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CRÓNICA
CARLOS MONSIVÁIS Último adiós a los 60… Quedaron lejanos
Al ensayista mexicano se le recuerda por una visita que hizo a Culiacán en los años 60
Rubén Rubio Valdez
14/08/2020
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Foto: Cortesía

Se ha ido Carlos, ya no vendrá como aquel 24 de enero de 1969. Nos sentiremos extraños y solos sin sus textos puntuales, oportunos y quisquillosos ciertos de ironía irreverente, llenos de picardía, envueltos como tamales barbones, codiciados por lectores que lo queríamos sin que él lo supiera, ni tampoco le importara en apariencia.

Me parecía ajeno a todo, vi siempre en él un hombre solitario y de otro mundo. Creo que fue bueno y congruente con él mismo. Sus gatos sin  duda desde hacía tiempo extrañaban sus mimos desde que cayera en cama. Ellos también sentirán como nosotros su ausencia y nos resignaremos a recordarlo como fue, eso es, único.

Singularmente admirado y reconocido. Como no he de recordar la víspera inmediata al anuncio y presentación del conferenciante, venido desde México, de luto fresco por la matanza de Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas. Ya era hora, sólo faltaba la máxima autoridad de la Casa Rosalina. Yo, hecho trenza por el desespero de dar inicio a la esperada plática de Carlos Monsiváis, tomé el único teléfono negro que hubo desde antes y después de la Dirección de Preparatoria Central, también la única en la ciudad. El teléfono timbró allá dos veces y  escuché la voz de mujer:

-Rectoría, ¿con quién quiere hablar?

-Soy Rubén Rubio. ¿Se encuentra el Licenciado?

-Rubén, un momento, te lo pongo en la línea. Te siento muy acelerado, calma, calma.

-Bueno, ¿qué pasó Rubio?

-Oiga Licenciado, apúrele, véngase. Ya va a empezar la conferencia.

-¿A poco ya está?

 -Sí, acabamos de llegar con él. Aquí están parados a la entrada del auditorio. Hay mucha gente.

-Ahí vamos. Nos iremos caminando. No tiene caso ir en  carro –me dijo  Monjaraz Buelna, entonces, Rector de la UAS.

En la trama de la imprudencia por mi edad (20 años) y el nerviosismo del apremio, pensé repetirle la recomendación de que se apurara.

Después de iniciada la conferencia a las 18:00 de aquel agradable mes de enero, elucubré que Monsiváis y Miguel Capistrán eran gente que choteaba las reverencias de la vieja sensibilidad y entonces concluí que resultó injustificable mi congoja y podía haberle seguido la suave al licenciado Monjaraz que se tomara tiempo a su parsimoniosa dinámica de caminar.

Pocos minutos tardaron en llegar después recorrer las banquetas de la casa de doña Alicia Calles y pasar bajo la sombra del huanacaxtle del Internado del Estado y también por la banqueta  de donde fue por muchos años La Prevo, vecina de La Prepa Central.

El Rector Monjaraz llegó acompañado de la Licenciada Martha Arteaga, su esposa, Marisela su hija y Luis Zúñiga.

Por su vestimenta y el desarreglo de su cabellera, mi tío Juan Valdez que fungió por muchos años como Secretario de la Preparatoria Nocturna, refiriéndose a Carlos Monsiváis, ruborizado le dice a don Pablo, que era prefecto:

"¿Cree usted que ese mechudo va entender lo que va hablar Monsiváis? ¿De dónde saldría ese?"

La entrada es libre, contestó don Pablo. Tolerante el señor.

El auditorio de la Prepa que se llenaba sólo en las ceremonias de graduación de estudiantes, esta vez para la conferencia anunciada estuvo a reventar, el atiborramiento fue algo inesperado y gratificante para mí, sin duda Carlos a sus 30 y pico de años, era encantadoramente humorista. Dio entrada a su plática de una versatilidad desconocida en Culiacán, estallando un humor insólito de la distinguida concurrencia ante un silencio de misa obispal.

-Viene a Culiacán porque me dijeron que aquí vivía un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo.

Allá en la entrada, abriéndose paso entre la gentío, refregándose sin ningún recato el Profe Juan Valdez Inzunza echó reculada por donde entró, casi muerto por el asombro y de vergüenza por su ignorancia y ya libre va hasta don Pablo:

"Don Pablo. El mechudo es Carlos Monsiváis. El greñudo es el que está hablando".

Es que hay de personalidades a personalidades, le contestó con mesura y respeto el prefecto.

