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Mazatlán
Educación en la Familia: Redescubrir el valor de la sobriedad
Columna Semanal
Yolanda Waldegg de Orrantia
29/08/2020
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Foto: Noroeste

Se necesita valor para educar, pero en esta materia de la sobriedad y austeridad, más, y decisión, si no, no se hará nada. En la labor de educación, cuando los padres niegan a sus hijos algún deseo, seguro preguntan ¿por qué?, no pueden seguir la moda, o comer algo que les gusta, atiborrarse de chatarra, o pasar horas navegando en internet, o jugando en la compu. La respuesta que viene rápido puede ser simple sin mucho pensar, “porque no nos podemos permitir ese gasto “o “porque tienes que terminar tus tareas”, en el mejor de los casos: “porque terminarás siendo un caprichoso”.

Esas son respuestas hasta cierto punto válidas, por lo menos para salir en el momento del atolladero, lo malo es que con ellas desperdiciamos educar en la virtud de la templanza, haciendo que parezca como solo una negación de lo que nos gusta y atrae, y las virtudes todas, especialmente ésta, son afirmativas. Porque capacita a la persona para hacerse dueña de sí misma, pone orden en la sensibilidad y la afectividad, en los gastos y deseos, en las tendencias más íntimas del yo.

En definitiva, nos procura el equilibrio en el uso de los bienes materiales, y nos ayuda a aspirar al bien mayor o mejor y, para quienes les importa por creer en Dios, sin la templanza no se puede ver a Dios, ni ser consolados, ni heredar la tierra y el cielo, ni soportar con paciencia la injusticia: (Bienaventuranzas del Evangelio) la templanza encauza las energías humanas para mover el molino de todas las virtudes, es decir que sin ésta difícilmente se pueden tener otras, a menos que sean parte del temperamento particular (ser muy alegre, ordenado, responsable, etcétera) cosas así que trae la persona ya en su naturaleza.

Decir si es más fácil, si me como otro pastelito, más papas fritas, si me quedo en la cama, no importa el reloj, si dejo para mañana esto o aquello, si me termino la botella de tequila, si sigo jugando en las maquinitas, si me enojo y digo palabrotas, aviento puertas o golpeo, si me clavo en redes y me olvido de hijos o responsabilidades, etcétera. Cuando decimos que sí, todo son facilidades.

Decir no es más difícil, hay que acostumbrarnos a decir no, es vencernos en muchas pequeñas batallas que nos van dando ánimos y fortaleciendo nuestro espíritu, cuando decimos no viene la lucha y a veces no viene la victoria en la lucha, sino la derrota, por lo tanto debemos acostumbrarnos a decir no para vencer en esa lucha, porque de esa victoria interna sale la paz para nuestro corazón y la paz que llevamos a nuestros hogares, y la paz que llevamos a la sociedad y al mundo entero que tanta falta está haciendo.

Decir sí a todos y a todo lo que nos rodea y apetece, es caer en el anonimato, de alguna forma nos despersonaliza, como un muñeco movido por la voluntad de otros, moda, tendencias, ideologías, lo que sea, es ser del montón, revela falta de carácter, es persona incapaz de complicarse la vida con responsabilidades que acepta pero no cumple, en el fondo demuestra que, aparte de sí mismo, nada le importa.

Decir que no en muchas ocasiones conlleva una victoria interna que, como dije, es fuente de paz, es negarse a lo que aleja de Dios, a las ambiciones del yo, a las pasiones desordenadas, y es la vía imprescindible para afirmar la propia libertad, soy dueño de mí, lo que me hace capaz de amar, al fin es un modo de colocarse en el mundo y frente al mundo, es una realidad que una persona templada dueña de sí misma no pasa desapercibida, despierta respeto, admiración y confianza, sensación de solidez. Si sabe que guarda un tesoro en su corazón lucha contra lo que se le opone.

Por eso, “decir que no” a algunas cosas es, sobre todo comprometerse con otras , situarse en el mundo, declarar ante todos la propia escala de valores, su forma de ser y comportarse coherente, supone cuando menos querer forjarse el carácter, comprometerse con lo que realmente se estima como valioso y darlo a conocer con las propias acciones, el acero para ser templado ocupa de pasar por el fuego al rojo, pasar por golpes y luego agua, si pudiera decir algo por lo menos sería ¡ayyy!, duele, pero cuando terminan esas entradas al agua, el fuego y los golpes es acero templado, y si sirve, no se dobla.

Templanza es Señorío, que se logra cuando se es consciente de que no todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Comencemos a decirnos que no a nosotros y a los hijos, porque lo vamos a necesitar más pronto que tarde.

 

 

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