al indiscriminado Mictlan de los náhuatls, o al helénico Hades —por citar unos cuantos— hay tal variedad de visiones y de dioses y de castigos y de recompensas que parecería que los seres humanos a lo largo de la historia hubieran estado participando en un concurso de utopías trascendentes en las que la fantasía de los diferentes pueblos ha forjado un Más allá a tono y con arreglo a sus gustos, necesidades, temores y deseos. Porque no sólo se ha concebido la muerte como un destino final, sino también como un trampolín hacia otras vidas en las llamadas metempsicosis o concepciones de la reencarnación y, en estas, lo mismo puede tratarse de ambiciosos viajes siderales reencarnando en seres de otros mundos, que reencarnaciones aquí mismo en personas o animales.
Y por si no se hubiesen cubierto todas las posibilidades con los distintos másallás y con las diferentes versiones de nuevas vidas, también aparecen en la exuberancia de concepciones de la muerte la idea de fusión de la energía del individuo con la energía cósmica y la idea del eterno retorno: morir y renacer en el mismo sujeto que somos, y para completar el mapa: la absoluta disolución en la nada: solo esta vida y luego nada: “Y no habrá nada, nada... y tú mañana verás el día”, como dice Sartre en su pieza teatral El diablo y el buen dios.
La oferta, como podrá notarse con este sintético repertorio, es vasta. No infinita pero sí muy grande. ¿Y si todo esto no tuviera nada que ver con la muerte sino con nosotros? Quiero decir ¿y si sólo fueran hipótesis, sueños, fantaseos incomprobables y no supiéramos nada?
La multiplicidad resulta sospechosa, pues tratándose de visiones excluyentes, del estilo “esto o lo otro”, si una versión es verdadera las demás son falsas. Mi pregunta hoy es más bien agnóstica: ¿no serán todas falsas y no será que frente a la muerte, de verdad, no sabemos nada?

 

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