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Lo que no resiste, no apoya OPINIÓN

Carlos Elizondo Mayer-Serra
15/05/2019 | 06:54 AM

El presidente López Obrador tiene en sus manos el futuro del país. No ha existido un presidente con tanta legitimidad y tanto poder al mismo tiempo.

Su visión de cambio es un regreso al pasado. Dicha visión está expuesta en la primera parte del Plan Nacional de Desarrollo. Su inspiración es la visión de los hermanos Flores Magón de 1906. La referencia constante a través del Plan es el desarrollo estabilizador de los años cincuenta y sesenta.

Esa economía ya expiró. México es un país abierto. AMLO, a pesar de su retórica, lo entendió. Promovió la renegociación del TLCAN. Tiene un lado pragmático.

Sin embargo, su modelo es el de ese pasado, un Estado promotor a través de la obra pública y de empresas energéticas estatales dominantes. Hay mucho que puede hacer dentro de esa economía abierta. Suyas son todas las decisiones de política e inversión públicas. Puede cambiar las leyes a su antojo.

Tanto poder con una visión tan fuera de su tiempo es un gran riesgo para su gobierno. Si toma una decisión equivocada, la podrá implementar sin resistencias.

En México, el poder sin límites se ha usado más de una vez para obtener grandes privilegios. No creo que ésa sea la tentación de AMLO, aunque sin pesos y contrapesos en su gobierno, puede pasar cualquier cosa.

La resistencia es el apoyo para no dejar al país al arbitrio de las ocurrencias de quien tiene todo el poder. Éste es el sentido en el que Jesús Reyes Heroles utilizaba su aforismo: “No queremos luchar con el viento, con el aire. Lo que resiste, apoya. Requerimos una sana resistencia que nos apoye en el avance político de México.” Si la oposición no hubiera resistido a la propuesta original de reforma educativa de AMLO, el gobierno hubiera terminado con un artículo tercero imposible de implementar.

Los líderes con mucho poder difícilmente se autolimitan. Una excepción fue el primer ministro de Singapur, Lee Kuan Yew.  En sus 32 años en el poder hizo de Singapur un país rico. Entendió que para estimular la inversión se necesitaba un Estado de derecho que resista las arbitrariedades no sólo del jefe del Ejecutivo, sino de un empresario poderoso. AMLO no parece creer en el gobierno de leyes. 

Lee Kuan Yew sabía que la gestión pública es más complicada que la privada, y por ello debía pagarle a sus altos funcionarios tanto o más que en el mundo privado. Esto a cambio de un buen desempeño y una honestidad probada. Una buena administración pública puede transformar a un país en poco tiempo, resistiendo a las ideas equivocadas de su jefe. 

AMLO no cree que el talento se deba pagar bien. No cree en las credenciales técnicas, sino en la lealtad. En que sus funcionarios le ofrezcan la menor resistencia.

Todo el poder en un mundo de funcionarios leales lleva, en el extremo, a catástrofes.  Mao Zedong, en su ansia de industrializar a su país, destruyó la agricultura china. Entre 1959 y 1962 murieron unos 43 millones de chinos, la mayoría de hambre. En sus palabras en 1962: “Sin democracia uno no entiende qué está pasando abajo; la situación general es poco clara; uno no es capaz de juntar información suficiente de todos lados […] los órganos de liderazgo del nivel superior dependerán de información unilateral y material incorrecto para decidir […]”

AMLO está lejos de tener el poder de Mao. México es una democracia y la crítica está a su disposición. Su reacción ante las marchas del domingo es la correcta: “Tienen todo nuestro respeto quienes se manifestaron, son libres de hacerlo…”. 

Así como entiende que en la democracia hay distintos puntos de vista, debería de decidir a partir de discusiones informadas y colegiadas sobre sus proyectos consentidos para poderlos mejorar, modular o, incluso, cancelar si encuentra que la información técnica disponible fuera de su círculo íntimo no valida su viabilidad. Esa resistencia terminaría siendo el gran apoyo para logar ese mejor país al que aspira.

 

@carloselizondom

Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey

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