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Segundo aniversario La Vida de Acuerdo a Mí

Alessandra Santamaría López
08/01/2019 | 04:01 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com

@Aless_SaLo

 

 

 

Este mes celebraré dos años escribiendo semanalmente para Noroeste. A lo largo de los últimos 24 meses he escrito un aproximado de 96 columnas; algunas de las cual estoy inmensamente orgullosa, a las que les he dedicado días de reflexión, horas de estar tecleando frente a la pantalla y hasta meses de pensar “pude haber dicho esto” o “mejor lo hubiera planteado de otra forma”, y otras cuyos nombres ni siquiera recuerdo. 

Es cierto que comparada a otros columnistas de este periódico aún soy novata y me queda mucho por aprender, pero en el corto tiempo que he colaborado con este medio he recibido un sinfín de comentarios de conocidos y extraños felicitándome por la manera en la que me expreso y compartiendo sus propias opiniones, y eso, de acuerdo a periodistas con mucha más experiencia, nunca deja de ser agradable. 

No obstante, a pesar de que volverme columnista fue el principal objetivo que me propuse cuando decidí estudiar periodismo, a veces no siento la satisfacción que siempre esperé, y no estoy segura sobre cómo interpretar mi decepción.

Antes de empezar a escribir esta columna, pasé una hora leyendo los textos que he publicado entre junio de 2018 y la semana pasada.  De todos ellos, puedo decir con absoluta sinceridad que los únicos con los que me siento totalmente satisfecha y en los que continúo pensando en la actualidad, aún sin que nadie los mencione, son “Dios es mujer”, “Gracias, siguiente”, y “En solidaridad con los no nacidos”. Me da pena admitirlo, pero dos son sobre canciones de la cantante de pop Ariana Grande y uno sobre la decisión que tomó el gobierno de Sinaloa de no despenalizar el aborto “en solidaridad con los no nacidos”. 

Es evidente que la cultura popular y el feminismo son de mis temas favoritos. Hay días en los que paso mucho más tiempo del que debería intentando encontrar un tema diferente y original del qué hablar, y no siempre lo logro. Por lo general, mis mejores columnas, las que creo que están muy bien escritas y cuyos argumentos y hasta prosa me hacen sentir inteligente, comparten algo en común, y es que son temas de los que prácticamente ningún columnista serio habla pero son el tipo de cosas que mis amigos comentan en fiestas o que critican en redes sociales. 

Tengo 21 años. Cómo a millones de otros jóvenes, me interesa la vida de las celebridades, me interesa lo que diga el gobierno sobre mi derecho a cuidar de mi salud reproductiva y sexual, me interesa lo que hagan los políticos respecto a la legalidad de las drogas, me importa lo que sale en las pantallas del cine y de la televisión, y también me gusta hablar sobre mí misma, sobre mis observaciones, miedos, inseguridades y deseos. 

Tal vez lo hago porque no siempre hay alguien que esté dispuesto a escuchar. Tal vez lo hago demasiado, y no me gustaría que mi columna se volviera un diario donde me expongo a mí misma y soy vulnerable. Pero irónicamente, esos parecen ser los textos donde más recibo correos electrónicos y los que más se comparten.

En marzo de 2016 escribí una columna titulada “Ser hermosa de los pies hasta el alma”. En ella confesé que había estado pensando en operarme la nariz, pero que quería creer en una sociedad donde mi valor como persona iba más allá del empaque que me envuelve. El texto se compartió como loco. La gente se identificó con mi sentir; el dolor y el sacrificio de querer ser hermosos es algo que nos une a todos (y más, a todas). Entendí entonces que hablar con el corazón, ser vulnerable, y como escribí la semana pasada, ser real, podría ser la fórmula de mi éxito.

Y semana tras semana, al brincar entre columnas en las que comento y critico noticias y política nacional o internacional, y por otra parte acontecimientos personales, me di cuenta que hablar de mi vida siempre parecía ser preferible.

Sin embargo, hay semanas, como esta, en las que ni mis sentimientos me dan suficiente de qué hablar. Hay ocasiones en las que inclusive a una persona como yo, que dice tener una opinión hasta de las cosas sobre las que no sabe nada, las palabras le fallan. Es mi culpa; eventualmente tendré que aprender a escribir incluso cuando no tengo ganas de hacerlo y a  encontrar otras fuentes de inspiración que no sean los chismes de famosos o las cosas que me hacen llorar, pero aún no llega ese momento.

Dos años de columna podrán no parecer muchos, pero cuando tienes solo dos décadas de vida, es bastante en realidad. Dos años de columnas me han enseñado mucho, y presiento que esto apenas comienza.

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