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CRÓNICA ¿Hey, por qué nos golpean?... N'ombre y lo que te hace falta
Durante la noche de Halloween en Culiacán, de la que hay videos de balaceras, la quema de una palmera y una batalla campal, hubo detenciones no justificadas y agresiones de la Policía Estatal, asegura testigo
José Abraham Sanz
10/11/2018 | 04:01 AM
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Foto: Noroeste

CULIACÁN._ Tobías sintió temor cuando la policía lo golpeó, ahora con el puño cerrado, en la cabeza.

Sintió que el cuerpo se le aflojó y cedía a la fuerza de otros cuatro agentes que lo obligaban a permanecer inmóvil.

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El primer golpe, un zopapón con la mano abierta, solo lo había enchilado.

Desde que lo jalaron del brazo le quisieron quitar el celular que traía en la mano derecha y la bocina en la izquierda, pero todavía se aferraba. Le doblaban los dedos, recalca, para que los soltara.

Apenas una hora después de haber llegado, su idea de haberse disfrazado de payaso para ir al malecón a ver el desmadre que se hace la noche de Halloween, ya no pintaba tan bien.

Porque de los que iban en la patrulla, asegura, eran casi todos inocentes.

Él, un amigo que quiso abogar cuando lo vio que lo tenían inmovilizado, un joven chofer de Uber que había ido a recoger a un cliente y un morrillo que se miraba era menor de edad y lloraba porque no sabía qué decirle a su papá cuando supiera que la policía lo había detenido.

 

La idea divertida que terminó en agresiones y pesadilla

Como cualquier joven entre los 20 y 24 años en Culiacán, a Tobías y sus amigos les pareció una buena idea ir la noche de Halloween al malecón nuevo de la ciudad.

Llegaron los cinco poco después de la media noche, buscaron un estacionamiento cerca del Club Campestre para poder bajar a donde miles de jóvenes habitualmente coinciden esta noche.

“Nos fuimos caminando por el malecón y ya miramos mucha plebada”, recuerda.

Tobías se había puesto un disfraz de payaso, se maquilló la cara y se puso una peluca colorida.

Otros de sus amigos llevaban máscaras, otros ropa y maquillaje.

“Desde que llegamos ya miramos toda la plebada, entre mujeres y hombres, que estaban bailando o agarrando cura, cada quien en su rollo, en la calle, estábamos del malecón del lado del Campestre, cada quien en su rollo, pero tranquilo”, explica.

“Ya que nos fuimos acercando a El Grito (centro nocturno), ya vimos unas 10 patrullas, más o menos, que andaban rondando y vimos allá el desmadre, que estaba aventando botellas y piedras”.

El primer indicio de que las cosas no iban a mejorar, asegura Tobías, es que eran pasadas la medianoche y decidieron acercarse a ver el relajo.

Llegaron a un local ambulante de los que ofertan cocos, fresas con crema, o cacahuates y papas preparadas. Se quedaron bajo el techo para evitar que algo les cayera encima.

Sus amigos, relata, se separaron y se metieron a donde había más gente.

“...y era donde estaba el desmadre”, señala.

Él y otro de sus amigos se quedaron viendo pasar los autos, cuando llegaron unas patrullas, frenaron y se bajaron de inmediato. Según recuerda no había soldados, solo agentes de la Policía Estatal.

Se acercó uno, a otras personas que estaban bailando cerca de Tobías y luego otro agente a él le gritó: Vámonos a la chingada, ¿para qué están aventando cosas?

“Llegó en ese plan y no nos gustó, y le contestamos fuerte, no estábamos aventando nada, le dijimos”, admite; “no, que yo los miré y vámonos a la chingada para arriba (de la patrulla)”.

“Se puso al brinco, no nos dejamos y como que se dio cuenta que no estábamos haciendo nada. Luego llegó otro gritando una bola de groserías, pero se fueron”.

Hoy, Tobías reflexiona que desde ese primer contacto con la policía, el agente no llegó en buen plan, aunque hoy reconoce que era por el ambiente turbio.

“Por todo el desmadre que había, por un lado si tenía por qué estar enojado, pero pues no con cualquiera deberían llegar así”, dice.

Recuerda haberse quedado en el mismo lugar, se recargó en un poste y checaba redes sociales en su teléfono.

