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Tres Amnistías Opinión

María Amparo Casar
07/11/2018 | 04:02 AM

amparocasar@gmail.com

 
La predictibilidad de López Obrador es un mito. Para muchos era evidente que cancelaría el aeropuerto. Para mí no lo era tanto. A lo largo de la transición él mismo y muchos de sus allegados y futuros integrantes aseguraron que el proyecto Texcoco seguiría adelante. En el tenor de la impredictibilidad me aparecen tres misterios que, supongo, se aclararán una vez que tome posesión. No me atrevo a predecir qué ocurrirá porque tengo que confesar que hoy me doy cuenta que las “cosas pasan hasta que pasan”. 
A estos tres misterios les llamo las tres amnistías. La primera es la amnistía al “crimen organizado” cuyo sentido y materialización no quedan claros todavía. Quizá su significado esté encerrado en la concepción de “perdón, pero no olvido”. La idea no fue bien recibida y aparece como su primer gran revés porque la oposición a ella no provino de los “fifís” ni de sus críticos sino de las víctimas. El concepto evolucionó después hacia una amnistía a campesinos que cultivan amapola porque no tienen otra forma de sustento. La última versión viene de una declaración de Alfonso Durazo y se sitúa más bien en el ámbito de la facultad presidencial del indulto. Se trata de los presos políticos de los cuales hay detectados por el equipo de AMLO al menos 60 y entre los que se encuentran seis maestros de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE) acusados de secuestro. En aras de la certidumbre y para evaluar la trascendencia de una política de amnistía al crimen organizado -el secuestro también lo es- valdría la pena conocer a ciencia cierta en qué consiste. 
La segunda amnistía es la fiscal. Arturo Herrera, próximo subsecretario de Hacienda, lo dijo así: “Entre las alternativas para impulsar la recaudación de impuestos, el próximo gobierno no descarta la posibilidad de que el SAT aplique una amnistía fiscal”. Tendría tres vertientes: una para las personas físicas y morales que tienen adeudos; otra por adeudos del sector patronal con el IMSS, y una más para los inversionistas nacionales y extranjeros que busquen repatriar sus capitales.
Este tipo de amnistías se han concedido una y otra vez con resultados más bien dudosos. OXFAM y Fundar han demostrado que en 2013 hubo un total de 41,399 personas morales beneficiarias del programa Ponte al Corriente. Éstas dejaron de pagar 160 mil millones de pesos y sólo 36 empresas concentraron el 50% de las condonaciones autorizadas, o sea, 80 mil millones de pesos o 0.5% del PIB de ese año. 
El consenso generalizado es que se generan incentivos al incumplimiento, que resulta injusta para los contribuyentes cumplidos y suele beneficiar a grandes contribuyentes, factureras y empresas fantasma. 
La tercera amnistía es la de la corrupción. Nada de ella se ha dicho de manera explícita como en los casos anteriores, pero hay señales repetidas de que podría caminarse hacia allá. López Obrador ha insistido una y otra vez en que en materia de corrupción hay que mirar hacia el futuro y no hacia el pasado. En el caso de Rosario Robles expresó que ella era un chivo expiatorio y que meter políticos a la cárcel era un circo. Agregó que no habría persecución contra funcionarios públicos, aunque continuarían con las investigaciones ya abiertas. 
Para mayor claridad, afirmó que “nosotros lo que queremos es ver hacia adelante, no queremos quedarnos anclados nada más en el periodo de corrupción. Lo que queremos es iniciar una etapa nueva, se los digo así de manera clara, y va para todos eh, si nos metiéramos a eso no nos alcanzarían las cárceles, o sea ni las Islas Marías”. Apenas el pasado 14 de octubre, en un mitin en Campeche donde se pedía la cabeza del gobernador dijo con toda claridad que él no necesitaba legitimarse metiendo a la cárcel a ningún político.
Si se está considerando seriamente una amnistía a la corrupción habría que cuidar muy bien el proyecto para que no sea interpretado como un pacto de impunidad.
Las amnistías no son reprobables en sí. Depende de cómo se diseñen, se negocien, se apliquen en la práctica y, sobre todo, de la claridad y cumplimiento de la norma si vuelve a incurrirse en la conducta. De esto nada sabemos porque nada nos han dicho. Lo que sí se puede afirmar es que las tres amnistías tienen algo en común: la profunda convicción de AMLO en el pueblo bueno y, habría que añadir, el gobierno bueno liderado por el hombre bueno. Es loable que AMLO piense que si él no roba nadie lo hará, que la promesa del buen comportamiento refrendada a través de una Ley de Responsabilidad Ciudadana será suficiente y que la fiscalización y vigilancia a los negocios serán innecesarias. 
Qué más quisiéramos, pero la historia de la humanidad dice otra cosa y la historia política confirma una y otra vez la necesidad de que los ciudadanos seamos sometidos por el control de las leyes. Por eso Madison decía que, “si los ángeles fueran a gobernar a los hombres, serían innecesarios los controles internos y externos de un gobierno”. Y Jefferson remataba que, “en asuntos de poder, que no se escuche de la confianza en los hombres, sino de lo que los ata contra malas acciones con las cadenas de la Constitución”. 
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