Sería prolijo abundar sobre el contenido de la conferencia ÚLTIMO ADIÓS A LOS 60´s. Sólo diré que no dejó títere con bonete. En verdad hizo un repaso magistral de los sucesos de  esa década histórica para Francia, para Argentina y para México: estaba reciente el “2 de Octubre”, había muerto Kennedy, Octavio Paz ya no era Embajador, había renunciado como acto de protesta a Gustavo Díaz Ordaz. Había pasado el México 68 y el Fuego Olímpico había congregado lo mejor del deporte mundial.

Los Beatles habían revolucionado la  música moderna. El Boom Latinoamericano había dejado atrás El Modernismo  y la Literatura Latinoamericana se pavoneaba con la publicación de CIEN AÑOS DE SOLEDAD de Gabriel García Márquez.

Creo que fue una gran década y que bien que Monsiváis estuvo con nosotros en la Prepa Central para compilar esos temas que bien han de recordar Jorge Medinas Viedas,  Liberato y Rito Terán Olguín, El Chichí Meléndrez, Pablo y Jaime Gastélum,  Javier Gaxiola, Vicente y Javier Torres Bon, Mimiaga Padilla, Mariano Carlón, Javier Núñez Quiñonez y tantos que si leyeran estas líneas, refrescarían su memoria con motivo  de la muerte de este gran mexicano.

En junio hablé por tercera vez en mi vida con Monsiváis. La primera fue cuando por intermediación de mi amigo Miguel Capistrán Lagunes, de Córdoba, Veracruz, y lo hice para pedirle que viniera a Culiacán como parte de un rol de Conferencias de la Escuela Superior de Agricultura, fue entonces que me dijo: la conferencia se llamará ÚLTIMO ADIÓS A LOS SESENTA  y yo le pregunté:

-Sesentas, ¿con letra o con número? Poniéndole apóstrofe después del cero y “s” mayúscula o minúscula al final -y me contestó en tono de fastidio, pero de buen modo y civilizado.

-Como tú quieras, da lo mismo.

Más picudo que ahora, pensé, a la insinuación, creo que me dijo… “como sea, pend…”

La segunda vez que hablé con él fue en El Café Las Américas, entre Insurgentes y Baja California en la Roma Sur. Habían pasado siete años. El encuentro fue muy breve e informal y le ayudé a recordar el tour nocturno por las calles de la ciudad, la cervecita en “Tectelandya” y recordó claramente la cena en casa de mis padres, en Hidalgo y Donato Guerra, muy cerca del Santuario del Padre Manuelito.

Hizo recuerdos de la visita de aquella noche del 24 de enero a la Zona Roja de Culiacán, recorriendo para llegar, la carretera a Sanalona en el tramo más intransitable después de las cabañuelas donde escuchó norteños, banda y orquesta del mejor Cabaret es esa época, los que conocieron tan fastuoso lugar deben de recordar que me refiero a El Afro. Ahí tocaba y comandaba la orquesta el afamado Buster, muy conocido de Miguel Tamayo, con eso de que su orquesta entre La Royal, La Estrella y El Cachi Anaya eran las que amenizaban las tardeadas y fiestas de postín de El Casino de Culiacán.

Después de la conferencia de la Prepa, la entrevista de Herberto Sinagawa en Canal 3, y cena de enchiladas estilo Mocorito que bien preparó mi mamá, doña María Luz, mis amigos de parranda y que seguimos frecuentándonos después de más de 40 años, nos pusimos a modo de atender a tan especiales y distinguidos intelectuales.

Alguien de la Uni, así nos referíamos a nuestra Alma Máter, hoy en día como que  hay el propósito de decir y decir, Universidad Autónoma de Sinaloa, creo  hizo el compromiso de que Monsiváis fuera entrevistado en vivo en el estudio del canal local de televisión por Herberto Sinagawa. De ese compromiso ni Monsiváis, ni Capistrán ni yo estábamos apercibidos. A ellos les había dicho que cenarían en mi casa, y del tour nocturno, mis amigos y yo sí estábamos avisados. Por eso me extrañó que alguien de Rectoría me dijera:

"Oye Rubén, dice el Lic. Monjaraz que ya es tarde y están esperándolos en el Canal 3" Sin averiguar, volteé a ver a Guillermina, mi novia, y le dije:

-¿Trajiste el guayín?

-Sí. Está estacionado cerca.

