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Las masacres en la era de Trump Opinión

Arturo Santamaría Gómez
10/08/2019 | 04:08 AM

santamar24@hotmail.com

Tengo una amiga que emigró a Estados Unidos hace poco menos de tres décadas. Se casó con un estadounidense que conoció en Mazatlán. Él es un hombre muy gentil, cálido, trabajador, honrado hasta las cachas, padre ejemplar y, me cuenta mi amiga, un marido prácticamente ideal.

Bueno, pues este hombre es un convencido, y diría que hasta fiero defensor, del uso de las armas en Estados Unidos. Entrar con él a una discusión sobre la libertad para poseer armas y discrepar lo altera. Las armas para este amigo son herramientas para la vida, y su uso casi una religión.

Después de muchos años de vivir en Estados Unidos mi amiga también se convenció de esta doctrina. Le parece, sobre todo porque vive en una zona rural donde abundan los animales salvajes, que tener armas en el hogar es vital para su sobrevivencia. Y su joven hijo, obviamente, también piensa igual.

Lo que quiero decir con este pequeño relato introductorio es que en Estados Unidos no necesaria, y paradójicamente, las personas defensoras y amantes de las armas son personas violentas y “malas”. Pero esas mismas personas usarán las armas, “en defensa propia” o por utilidad cuando lo consideren necesario.

En verdad es endemoniadamente complejo entender esta arraigada costumbre norteamericana de poseer armas. Según el Centro de Investigaciones Pew, en una investigación realizada en 2017 nos dice que alrededor de 4 de cada 10 habitantes de Estados Unidos posee una pistola o viven en una casa con armas de fuego. Esto querrá decir que por lo menos 120 millones de estadounidenses están armados. Según el Instituto Nacional de Justicia de Estados Unidos, en 2007, 310 millones de armas estaban en manos de los civiles, pero encontró cifras mucho más catastróficas que el Instituto Pew porque según ellos el 89 por ciento de los estadounidenses poseía armas.

Estas cifras abrumadoras y únicas en el mundo nos indican que nadie en el planeta tiene una relación tan intensa, casi amorosa, con las armas como el Tío Sam. No obstante, en el presente Estados Unidos no es el país más violento del mundo sino que, con mucho menos armas, son México, Brasil y Colombia. En 2018 México penosamente exhibió 15 de las 50 ciudades más violentas del mundo, y América Latina en su conjunto 43. Nuestro país tenía cinco de las primeras seis más violentas, y lo más probable que en 2019 la situación empeore en México. Es decir, no necesariamente donde hay más armas hay más violencia. Ni tampoco donde hay riqueza abundante hay menos violencia.

No obstante lo anterior, donde Estados Unidos no tiene rival es en la cantidad de masacres, en el número de asesinatos masivos a manos de un solo hombre, la inmensa mayoría de las veces de origen caucásico, y muy rara vez hispano. Esta parece una verdadera epidemia en la historia de ese país, la cual se ha acrecentado en el nuevo siglo. Estados Unidos, nos dicen los institutos de investigación, tienen menos del 5 por ciento de la población planetaria pero ostentan el 31 por ciento de los tiroteos masivos.

Peter Vronsky, historiador canadiense y autor de dos libros fundamentales para entender este tipo de violencia criminal: “Serial killers. The method and madness of monsters” y “Female serial killers”, encontró en los años 70 que muchos de estos asesinos de niños padecieron la atmósfera y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Fueron hijos de soldados que regresaban a sus hogares en estado traumático. A lo anterior se agregó, dice Vronsky, que la cultura popular en televisión, historietas, cine y radio contribuyó al fenómeno porque exhibían imágenes sexualmente violentas. “En el centro de su trauma -dice este autor- estaba la familia quebrada y entonces la cultura casi que le daba un guión para que su fantasía se convirtiera en realidad”.

Este planteamiento convence al criminalista estadounidense Michael Arntfield, cuando dice que la tesis de Vronsky es plausible porque en la época que estudia el historiador hubo “una gran agitación en la sociedad” (y) “La aparición de los suburbios y el cambio de la demografía del país llevó a mucho movimiento, transitoriedad, muchas familias rotas, que es de donde vienen estos asesinos seriales”.

Ciertamente los autores de las masacres no son asesinos seriales pero también han crecido en una época violenta y ambientes muy enrarecidos, en medio de un mar de armas, inmersos en una cultura que las defiende a costa de todo, y alentados por crecientes discursos de odio contra las minorías étnicas y religiosas, gays, mujeres e inmigrantes.
Son los tiempos de Trump y los fanáticos que lo catapultaron a la cima del poder.

Posdata

Conozco bien a la periodista escuinapense Carolina Tiznado. Es valiente, experimentada y talentosa. Sabe lo que redacta y conoce bien su municipio. No escribe en falso. Sus notas nos ayudan a entender la esquina más suriana de Sinaloa e interpretar con fundamento su realidad. Se equivocan las autoridades si creen que ella escribe con mala fe. Es una profesional y mujer íntegra. Mi solidaridad para ella.

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