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La violencia en Sinaloa continúa viva. ¿Paz inconclusa o tregua finiquitada? Observatorio

Alejandro Sicairos
24/05/2019 | 04:08 AM

alexsicairos@hotmail.com

En materia de seguridad pública, Sinaloa transita rápido de escenarios de paz que echan a vuelo las campanas a la zozobra de por quién doblan las campanas. Un día nos dormimos creyendo que el miedo a la barbarie se esfuma de nuestra realidad cotidiana, y al siguiente despertamos con la certeza de que los muertos por la violencia siguen ahí, en el territorio que pensábamos ya estaba apacible.


El martes 21 de mayo, por ejemplo, dos sucesos hicieron que se tambaleara la expectativa de tranquilidad y Estado de Derecho con el suceso de nota roja ocurrido en el Desarrollo Urbano Tres Ríos, en Culiacán, y el ataque a una familia por parte de gavilleros en la comunidad de Charco Hondo, en la sierra de Rosario.

En el primer caso, las redes sociales volvieron a sembrar pánico por la difusión en tiempo real del ataque que un grupo armado perpetró contra dos personas por el Bulevar Sánchez Alonso, en el nuevo corazón comercial de la capital sinaloense. Las dos víctimas literalmente rociadas con plomo trajeron otra vez a la memoria imágenes y emociones que poco a poco se difuminaban en la percepción pública.

Mientras tanto, en la zona alta de Rosario caía la conjetura de la sierra tranquila y las familias regresando a las rancherías de donde el miedo al crimen las desplazó. Este hecho remarcó con sangre la estampa quizás borrosa de un poder ilegítimo reinando por encima de las fuerzas policiacas y militares que, en exceso de confianza, llamaban al retorno a los desterrados.

¿Qué acuerdos, pactos o estrategias se rompieron ese día? Parecería que los hampones quisieron enviar un mensaje de que sus armas laten y sus intereses son los mismos a los de siempre. Dejarnos en claro a los sinaloenses, por si acaso lo habíamos olvidado, que la quimera de la paz seguirá topando con la autenticidad de la crueldad.

Por fortuna, los habitantes de la tierra de los once ríos hemos desarrollado un gran olfato al peligro proveniente de la delincuencia organizada. Por algo los desplazados de Rosario se resistieron a volver a sus terruños cuando el Secretario de Seguridad Pública del Gobierno del Estado, Cristóbal Castañeda Camarillo, les dijo que existían las garantías para que regresaran.

También providencialmente los culiacanenses no hemos creído el discurso de la ciudad segura. Aquella pausa de diez días sin homicidios dolosos se interpretó como la calma que precede a la tempestad. Tal utopía no fue más allá de la mueca desconfiada que se dibujó en rostros que se han vuelto duros frente a la oratoria de la paz.

Por años hemos aprendido que el Cártel de Sinaloa es de ciclos de violencia y de paz, según se comporten sus rivales o las células internas que lo componen. Los mil 565 homicidios dolosos de 2017 o lo mil 123 de 2018 pesan mucho en la memoria y sí es verdad que el comportamiento en ese tipo de delitos va a la baja en 2019, sin embargo, el miedo no cede en la sociedad por efecto del optimismo gubernamental.

Ese es el fundamento del horror. El no saber cómo amanecerá mañana el día para las células criminales y qué pactos o treguas se irán al cesto de la basura. La incertidumbre por la paz en un estado donde la más mínima reducción en la incidencia de asesinatos con armas de fuego le abre espacio a la desmesura oficial. 

Y son esos breves intervalos de seguridad pública los que nos convocan a estar cada vez más despiertos. A creer en la paz, luchar por ella, no obstante que la capacidad de resucitación de la gran delincuencia insiste en hacernos ver que tardará todavía, mucho, el día que tengamos en definitiva y con certeza el derecho a sentirnos seguros.

En tanto la paz llega, lo peor que puede pasarnos a instituciones, gobernantes y ciudadanos es el exceso de confianza. Desarrollemos al máximo el instinto de la duda cuando alguien nos diga que están dadas las condiciones para el Sinaloa pacífico. Creer tal engañifa sin pasarla por el filtro de la sensatez podría resultar letal. No entreguemos así, a ciegas, el voto de esperanza.

Reverso
Tenemos, en específico,
En Sinaloa la certeza,
Que lo único pacífico,
Es una marca de cerveza.


La buena y la mala
Ha ido avanzando por acertado el programa que promueve el Secretario de Desarrollo Social, Carlos Gandarilla García, para que la bicicleta se convierta en un medio de transporte público en Sinaloa, con avances importantes en Mazatlán y con 350 unidades que funcionarán en Culiacán. Esa es la buena y la mala tiene que ver con la ambición recaudatoria del Alcalde Jesús Estrada Ferreiro que propone que los ciclistas hagan examen para obtener licencias de conducir. Y la justificación que da con la teoría de la autovictimización, de pedaleros que se pasan en rojo los semáforos y que “no puede ser víctima quien provoca un hecho y que se daña solo”, mejor hasta ahí la dejamos.
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