Luego llegó otro agente, ya encapuchado.

“Y me quiso quitar el teléfono, yo no me di cuenta, porque estaba volteado y él me llegó por acá: hey, ¿por qué chingados estás grabando?”, le gritó. “Yo jalé el teléfono: no, oiga, no estoy grabando, no estoy grabando”.

“Nada más te estoy haciendo una pregunta”, dice que le respondió el policía. “Pero también cómo me la estás haciendo”, reviró Tobías.

El agente chistó, mugió y se fue.

 

La agresión de los policías estatales

 Tobía relata que decidió moverse por la insistencia de los agentes. Él sabía que había gente que estaba haciendo desmanes, pero también que muchos otros, como él, que sólo buscaban divertirse al margen de problemas con la ley.

Minutos después sus amigos le llamaron, recuerda, y le contaron que estaban resguardados bajo unas escaleras porque habían quedado atrapados. Rápido se movió a buscarlos.

“En lo que iba, pues vi que el estacionamiento de una plaza, había muchas patrullas, otras por las calles”, relata, “yo no iba en plan, ni haciendo nada, ya paso por donde estaban dos patrullas, ese fue el error mío, estaban dos camionetas”.

“Quise pasar por entre ellas, pero como yo no la iba cagando, no iba corriendo, iba caminando, ya cuando iba pasando entre las patrullas, ya veo que estaban acelerados, gritando, queriéndose llevar a otros”.

Al payaso le jalaron del brazo. ¿Pa' dónde ver... vas?

¿Qué?, pues yo voy para mi casa.

Súbase a la chingada, vas para arriba de la patrulla.

Tobías sintió otro jalón, él respondió con un empujó y le reclamó: qué onda, ya me voy para la casa.

“Los demás se dieron cuenta y se me echaron encima, otros tres y una mujer”, narra.

Lo jalaron de los brazos, lo estrellaron a la patrulla y pegó con el estómago.

Él traía su teléfono y una bocina.

“Me las querían quitar, no me dejé y ya me jalaron”, recuerda.

Sintió un chingazo en la cabeza, volteo para ver quién fue, para reclamarle, que no le estuvieran pegando

“No, que ya vas para arriba de la patrulla”, le gritaron.

“Una mujer policía que estaba ahí, ya con un guante de esos que tienen plástico, siento que me pegó uno bien dado en la nuca; me pegaron otro, me sacaron el aire y les dije: ya está bien, yo me voy a subir, yo me subo solo”.

Cuando Tobías cedió, uno de sus amigos fue en su ayuda: déjenlo, no estamos tomando, él no está haciendo nada. También lo detuvieron.

En la camioneta, recuerda Tobías, había otro morro que andaba de Uber.

“Que lo agarraron por estar ahí, fue a recoger a alguien de un servicio y otro morro, que estaba llorando, que lo iba a regañar su papá, se miraba bien tranquilo y ninguno estábamos borrachos, ni habíamos tomado”, recalca.

Cuando se le acercó un mando que él supone era una especie de comandante, Tobías le reclamó: hey compa, se pasaron de lanza, su pinche camarada ¿por qué nos golpea?

El comandante le contestó rápido, mirándolo de frente y acercándosele: N'ombre, loco... y lo que te falta todavía.

 

Barandilla sin médicos, ni jueces para atender

 La noticia del día 1 de noviembre se hizo viral rápidamente; casi 500 personas, en su mayoría jóvenes, fueron detenidas la noche de Halloween por un operativo especiali realizado por la Secretaría de Seguridad Pública del estado.

Tobías asegura que como él había otros detenidos y golpeados sin razón.

“Cuando nos llevaban en la patrulla, más adelante llegaron por una mujer que llevaba un bate, se había disfrazado de algo; se lo quitaron y como yo me acomodé para la orilla de la camioneta, un vato me dijo 'siéntate bien, a la chingada', y me pegó con el bate en la espalda. Yo le dije: hey compa, digamos con la mano o algo. Él me contestó: cállate el hocico, y siéntate bien.

Recuerda que en un retén subieron a otra persona, también golpeada; sin embargo, ésta persona estaba alcoholizada y peleó con los agentes cuando le intentaron quitar el automóvil.

