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Los comunistas sinaloenses Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
15/09/2019 | 04:05 AM

Es un pasaje de la historia de Sinaloa que nos deben los historiadores de la política. La historia del comunismo sinaloense es larga desde que el periodista mazatleco José Cayetano Valadés se incorporó y llegó a ser miembro del primer Comité Central del PCM fundado el 24 de noviembre de 1919. José Allen, el primer Secretario General del PCM al que se le considera espía estadounidense, estuvo casado con Amalia Cruz, hija del duro General mochitense Roberto Cruz.

Resulta imposible registrar en este breve ensayo toda la actividad de los comunistas sinaloenses en sus 62 años de existencia y por eso mostraremos grandes trazos de esta organización que nace como producto de una directriz de la Tercera Internacional Comunista.
Hasta ahora es poco lo que sabemos de las experiencias comunistas en los estados donde, sin duda, los comunistas dejaron su sello, su impronta, su enseñanza con sus aciertos y yerros, dogmas y rupturas, purgas y mudanzas.

Quizá el momento más relevante de esta historia regional es la de Carlos Ramón García Ceceña. Uno de esos liderazgos naturales que surgieron en el campo sinaloense durante el cardenismo. Solo comparable con el de Úrsulo Galván en Veracruz. Este joven mochitense junto con su hermano Sóstenes, dicho por este a la historiadora Lorena Schobert, se adhirieron al PCM en los años 30 y fueron pieza clave de uno de los proyectos más significativos del cardenismo: los ejidos colectivos.

Carlos Ramón había viajado a la URSS para conocer in situ la experiencia de los koljoses, es decir, granjas colectivas destinadas a estimular el sentido comunitario y aumentar la productividad de cada una de ellas.

Y esa experiencia rusa vino acompañada de la expropiación de tierras y la formación de ejidos que gravitaban alrededor del ingenio azucarero de Los Mochis y que estimularon la colectivización agraria traída a Sinaloa, aunque también hubo casos exitosos en La Laguna y Nueva Italia, Michoacán.

Los comunistas ahomenses impulsaron la creación de la Sociedad de Interés Colectivo Agrícola Ejidal “Emancipación Proletaria” (SICAE) y fue exitosa administrativamente hasta el proceso de contrarreforma agraria de Ávila Camacho y el anticomunismo de Miguel Alemán que impidió que Carlos Ramón, ya en el PRI, fuera candidato al Senado de la República.

Un peluquero comunista me platicó esa historia de colectivización cardenista y me daba un dato para los historiadores, el PCM ahomense tuvo en su mejor momento 5 mil activos, lo que de ser cierto demostraría su fuerza sólida en el movimiento obrero y campesino de la región.
Claro, esa fuerza mucho le debe a la directriz antifascista de la Internacional Comunista de “Unidad a toda Costa”, que en México significaba la colaboración con el gobierno progresista de Lázaro Cárdenas y lucha contra las fuerzas conservadoras.

Adicionalmente está la influencia de los comunistas del sur del estado, quizás inspirados en el trabajo político del norte, buscaron fallidamente romper el control que ejercía el llamado “grupo de los 33” en la economía y en la política regional. Contra los que Cárdenas pudo hacer poco para desmantelar ese poder fáctico.

Las 33 familias eran amos y señores de la región e hicieron imposible el proceso de reforma agraria cardenista. Los comunistas también estuvieron en el ingenio Eldorado, pero no sabemos de su peso específico en esa lucha, ya nos lo dirán los historiadores cuando se aboquen a este estudio.

Al terminar el gobierno cardenista, el PCM fue perseguido por el nuevo, e internamente vive un momento de crisis ante la directriz de José Stalin, de que los comunistas mexicanos asesinaran a León Trotsky, que lo intenta fallidamente el muralista David Alfaro Siqueiros. Por ello son expulsados del partido Valentín Campa y Hernán Laborde en respuesta a ese pedido insensato de la Internacional Comunista.

En 1943 un joven mocoritense llega a la Ciudad de México para trabajar y estudiar pintura en la Escuela La Esmeralda. Este muchacho entra en contacto con profesores comunistas y para 1946 se afilia al partido donde rápidamente descuella en su liderazgo e impulsa la reconstrucción de la Juventud Comunista.

Se trata de Arnoldo Martínez Verdugo, que vive los años de oscurantismo ideológico de los 40 y 50 y que el escritor José Revueltas narra en la deslumbrante novela Los muros de agua.
Pero ya a finales de esa década reaparece con vigor en el movimiento magisterial, campesino y ferrocarrilero que oxigenaron al partido en ese entonces dirigido por el estalinista Dionisio Encina.

El liderazgo de Martínez Verdugo se hace sentir y en 1963 es designado Secretario General del partido. Un cargo que tendrá hasta la disolución en 1981. Su figura atractiva tuvo un efecto directo sobre una generación de comunistas sinaloenses que impulsó la lucha por la autonomía universitaria entre los que se encontraban Liberato Terán, Jorge Medina, Audómar Ahumada, entre otros.

Vamos, no hace mucho leía a Guillermo Ibarra en su muro de Facebook el impacto que en él tuvo cuando escuchó a Martínez Verdugo en un evento del partido en la Ciudad de México y lo llevó a afiliarse al PCM.

La postura del PCM en contra de la lucha guerrillera tuvo seguramente que ver con la desaparición de la Juventud Comunista en 1971 y el surgimiento del movimiento estudiantil “enfermo” que incluía a ex miembros de la JC y tenía entre sus banderas la lucha en la UAS contra el reformismo de los “pescados” y “chemones” que fueron combatidos con la tesis de la Universidad-fábrica.

Son los años aciagos de la UAS, donde el pistolerismo y la sobreideologización estaban a la orden del día, provocando una caída en sus actividades sustantivas. No obstante, recuerdo que en la campaña de Valentín Campa el periódico Oposición, órgano de expresión del PCM, hacía un balance de la afiliación al partido en los estados y estos alcanzaban a varios miles no sólo de la UAS, sino en el campo y las ciudades sinaloenses. Esto pese a que era un partido no registrado pero que su actividad, como las de otras formaciones de izquierda, era tolerado en los años de la llamada “apertura democrática”.

Justamente durante la campaña marginal de la Coalición de Izquierda, la hoz y el martillo, estuvo en las plazas públicas y cenáculos de izquierda, donde se discutía sobre la vigencia del mito de la “dictadura del proletariado” que había venido a menos con el eurocomunismo.
Aquella imagen de un gran reloj despertador con la hoz y el martillo y el lema sucinto encima: ¡Ya es hora!, era la revelación de un tránsito a lo electoral. Nunca se supo el número de votos que obtuvo la Coalición de Izquierda y menos por estado, pero extraoficialmente se habló en general de un 5.6 por ciento de la votación emitida en una elección que más bien fue un plebiscito dictatorial pues sólo estaba José López Portillo en la papeleta presidencial.
El PPS y el PARM, tenían el candidato del PRI y el PAN, no había postulado candidato porque el suyo, Pablo Emilio Madero, no había alcanzado el 80 por ciento de los votos internos para postularlo.

En definitiva, el PCM nace en Sinaloa como parte de un movimiento internacional destinado a empoderar a los obreros y campesinos, establecer localmente un poder alternativo al emanado de la Revolución Mexicana, y aunque ese gran propósito no logra su paso por la historia del estado es tangible por su contribución política, las artes, la cultura y en el último trecho la democratización del estado y su universidad.

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