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Columna
Eduación en la Familia: Las huellas que dejamos en los hijos
Yolanda Waldegg de Orrantia invita a reflexionar con temas de actualidad
Yolanda Waldegg de Orrantia
11/10/2018
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Foto: Noroeste

Quedamos en lo que hay que lograr en la familia es que todos sus miembros, cuando salgan, sea por un rato o por algún tiempo o por formar otra familia, desee regresar, y al regresar pueda decir, “aaah. Al fin en casa”, suelte el cuerpo y se sienta a gusto, feliz, pero el hecho es que a menudo, quienes salen, buscan cualquier pretexto para retardar la llegada o de plano no regresan. ¿Cuántos no buscan casarse para poder salir huyendo de esa familia? Y así les va porque no tienen puntos de referencia para seguir y lo que llevan en su mochila a cuestas son errores y horrores, muy pesados que no les ayudan en sus vidas.

Otra cosa en la que fijarnos, ya lo he dicho en otras ocasiones, son las injusticias y el cuidado. Aquí hay que hablar las cosas porque en primer lugar, los hijos son muy susceptibles a la injusticia, de hecho son justicieros, entonces lo que para uno puede sentirse como injusticia, el otro ni en cuenta; desde la perspectiva de cada uno se ven diferente los acontecimientos, y además hay que explicar en qué consiste la justicia, que no es dar a todos parejo, eso es justamente lo contrario, una injusticia, pero hay que explicar las razones. Desde muy pequeños, tienen la capacidad de evaluar este tema, de modo que para quienes tienen varios hijos es prioritario este asunto.

Vivir en un ambiente que ha sido totalmente injusto termina por deteriorar el yo, transmitiéndoles la idea de que no son merecedores de la atención de los demás. Ya adultos, con esta herida emocional, terminarán como personas inseguras o, por contrario, cínicas, siempre con visión pesimista de la vida, sin saber confiar en nadie y establecer relaciones.

Una cosa muy fácil en la que caen los padres es en las promesas no cumplidas, que se traduce como traición, suena fuerte, pero ese es el sentimiento que provoca. La traición duele, hay herida. Si te portas bien, te compraré el carro que viste el otro día, la muñeca, el vestido, la inscripción en la clase que quieres. Somos unos grandes prometedores, pero no cumplidores. Lo que les va enseñando es que el mundo y las personas cercanas no son fiables, serán inseguros, miedosos, celosos. Igual que prometemos cosas lindas, también prometemos castigos, que tampoco cumplimos porque no son reales.

No está mal prometer, lo malo es no cumplir, así que antes de hacerlo hay que fijarse bien en lo que prometemos y cumplirlo. En cuanto a los castigos, primero deben ser justos, avisado y explicado porque aclarado antes, proporcional a la falta, sin enojos ni gritos, “si haces esto, pasará esto”, y hace, peron no pasa nunca la promesa. Nos toman la medida y se pierde autoridad. En cuanto a premios, no se deben prometer por cualquier cosa; cumplir con una obligación no amerita premio. En cuanto a paseos, juegos, tiempo, cine, que siempre se posponen, es terrible. Hay que prometer solo en cuanto estemos seguros de cumplir.

Otra cosa en que se cae fácil es en humillaciones, que llevan a un espíritu dolorido. Cada día son más los niños que crecen en ambientes humillantes: el bullying es uno de ellos, suficiente e insoportable. Si en casa encuentra lo mismo y constantemente está sometido a situaciones humillantes, burlas, descalificaciones, hay que ponerse en su lugar, cómo puede sentirse si continuamente le dicen por lo menos tonto, bueno para nada, quizás con palabras más fuertes, ese gordo, el enano, zambo, visco, negro, cualquier cosa puede servir para un mote despectivo, no solo en la escuela, sino entre hermanos o los mismos padres.

De más está decir que terminará, cuando menos.con baja autoestima y gran tendencia a la depresión, si no es que llega al suicidio, pues que no sea en casa que eso sucede y estar pendientes de lo que sucede en la escuela. Seguramente todos nos acordamos de alguna situación humillante de nuestra niñez que nos haría entender cuán grave puede ser este trauma emocional, que termina siendo una carga hasta la vida adulta porque se graban y si son diarias, además de quienes se supone le aman, duele más.

El miedo a lo desconocido de los niños no hay que subestimarlo ni reírnos o decirles cobardes, nosotros también tememos, y sí hay que superarlos, pero requieren paciencia, no inmersión violenta ni burla.

Pues como la idea es darles un equipaje para la vida que les ayude y empuje adelante, les haga sonreír, desear volver y no que los aplaste, hay que sentarse a ver qué es lo que queremos y planear lo que hacemos; si es necesario ponernos recordatorios por todos lados de que somos papás y son nuestra responsabilidad, como dice Gardel en su tango: “vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo, que lloro otra vez”. Las memorias de la infancia marcarán el resto de sus vidas. A estar atentos, queridos padres.

 

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