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OPINIÓN
El chairo: instrumento moderno del político corrupto y del capitalismo pernicioso
En su colaboración de hoy, el autor explica cómo el chairo ha estado inmerso en la discusión pública
Alberto Kousuke De la Herrán Arita
13/05/2018 | 6:16 PM
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Foto: Cortesía

Estimado chairo (si te queda el saco), antes de que te lo tomes personal y pienses que estoy insultándote a ti o a tus ideales, te pido de la manera más atenta, lee la columna completa antes de construir una opinión, por favor. Si aún así diferimos, me encantaría discutirlo civilizadamente (lo digo genuinamente, no estoy queriendo ser condescendiente).

Para los que no les quedó el saco, una disculpa. Hoy en día hay que tener precisión nanométrica para intentar no herir susceptibilidades. Reitero, no estoy tratando de ser condescendiente. Lo anterior es una opinión que escucho reverberar frecuentemente en TODOS los grupos demográficos.

La semana pasada escribí sobre las bases genéticas, biológicas, y evolutivas de la homosexualidad masculina. Grosso modo, mi punto era decir que la homosexualidad es algo normal, natural, y que la orientación sexual no es una “elección de estilo de vida”, sino algo con lo que uno nace y que se va modelando a medida que uno crece.

También quiero enfatizar que cuando hablo sobre las bases evolutivas/biológicas de algún aspecto de la especie humana, no es para justificar o criticar conductas actuales (cualquiera que sean), es para dar contexto de donde se originaron. Esas conductas ancestrales nos sirvieron para sobrevivir en un mundo hostil y primitivo, donde lo único que se pedía de nosotros era procrear y preservar la continuidad de nuestra especie (tanto hombres, como mujeres).

En tiempos modernos, gracias a todo el conocimiento que hemos adquirido, hemos trascendido como especie y le hemos dado otro sentido a la vida (además de procrear y preservar la especie). De otra forma, seguiríamos siendo animales; sin embargo, todavía hay mucho animal que ve al mundo como uno donde solo hay “depredador” y “depredado”. Es decir, hay mucho abusón en nuestro ecosistema.

En mi cabeza, creí haber transmitido un mensaje bastante liberal, con un contexto científico sólido (basado en publicaciones de Nature). Para mi sorpresa (no tanta), hubo unos pocos que tomaron la nota como sexista y otros como homofóbica. Para mi fortuna, hubo muchos a los cuales pude transmitir el mensaje (los lectores a los cuales va dirigida esta columna de opinión), y hasta salieron en mi defensa (y que tienen mi sempiterno agradecimiento).

Para no quedarme con la duda, le pregunté a un amigo muy cercano, un científico que es gay, que si la nota le había parecido ofensiva. Su respuesta, primero fue reírse (de lo inverosímil que le pareció mi pregunta), después me dijo: “Pues son chairos”.

 

¿Que es un chairo?

“Chairo” es un platillo sudamericano que combina ingredientes típicos de la región de los Andes con alimentos del Viejo Mundo.

En México, de acuerdo con el COLMEX, “chairo” se define como una “persona que defiende causas sociales y políticas en contra de las ideologías de la derecha, pero a la que se atribuye falta de compromiso verdadero con lo que dice defender; persona que se autosatisface con sus actitudes”.

También existe otro término, el “guerrero de la justicia social”, el cual se define como una “persona que expresa y promueve visiones socialmente progresistas y en favor del multiculturalismo”. Es la persona que se ve a sí misma como “políticamente correcta” por seguir posturas socialmente consideradas como progresistas o de izquierda (incluyendo feminismo, derechos civiles, multiculturalismo e identidad política o cultural, entre muchas otras).

A pesar de que son dos “términos” distintos, coloquialmente lo utilizamos de manera indistinta. Para fines prácticos, emplearé “chairo” para referirme a ambos, ya que es más versátil como término y como afijo (ej.: derechairo, femichaira, machairo, medichairo, etc.)

Ahora analicemos cómo los chairos perdimos el rumbo.

A mediados del año 2011, un México harto de la violencia y el crimen organizado estaba en vísperas de elegir un nuevo Presidente. De las cenizas de un PRI derrotado en dos contiendas presidenciales consecutivas emergió una cara nueva, un joven y apuesto político listo para ganarse el corazón de todos los mexicanos (el de muchas “doñas” ya lo tenía ganado), nuestro querido Presidente, Enrique Peña Nieto (EPN).

El flamante candidato presidencial se encontraba en la Feria Internacional del Libro para presentar su nuevo libro, cuando aseguró que el escritor mexicano Enrique Krauze era el autor de “La silla del águila” (supuestamente, uno de los libros más influyentes en su vida). Guadalajara fue sede de la primera “EPNdejada” que se volvió viral (una de tantas que nos entretuvo durante todo su sexenio).

El colmo fue durante un evento realizado el 11 de mayo del 2012 en la Universidad Iberoamericana, donde EPN fue confrontado por cientos de estudiantes como parte del foro “Buen Ciudadano Ibero”. A raíz de esto, nació el movimiento “#YoSoy132”. El movimiento abordaba temas tan diversos como la reestructuración de la educación, el combate al neoliberalismo y a los alimentos transgénicos, pero principalmente contra EPN y su candidatura.

Gente de todos los estratos económicos y zonas geográficas del país se sumaron a lo que parecía ser, un movimiento que representaba un faro para guiarnos en el mar de la incertidumbre político-social mexicana.

