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Mazatlán
Educación en la Familia: La insatisfacción
En su columna habla sobre que la insatisfacción es un mal de la época, aunque siempre existió
Yolanda Waldegg de Orrantia
31/08/2019
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Foto: Noroeste

La insatisfacción es un mal de la época, aunque siempre existió, hoy está exacerbada porque nos ha dado por crearnos necesidades y como se dice, “no tenemos llenadera”. Si dejáramos crecer a nuestros hijos como se hacía años atrás, no la padecerían tan temprano, pero desde pequeños se fomenta por la comodidad de los padres.

Ha existido siempre y las causas en la vida pueden ser muchas, aunque la mayoría de las veces, relacionada con las múltiples exigencias que tenemos acerca de cómo deberían ser las cosas o cómo deberíamos ser nosotros mismos.

El ambiente que nos rodea es muy exigente: nos dicen que tenemos que llegar a la cima y mantenernos ahí, la mayoría de las personas se sienten insatisfechas con su destino a causa de expectativas exageradas y cuidado, porque se las traspasamos a los hijos, exigiéndoles lo que a los padres les parece importante, muchas veces su sueño personal no cumplido por circunstancias especiales y queremos cumplirlo en ellos, sin averiguar si tienen sus propios sueños.

Podemos estar en la exigencia de que sea el mejor de su clase y en cada actividad extracurricular, que muchas veces ni siquiera escogieron ellos.

Pretender permanecer siempre del lado soleado de la vida, siempre se debe tener éxito y debe ser divertido si no, no. El destino siempre debe ser bueno con uno, quedar libres de enfermedades o accidentes, parece que nadie les enteró desde chiquitos que así no es la vida, esta suele pasar por el Sol y por la lluvia, con vientos y tormentas, luego sale el Sol.

Estas exigencias no solo van contra la sociedad o la fuente de trabajo, el jefe y compañeros; con mucha frecuencia se dirige a uno mismo.

Muchos se exigen demasiado, pensando que siempre deben estar alegres, pensar en positivo, tener todo bajo control, recibir reconocimientos.

Estas expectativas tan elevadas que nos ponemos a nosotros mismos resulta que gran parte viene de la niñez.

Es normal que se tengas expectativas sobre los hijos, si no las tuvieran, no confiarían en ellos, pero cuando son impuestas con demasiada fuerza, se convierten en exigencias que nos ponemos a nosotros mismos después y, con mucha frecuencia, nos apabullan.

Si de niño siempre se tuvo que enfrentar a la expectativa de lograr algo y cuando querían jugar, llegaba papá o mamá diciendo, “hay cosas más importantes que hacer. ¡Primero ordena tu habitación, barre el patio o cuida a tu hermanito! Luego vas a jugar”, y de adultos han asumido la exigencia de que siempre tienen que hacer algo y debe tener un resultado.

Hay quienes dicen que escuchan la vocecita de papá o mamá, “eso no está bien hecho, vuélvelo a hacer”, “te faltó aquí o allá”, “desbarátalo y hazlo bien” y consideran que jugar o simplemente estar sentado es perder el tiempo, por eso no pueden pasar una hora con ellos mismos y disfrutar de ese tiempo.

Esto lleva con frecuencia a la depresión, que sería consecuencia del grito de auxilio del espíritu que ha llegado a su límite y se rebela. En ese caso, la depresión es una invitación a despedirnos de esas exigencias exageradas, no tenemos que ser siempre perfectos y exitosos o fuertes, populares y educados.

Aquí, como siempre, examinémonos los papás porque nunca antes en la humanidad se daban casos como epidemia de niños y jóvenes con depresión, que llegan hasta el suicidio.

No es broma, recuerden que nuestros hijos son nuestro espejo y si nosotros, padres, tenemos tantas insatisfacciones, no sea que lo que consigamos con los hijos sea eso que padecemos.

Los niños, lo primero que necesitan, es a sus papás pendientes de ellos, sin abrumarlos, presentes y no encima, papás felices que hacen cosas divertidas con ellos, no necesitan comidas de tres tiempos, mucho menos aparatitos cuyo uso debe estar restringido en casa con horario para todos, no necesitan ropa de marca y de última moda, ni todos los juguetes que salgan al mercado; necesitan jugar, preferible sin juguetes o los muy básicos; necesitan tiempo para ser niños, eso no es perder el tiempo.

Cuando se les crean necesidades, lo que aparece es la insatisfacción porque nada es suficiente y cualquier negativa es frustración.

Debe haber exigencia; todo el que educa debe exigir, pero con comprensión, con explicación y teniendo en cuenta sus capacidades; no se le puede pedir lo mismo a un niño de 5 que a uno de 15 años. Y bueno, el tema de moda da para mucho, será en la próxima.

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