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La propaganda del Canal Once Opinión

María Rivera
07/10/2019 | 03:50 AM

Hace unos días, subí a mi cuenta de Twitter un fragmento del programa John & Sabina, que transmite los martes el Canal Once en su nueva barra de programación, azorada por la grotesca propaganda del stand up que abre el programa. En él, se intentaba desacreditar a la comunidad científica, ¡y a la ciencia misma!, quien se encuentra en abierta inconformidad con las nuevas políticas de la directora del Conacyt, la doctora Álvarez Buylla, quien era además, la invitada al programa. El video se volvió viral en las redes, causó la desaprobación inmediata de muchas personas, no necesariamente opositores del nuevo Gobierno, que lo retuitearon con comentarios indignados.

Desde que aparecieron en la TV, los nuevos programas del Canal Once y algunos del Canal 22, han sido criticados porque son, esencial y abiertamente, propaganda gubernamental; más que como entretenimiento, están pensados como una herramienta de comunicación y defensa de la “cuarta transformación”. Sus creadores, oficialistas entusiastas, se dedican, cada martes, a defender al Gobierno y sus políticas, así como a atacar a sus críticos. Nada tendría de incorrecto que el señor John Ackerman y la señora Sabina Berman lo hicieran desde espacios independientes. Finalmente, gozamos de libertades políticas y es perfectamente legítima su inclinación lopezobradorista. El problema, naturalmente, no es su carácter acrítico y por momentos fanático, sino que usen un medio público financiado con recursos públicos, no por Morena, como plataforma para sostener una comunicación mentirosa y sesgada; que el programa transmitido en una televisora de una institución educativa como es el IPN, sea un instrumento más del Gobierno para intentar influir en los ciudadanos y para desprestigiar a sus críticos.
Por si esto fuera poco, en un giro algo delirante, como parece ser que es todo lo relacionado al nuevo status quo, nuestros propagandistas del oficialismo, pagados con recursos públicos, llaman “chayoteros” a sus críticos, “voceros del antiguo régimen”, sin mirarse en el espejo. Parecen no tener ni la mínima sospecha de que quizás sean ellos mismos quienes ahora aparecen en la imagen que tanto desprecian. Por más extraño e irracional que nos parezca, están convencidos de que son, siguen siendo oposición y que el Presidente López Obrador “no es el poder”. Por eso, no ven, sencillamente, que se comportan de la misma manera que aquellos a los que tildan de “voceros del antiguo régimen”, que cumplen exactamente la misma función, con asombrosa precisión, y que reciben dinero para ello, con el agravante de que ellos se presentan como “diferentes”, como si tuviesen alguna autoridad moral para hacerlo. Y es que a John Ackerman, por ejemplo, apasionado defensor de los pobres y la equidad, no le incomoda recibir, en un mes, 73 mil pesos por el programa y a Sabina Berman, recibir 131 mil pesos, según los datos del propio Canal Once. Misterios de “la cuarta transformación”, podríamos denominar a este episodio.
Para valorar con exactitud la profundidad del delirio, habría que sumarle que uno de los argumentos que han utilizado para desacreditar a ciudadanos críticos de las políticas gubernamentales es que han recibido pagos del Estado, vía el Conacyt o el Fonca, como sucede con artistas e investigadores.
Dejando de lado la grosera descalificación que los tilda de “mantenidos”, habría que decir que ninguna de estas instituciones, bajo la “era neoliberal” entregó recursos para hacer propaganda, ni para adoctrinar a la población ideológicamente, sino para que sus beneficiarios pudieran realizar trabajos que la iniciativa privada no tendría interés en financiar, pero que revisten importancia para el país, como son el arte y la ciencia.
Nuestros nuevos “chayoteros”, sin embargo, no lo ven de esta manera: consideran que es legítimo que ellos reciban cuantiosos recursos públicos para hacer propaganda del Gobierno, pero ilegítimo que los científicos y los artistas los reciban para realizar su trabajo, determinados además por comisiones de selección integradas por pares, no por funcionarios y políticos, amigos de los poderosos como sucede en el caso de Ackerman y Berman.
Claro, habría que aclarar que, por definición, un “chayotero” no tiene más convicciones que las que tiene el Gobierno al cual sirve. Tal vez sea por eso que todo luce delirante últimamente; por un Gobierno que ha traicionado a parte de quienes lo llevaron al poder, a los que prometió en campaña políticas completamente contrarias a las que está aplicando. Porque es una traición completa que un candidato que prometió combatir la corrupción use a los medios públicos como herramienta de propaganda para golpear a críticos; que en lugar de apoyar a la ciencia y la cultura combata a quienes las producen y que se haya convertido a secretarias, dependencias e instituciones en medios de propaganda de políticos y de sus propios funcionarios, como solía suceder en “la dictadura perfecta”. Para muchos es delirante y amargo, sí, pero para algunos, como siempre, este delirio es un fructífero negocio.
Sinembargo.MX

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