-Pues vámonos. Tenemos que ir a la televisora antes de que terminen las noticias. Van a entrevistar a Monsiváis. Que se venga la Guadalupe Sanz

 –Guadalupe, amiga de Guillermina mi esposa ahora. Ella, amiga de siempre.

Busqué a Carlos y Miguel Capistrán. Les hice señas con manos y ojos entre el bolón de gente y ya cerca les dije:

-Vamos a la televisora. Los van a entrevistar –en son de broma y sarcasmo del bueno, me dijo.

-No me siento preparado –y yo inocente, le contesté para darle ánimo y seguridad, haciéndolo de la forma más inocente y sana con voluntad.

En el camino te preparas  y acercándome para que no escucharan las mujeres le dije, caminando y meando, ándale camina. Creo que fue la primera vez que enseñó su dentadura con intención terapéutica y como estaba oscuro al salir de la Prepa, no fue necesario que se llevara la mano derecha a la boca. En verdad, que gran tipo, Carlos Monsiváis Aceves.

Rumbo a la televisora a toda velocidad posible tomamos la calle Rosales al oriente, torcimos a la derecha por la Obregón y conduciendo el guayín Rambler color blanco, siendo el primer semáforo que me  brincara, el de la Juárez y el  siguiente, de Leyva Solano.

-Con cuidado –me dijo Guillermina.

Al voltear a ver a Guillermina y a Guadalupe que iban junto a mí, pues el guayín tenía asientos corridos y hacía posible que  viajaran tres, fue entonces que les dije a Carlos y a Miguel que viajaban atrás, ya falta poco.

-A como vamos, creo que falta poquito –comentó Carlos.

En ese momento, cancelé la decisión de brincarme el semáforo, el último, el del Zapata. Alcancé a frenar y fue entonces que los viajeros de atrás nos dieron con la frente en la nuca a los de adelante. Es que el asiento corrido se desenganchó y facilitó el pequeño accidente que no pasó de risas y la verdad que llegamos a tiempo a la televisora.

El regreso a la ciudad fue más tranquilo y hubo tiempo de hablar de nuestra ciudad. Fue en mi casa cuando vi a Monsiváis en verdad apenado y no era para menos. Cuando llegamos a casa, donde mi querida mamacita nos había preparado las ricas enchiladas estilo  Mocorito, que tantos elogios recibió de tan distinguidos comensales. Al abrir unas de las  hojas de la puerta de la casa de la calle Hidalgo, como dije cerca del Santuario del Padre Manuelito, a mi mamá le asustó la reverencia de tan inesperada silueta de la visita y después me contó que también se apenó, porque ella tenía la idea de que viniendo de la capital, jamás pensó que tan distinguida personalidad tuviera tan crecida y alborotada el cabello y mucho menos que de repente y tan a lo cortito, se inclinara empujando su cabellera hacia ella y escuchara una expresión de tanta cortesía como “a sus pies señora”.

Las enchiladas, la plática de sobremesa con Guillermina y Guadalupe Sanz y la degustación de una rica limonada con hielos recién sacados del refri hizo que todo terminara en calma y ya para ponernos de pie al filo de las 10 de la noche, de muy buen humor y sin ironía, Monsiváis no dijo  “tu casa Rubén, es la casa más Inn de Culiacán.” Sin saber por qué le dije: gracias. Nunca pregunté su significado, pero me percaté que en las revistas de promoción turística era común esa expresión.

Ya no me preocupó. Siempre ligo esa  palabra con aquella cena en esa casita donde vivimos algunos años tan cerca de todo y de la Uni. En esa calle vivieron las familias Vidales, Robles, Camarena, Ibarra y otras como nosotros, Los Rubio, que nos fuimos cargados de recuerdos de esos tiempos y de otras formas de vivir en el primer cuadro de la ciudad, cuando se viajaba por el centro caminando.

Sólo hasta que salimos todos a la calle, supimos que en la acera de frente, la de la familia Vidales, esperaban mis amigos pacientemente, los de siempre y los que harían posible el recorrido nocturno. Ya habían comprado cerveza. Los expendios cerraban temprano y los aguajes eran para la gente de las colonias de las orillas de Culiacán.

La camioneta Ford 53 que de nueva había sido pick up de caja metálica, era entonces una camioneta materialista, sin redilas y solo con tubos atornillados a la plataforma y soldados entre ellos, propia para entregar pedidos de cal, cemento, varilla y alambrón.

