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FACTOR HUMANO
El arte de saber dialogar
No hay diálogo si no se escucha. El silencio cuenta más que hablar.
Paúl Chávez
13/07/2019 | 3:43 PM
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Foto: Cortesía

El saber dialogar tiene más fondo del que parece. No se trata solo de convencer y decir verdades sino del involucramiento de los egos, de las emociones y de impulsos subconscientes, la suma de ellas logran ese fino balance entre el saber decir, saber escuchar y la comprensión del otro. Es una relación bilateral, concentrarnos en una sola parte lo impide. No hay diálogo si no se escucha. El silencio cuenta más que hablar.

El diálogo es clave para el convencimiento, para darnos entender y para comprender al otro. Sin embargo tiene cuatro condiciones para que fluya:

1. Implica una relación de tú a tú. En ese momento guardamos un mismo nivel. La ascendencia que ve al otro debajo de sus hombros lo dificulta así como el verlo desde abajo. La confianza y naturalidad borran en ese momento el status si lo hay. Las poses alejan. A veces un lugar neutro y relajado suele ayudar.

2. Debe transmitir: tú realmente me importas. Si el otro capta lo contrario pensaría que puede tratarse de una manipulación. El ser genuinos no tiene sustituto, el interés auténtico por el otro abre las puertas de su corazón.

3. Escuchar obligada y serenamente. Imposible el diálogo al hablar simultáneamente los dos, por eso las discusiones que suelen acalorarse porque el otro sencillamente no se siente escuchado: el que más grita menos lo oyen y menos escucha. Conviene esperar el momento oportuno cuando los ánimos bajen, de lo contrario se enciende la hoguera. Si voy con la guardia baja ya es ganancia. La altanería se transmite y choca. En realidad las molestias del otro reflejan asuntos no resueltos distintos a los que reclaman la atención.

4. Se trata de decir cordialmente la verdad. Emma Godoy escribió “El amor no se pide… se inspira”. ¡Cuántos pleitos y frustraciones nos ahorraríamos con esto! Cuantas veces exigimos amor en vez de inspirarlo. Las verdades entran mejor con el corazón abierto que con uno cerrado. Al decirlo con Blaise Pascal “Hay verdades del corazón que la cabeza ignora”.

Hay por supuesto otros elementos. No supongas: mejor pregunta. Pero pregunta con tacto. Ir con la espada desenvainada avecina un pleito. Uno de los problemas de fondo que ocasionan discusiones o pleitos gratuitos es suponer que el otro no nos quiere. Sabernos queridos reduce el estrés y hasta mejora el tono muscular y la modulación de la voz. Da aplomo y seguridad. De la misma manera estas modulaciones pueden expresar manipulación, como las lisonjas, los detalles extraordinarios enfatizados, la “caramelosidad”, despiertan sospechas.

Si crees que el otro no te quiere o lo supones por las “evidencias”, tienes otro recurso: tú sí te quieres. Si tú te quieres ya tienes más de la mitad ganada. El temor de que te quieran en el fondo puede ser que tú no te quieras. El abandono duele y se intensifica precisamente por la ausencia de amor propio. ¿En dónde cabe quien no se ama? En el único espacio disponible: dentro uno mismo. Si eso sucede, saca entonces esa parte tuya que te estorba, desinfla ese ego tan insoportable que tú no lo aguantas. Podemos exigir a los demás que nos traten como no nos tratamos a nosotros mismos. Quizás por eso la dependencia afectiva que a pesar de, aguanta el mal trato y las humillaciones, a cambio de. Eso puede parecerse quizás más al intercambio que al amor genuino. Hay muchos tipos de relaciones, hay que distinguirlas de las tóxicas. El precio a pagar se llama: infelicidad a cambio de algo ¿Hay algo que valga más que la felicidad y la autoestima?

En el diálogo lo que se busca es comprender y convencer sin vencer. Si vences ganas a corto plazo, en cambio lo que realmente convence no eres tú: son las verdades que clara y afectuosamente, dices al otro. La verdad es la llave que abre la mente del otro, si utilizamos ganzúas el otro notará las chapuzas y estará alerta. La llave verdad brilla por si misma que no necesita adornarse ni anunciarse. Con-vencer y vencer, así como convencer e imponerse son cosas muy distintas. ¿La diferencia? El ganar autoridad real y el ser autoritario. Gana autoridad quien sabe convencer, pero su ejemplo arrastra. En cambio quien se impone puede vencer pero será hasta que el otro quiera. Lo vemos con Donald Trump que con su estilo autoritario natural, le aflora y no es ficticio, desbalancea a su nación y al mundo con quien tiene relaciones. Adolf Hitler dijo de sí mismo “Quizás haya pocas personas con tanta autoridad como yo”, hacía temblar a sus generales, pero su “Reich” de mil años duró muy poco.

La gente para convencer necesita razones y motivos válidos, que le inspiren, que le hagan mirar más lejos, que justifiquen su sacrificio. Nunca la verdad a medias podrá convencer. Además siempre sale a flote. Decía Goethe “El que tiene un Qué y un Porqué de alguna manera descubre el cómo”. A la gente le encanta ser tratada inteligentemente.

El convencimiento como vemos tiene que ver casi nada con los egos y mucho con la verdad afectuosa. Las verdades que lastiman suelen ser verdades a medias. Las verdades más poderosas tienen que ver más con el corazón que con la cabeza.

paulchavz@gmail.com

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