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Los arroyos de Culiacán Ecosistema

Juan Carlos Rojo Carrascal
16/05/2019 | 04:01 AM

jccarras@hotmail.com

 

 

 

Cada ciudad tiene sus propias características que la hacen única en el mundo y Culiacán tiene una virtud que se ha convertido en su pesar por su mala gestión: sus cuerpos de agua. Es decir, sus arroyos y ríos que hemos convertido parcialmente en vertederos y en canales.

 

Cuando salimos de excursión en busca de parajes naturales en tierras sinaloenses, buscamos siempre la presencia del agua; ya sea en el mar, en el río o en el arroyo; ahí es donde encontraremos siempre los mejores escenarios para disfrutar de nuestros paisajes naturales. Tenemos infinidad de estos lugares alrededor de nuestra ciudad. 

 

Sin embargo, sorprendería enterarse que los mejores escenarios naturales estaban donde hoy se desarrolla la ciudad de Culiacán. El hecho de ser el punto donde se encuentran dos grandes ríos hace de nuestra ciudad un sistema territorial de cuencas y arroyos impresionante que lo hemos desaparecido durante décadas por una mala urbanización.

 

La ciudad contiene 57 arroyos naturales, la mayoría transformados, atrofiados y degradados. Lo que en algún momento de su historia fueron parajes naturales que con las lluvias multiplicaban su belleza, hoy los hemos convertido en lugares contaminados, obscuros, que dividen sectores y atraen desgracias en tiempos de lluvias.

 

Estos arroyos, junto con sus ríos, canales, drenes, presas y diques, significan un sistema de agua impresionante que pocas ciudades pueden presumir. Este sistema debería ser la base del desarrollo urbano para apreciar el agua como lo que es: el oro del futuro. 

 

Actualmente, mediante un equipo interdisciplinario de maestros y alumnos de la carrera de Diseño Urbano y del Paisaje de la Facultad de Arquitectura de la UAS; estamos desarrollando proyectos sobre el Arroyo del Piojo; uno de los más grandes al noroeste de la ciudad y de los más trastornados también. Su recorrido natural va perdiendo su forma ondulante a medida que baja para llegar a convertirse en un “drenaje” que tuerce a 90 grados en cada esquina (algo que en la naturaleza no existe y por obvias razones revienta cada vez que puede).

 

Es difícil imaginar este lugar (que un vecino lo llamó “el arroyo de la muerte” en uno de los recorridos que hicimos) en algún momento de la historia fue un atractivo paraje que reunía flora y fauna de la región y daba vida a nuestros ecosistemas naturales. 

 

La Avenida Aquiles Serdán, por ejemplo, era otro gran arroyo (y no pierde ocasión de recordarlo en temporada de lluvias) que incluía una quebrada a su llegada al Río Tamazula. Podemos así reconocer un sitio cerca de donde vivimos donde en algún momento del año corre el agua como un tributo a la vida siempre que respetemos el paisaje urbano a favor de ello. 

 

Es costoso, pero no imposible, la ciudad pudiese rediseñarse a partir de esa red fluvial que debería regir la estructura urbana y no al revés como hasta ahora ha sucedido. Los arroyos de Culiacán no desaparecerán y si nos lo proponemos, pueden llegar a ser, junto con sus ríos, el símbolo de nuestra ciudad.

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