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Violencia y gobierno: México-Brasil Opinión

Vladimir Ramírez
12/02/2019 | 04:00 AM

vraldapa@gmail.com

 

Circula en redes y se difunde en medios de comunicación lo que el gobierno del recién electo Presidente de Brasil, Jair Messias Bolsonaro, anuncia para combatir la violencia y el crimen organizado que azota en 12 de los estados más pobres del país más grande de Latinoamérica. Con una estrategia que promete disminuir los índices de inseguridad en las calles y revertir las cifras de criminalidad que alcanzaron en 2017 un máximo de más de 63 mil 800 asesinatos y poco más de 60 mil violaciones a mujeres, la postura del nuevo gobierno plantea acciones tan radicales como las de decretar que los ciudadanos sin antecedentes puedan tener armas para su defensa y responder con las fuerzas militares y policiales a las acciones de la delincuencia sin mediar las consecuencias de responder con el mismo nivel de violencia que alcanzan los criminales.

 

Llama la atención que en países de Latinoamérica continúen aplicando estrategias de seguridad que plantean el enfrentamiento directo para detener o socavar a la delincuencia, sobre todo cuando han sido notables y conocidos los fracasos de tales políticas de seguridad en países como Colombia y el nuestro. La experiencia de México en el sexenio del gobierno de Felipe Calderón, dejó una dolorosa enseñanza a sangre y fuego, en la que se constató que la violencia no se termina con más violencia. 

 

Desafortunadamente, el viejo refrán de que nadie aprende en cabeza ajena, parece aplicarse también en la reflexión de que nadie aprende experiencia en país ajeno. En el caso de México, por el contrario, el gobierno de López Obrador, declara que la guerra contra el crimen organizado se ha terminado, que la lucha por recuperar la paz será por vías distintas a la del enfrentamiento, propone buscar la reconciliación de los mexicanos. Muy distintas a las estrategias, del entonces Presidente Felipe Calderón y ahora del Presidente Bolsonaro, identificados por igual, como representantes de gobiernos de ultraderecha.

 

Sin embargo, tanto México como en Brasil, en lo que va de los actuales gobiernos, la estadística mantiene cifras que poco varían en su aumento y disminución de la violencia, mientras que en cada país se aplican distintas políticas para recobrar la tan anhelada seguridad pública y paz social. 

 

Ambos países además de los graves problemas de violencia criminal, mantienen otras similitudes no muy alentadoras, que sirven para un mejor análisis y comprensión de lo que sucede y que muy probablemente sean las principales causas de lo que ahora se vive en estas naciones:  

 

Si bien la cifra de los más de 63 mil 800 asesinatos en 2017 en Brasil, suena alarmante por la espeluznante cantidad, en México para ese año fue de poco más de 31 mil 100 homicidios (INEGI), aunque numéricamente sean casi la mitad de los acontecidos en Brasil, hay que considerar que la población de México era un poco mayor a la mitad de habitantes que Brasil. Otro dato que relaciona, es que estos dos países se encuentran entre los 10 más poblados del mundo (ONU). Una más de la semejanzas, la más importante para entender los fenómenos de violencia y de descomposición social y política, es que tanto Brasil como México cuentan con dos alarmantes y muy similares historias de desigualdad económica: sus poblaciones más pobres y más ricas se encuentran entre las más pobres y más ricas del mundo, volviéndolas ejemplos de la desigualdad extrema global. (Oxfam México).

 

Si la frase “es la economía, estúpido”, de James Carville, asesor del demócrata Bill Clinton, continúa vigente, habrá que ponernos a pensar y reflexionar con mayor detenimiento cómo estos dos modelos económicos, por un lado, el proteccionista y nacionalizador con una mezcla de socialismo de mercado antes de Bolsonaro en Brasil y otro privatizador y neoliberal antes de López Obrador en México, arrojaron resultados tan similares. 

 

Cierto es que de esta última similitud, sobresale un elemento que determina inevitablemente la realidad de estos dos países: modelos económicos fallidos, que incrementaron la brecha entre ricos y pobres. Lo curioso es que en ambas naciones, los resultados han sido semejantes: corrupción, violencia y pobreza extremas. 

 

Ahora Brasil da la espalda a regímenes emanados de la llamada izquierda y México ha dejado atrás a los gobiernos de derecha. Mismos problemas, diferentes caminos. México y Brasil continúan siendo el espejo de la triste realidad de los pueblos de América Latina, en su reiterada farsa del experimento económico para el desarrollo de sus naciones y el interminable engaño de la promesa de un mejor futuro.

 

Hasta aquí mi opinión, los espero en este mismo espacio el próximo viernes.

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