Sin embargo, este destello de esperanza terminó hundiéndose en el mismo mar del cual prometía rescatarnos. El movimiento perdió “momentum”, y se disolvió con la misma efervescencia con el que nació (y EPN resultó ser nuestro Presidente).

Tópicos como la reestructuración de la educación, la crisis económica, lla violencia, la igualdad de género (yo prefiero el término equidad), etc., son problemas sociales; sin embargo, en los años venideros, estos problemas parecen haber desaparecido de la conciencia del mexicano.

En lugar de eso, temas de la “justicia social” acapararon la atención del país.

Asuntos cuyo discurso gira alrededor del “privilegio” que otorga la raza, el género, y la orientación sexual; para no hacer el cuento más largo, temas que circunscribían todo, excepto clase (en el contexto socioeconómico).

No digo que estos temas no sean importantes, pero su enfoque probablemente no es el adecuado. Resulta razonable pensar que un hijo de Miguel de la Madrid (aparentemente homosexual) tiene más privilegios que el hijo heterosexual de un trabajador de clase media o baja.

Ciertamente, el privilegio es interseccional, dependiendo de las distintas identidades que tenemos como individuos, pero ¿por qué no mencionar la clase?

Cuando la clase media-baja y baja (la clase media es virtualmente inexistente en México) dirigió su voto hacia EPN, los chairos no tardamos en calificarlos de “pobres EPNendejos”.

¿Por qué simplemente no los calificamos como “pobres”?

Hoy en día, la mayoría de las fuentes de noticias “mainstream” muestran una narrativa de un país polarizado dentro de las líneas de la raza y el género, pero casi no mencionan la importancia de la clase. El 1 por ciento de la población Mexicana (medios, gobierno, empresarios, academia), los miembros de la clase alta, aceptan esta línea con brazos abiertos.

Un pueblo polarizado es lo que una economía corporativista desea. Vende “clicks” en línea, y proporciona miradas en la televisión, y suficiente división y odio para distraer a la población de los problemas que realmente son la causa del descontento social. En medio de esta distracción, se aprovechan para impulsar su agenda con distintas “cortinas de humo”.

Como ejemplo de que esta tendencia hace más daño de lo que beneficia, está el de las “cuotas de género”. Sin duda, la mujer no está representada en muchos ámbitos, particularmente el político. Y en un mundo ideal, los cargos se otorgan a quienes más lo merecen.

Pero esta cuota de género ocasionó que se les saliera un tiro por la culata. Me refiero al caso de los políticos oaxaqueños tranzas que se registraron como transexuales (cuando realmente no lo eran), aprovechándose de la cuota de género. Estos políticos tienen tan poca clase (son unos corrientes), que Karl Marx estaría orgulloso.

Otro ejemplo, es el “manspreading” (o el “mansplaining”). Los feminicidios son un tema muchísimo más importante, que un hombre abriendo las patas cuando se sienta.

Asimismo, “ya chole” cuando emplean los términos “las y los”, “todos y todas” en un discurso. No solo atentan contra el buen uso del lenguaje, sino que también generan división en su intento de querer ser “incluyentes”. Mis estimados damas y caballeros, cualquier persona que sepa algo de español sabe interpretar cuando un término es plural.

Un mensaje de “el 99 por ciento”, por otro lado, es unificador. Genera cohesión, cooperación, y validación positiva, además de centrar los reflectores en aquellos que mueven los hilos tras bambalinas.

La discusión de “privilegio de clase” siempre ha sido riesgosa, mientras que el “privilegio de raza/género” siempre ha representado una alternativa “segura” para aquellos que ostentan el poder, ya que distraen a la gente en lugar de volver la atención hacia ellos (justo como Carlos Slim hace con todas sus beneficencias y apoyos a minorías).

De esta manera, el 1 por ciento ha encontrado una estrategia altamente efectiva para mantener y reforzar su privilegio. Los privilegios interseccionales, aunque importantes, languidecen en comparación con el privilegio de clase, pero generan suficiente división interna para distraernos de los problemas principales del movimiento de justicia social.

Disminuyendo la brecha económica entre el 1 por ciento y el 99 por ciento, así como con una educación de verdad y un fomento de valores universales, la gran mayoría de los problemas en México se resolverían.

 

P.D.: A los chairos que me calificaron de machista u homofóbico por hablar de las bases biológicas del orgasmo femenino o la homosexualidad masculina, les reitero que la ciencia son hechos. Ambos se originaron como adaptación evolutiva para ayudar a perpetuar la especie.

Además de que, según yo, hablaba en pro de la autonomía femenina y los derechos de los homosexuales. Pero como lo expuse en la columna, sus comentarios solo generaron división en lugar de cohesión.

Como ejemplo de que la ciencia es neutra (son hechos): Los transgénicos no son buenos, ni malos. Han ayudado a combatir enfermedades y hambruna (arroz dorado), pero se les ha dado una mala imagen por Monsanto.

En el caso de los transgénicos de Monsanto, son malos por los químicos que le echan, y para los cuales están diseñados a resistir (glifosato), además de que fomentan la pérdida de la biodiversidad.

Nosotros consumimos genes todos los días en la comida (la cual está compuesta de células y diversos compuestos biológicos).

 

alberto.kousuke@uas.edu.mx

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