Esa camioneta tenía años sin asearse. Solo se bañaba su carrocería cuando llovía. En esa camioneta materialista de don Vicente Torres Rábago, tripulada por Vicente Torres Bon, pasearíamos por la ciudad, tomando cheve y haciendo bulla Jaime Gastélum Castro, hermano del Cigüeñas, Javier Torres Bon y Javier Gaxiola Paredes,  en un gesto por demás solidario con quién esto escribe y los distinguidos visitantes, esperaban la voz de arranque ahí en torno a la Foringuilla. Nadie tomaba la iniciativa por decir algo, entonces  me decidí y después de verlos, hablé, mirando a mi novia.

-Guillermina, ya pasan de las 10. Vamos a dar una vuelta para que conozcan la ciudad Miguel y Carlos. Gracias por todo. Nos vemos mañana.

Las acompañé hasta el guayín y esperé hasta que tomaron la calle Hidalgo rumbo al Mercado Garmendia.

Todos, con una sinceridad inusual ahora y quitados de la pena, invitamos a recorrer la ciudad al Gran Cronista de México, a unos de los hombres más cultos que hemos  tenido la suerte de tratar y después de esa primera vez de enero de 1969, vendría con mucha frecuencia a Sinaloa y que no vendrá a Mocorito como lo había invitado la Asociación Cultural José Ley Domínguez, antes de caer en cama, al que el Alma Máter de Sinaloa le otorgara no hace tanto tiempo el Título Doctor Honoris Causa, al que al morir al final de la primavera, ha dejado un espacio vacío que nada ni nadie podrá llenar. Sí, al que hace exactamente un año que hablé para pedir que le prorrogara un texto a Jaime Sinagawa, sí, al que un grupo de amigos míos paseamos hace cuarenta años por la Obregón, por Ciudades Hermanas y que por no poder subir a “Tecatelandya” en primera la Ford 53, tuvimos que bajarnos algunos para empujarla, ayudando a subir la cuesta que en reversa solo pudo hacerlo. Su motor estaba más bombo que la chin… en alusión a la palabra despiadadamente desagregada  por Octavio Paz en el Laberinto de la soledad.

Así anduvimos por la ciudad tomando cerveza de bote, hasta después de las dos  de la madrugada cuando a sugerencia de los festejados, los llevamos al Motel Tres Ríos donde por la mañana, después de recogerlos en el Aeropuerto de Bachigualato la mañana anterior, utilizando un guayín que nos prestó  el Dr. Mariano Carlón López, Delegado del IMSS, padre de mi amigo Mariano Carlón, que formaba parte del mismo equipo de recepción.   Nunca me dejaron abajo.

De haber sido derrochador y encajoso, no dudo que el Licenciado Rodolfo Monjaraz Buelna hubiera autorizado gastos para un banquete en El Abajeño o en El Cluvet, o de perdis una carne asada y cerveza. Se me hizo mucho el gasto de boletos de Aeroméxico y hospedaje de un día en el hotel más caro de la ciudad en aquella época. De haber sido largo, otra habría sido  la historia, perdiéndose la delicia de las enchiladas estilo Mocorito que cenó en la humildad de mi casa por la calle Hidalgo. Su calzado no se hubiera encalado, evitándose el zangoloteo su treintañero cuerpo sobre la plataforma de la camioneta Ford de motor guango sobre la carretera rumbo al Barrio, dominios de Cleto Terrazas.

Javier  Gaxiola Paredes,  Pablo Gastélum Castro y Guillermina Alarid Ángeles hacemos remembranzas de ese día. A Guillermina y a mí, nos gustaría contar con toda la obra periodística de Monsiváis, a lo que alguna vez me comentó Herberto Sinagawa Montoya, se requerirá en su tiempo, un esfuerzo muy grande para compilar y editar el vasto e importantísimo material de uno de los más destacados hombres de letras de México. Le adelanto y para bien, que hay una persona trabajando con ese propósito editorial. Es él, uno de los más calificados críticos literarios, que siente tanto como muchos, la partida del vecino de Portales.

Monsiváis, estoy cierto que ha muerto físicamente para México, pero su legado apenas lo conocerá el mundo y sus textos de complejísima trama, seguro será leído en otras lenguas. Él, vivió intensamente el oficio de pensar, parlar y escribir. Ahora se conocerá con calma y a plenitud su talento.

* El autor es ingeniero agrónomo, narrador, ensayista, promotor cultural y musicólogo. Correo: orabato1000@yahoo.com  

 

* Fotos: Tomadas de Flirck Servando Gómez, Octavio Issac Rojas, Conecta Abogados.

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