“Nos trajeron dando vueltas y ya fueron a dejarnos a la barandilla; nos asignaron a uno de los policías, él se encargó de una bolita en que éramos como unos siete, nos anotó en una lista, nos dijeron que íbamos a entrar cuando él nos dijera”, recuerda.

“Había muchos muchos plebes; cada bolita estaban separados, tenían a un policía que estaba encargado de cada grupo; estaban llenas las celdas, pero afuera de las celdas no cabía más gente y había un chingo de policías hechos locos, porque no se daban abasto. A nosotros nos anotaron en una lista y hasta al rato nos pasaron a una celda”.

 

¿Había algún juez para preguntarte por qué te detuvieron o alguien que te acusara?

No había juez, nadie me preguntó nada. Como decía un señor que estaba ahí adentro: esto no lo deben de hacer, es como si estuviéramos secuestrados, porque nadie nos ha dicho por qué fuimos detenidos.

 

¿Algún doctor te revisó los golpes?

No estaba el doctor, hasta ya en la mañana.

 

¿Cuánto tiempo estuviste detenido?

Estuvimos mucho tiempo, hasta las 11 más o menos; ya en la madrugada, a eso de las tres, nos pasaron a un cuarto, nos preguntaron datos, nombre, dirección, nos tomaron fotos.

Nos preguntó que si nos habían golpeado y le dijimos que sí. Él tampoco preguntó por qué nos habían detenido.

 

¿Ese era el doctor?

No era doctor, era otro chavalo que estaba preguntando nombres, datos. A los menores de edad sí se iban rápido. Llegaban los papás de ellos y ya.

 

¿Te dieron algún papel de que estuviste detenido?

Firmé una hoja ahí que decía “por alterar el orden público”. Le dije: ah, ¿y si no la quiero firmar por eso? Me dijeron: ah, pues no vas a salir. Para llevármelo no me dieron ningún papel.

 

Antes de salir, recuerda, que como a las 10:30 de la mañana los sacaron de nuevo de la celda y los pasaron a otro lado, con otra persona, que les preguntaron más datos, como a qué se dedicaban y ya después los pasaron con el doctor.

“¿Dónde te pegaron? Me preguntó, y yo le dije que en la espalda y en la cabeza. 'A ver, quítate la camisa', y ya me dijo 'no tienen nada”, recuerda Tobías.

La atención médica llegó tarde incluso para quien recibió una golpiza.

Toda la noche, narra Tobías, hubo un joven golpeado que se quejó.

“Traía los ojos bien impresionantes, aquí en la costilla traía... si se la hubieran quebrado no hubiera aguantado, pero sí traía una bola... y lo blanco de los ojos los traía rojos, pero como de sangre. Se estaba quejando y la oreja la traía como sangre que le corrió”, señala.

“Decían que lo habían querido subir (a la patrulla), pero se alcanzó a zafar, corrió y lo agarraron en el piso, a patadas y todo, de la costilla a un lado se quejaba mucho el morro”.

Explica que había otro joven que les reclamaba que pasaran a ese muchacho herido con el doctor.

“No, si aguanta, si aguanta”, respondían los policías.

“No se pasen de ver... , vean el morro cómo está, llévenlo con un doctor”, decían todos.

“No, pues no, si aguanta”, de nuevo dijeron los policías.

Tobías admite que la idea que se les ocurrió no fue la mejor y que fue un error haberse quedado después de ver los problemas que había.

Sin embargo, a partir de la agresión y la detención arbitraria que sufrió, afianza la opinión que tenía de la policía.

“Pues, lo que todo mundo piensa, que son unos abusones; sé que son como todo, hay unos que si están bien, otros que no, pero, es la mala imagen, porque como andan en bola, no andan solos, por eso la hacen de cabrones”, dice.

“Yo esperaba que nos fueran a golpear más, porque como dijo el comandante, a lo mejor si me hacía falta otra calentadita”.

 

 ¿Crees que hayan detenido a más personas como tú que no estaban haciendo algo ilegal o molestando a los policías?

A la mayoría, de 100 que estaban encerrados, unos 90, fácil, no estaban haciendo nada. No digo que no tengan por qué ponerse así, si les doy por el lado, porque las cosas como se estaban poniendo no deberían de hacer (los jóvenes), sí habia plebada que la estaba cagando, de que aventaban botellas, piedras a la patrullas, pero no éramos todos.

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