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Gilberto Villarreal Solís
El ‘Gilillo', un grande del beisbol culiacanense
Fallecido el pasado mes de agosto a los 94 años de edad, el beisbolista nacido en Eldorado es recordado por su nieto Enrique García Villarreal, quien escribe desde Alemania este texto para rendirle homenaje a quien fue una leyenda del beisbol profesional sinaloense, que formó parte de los pioneros en institucionalizar este deporte en nuestra región en los años 40-50, entrenador deportivo de la UAS de 1974 a 1994 y miembro del Salón de la Fama al Mérito Municipal desde 2002.
Noroeste / Redacción
18/10/2020
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Foto: Cortesía

Enrique García Villarreal

 

Los orígenes de la leyenda

Gilberto Villarreal Solís nació un 26 de diciembre de 1926 en Eldorado, Sinaloa, una ciudad perteneciente al municipio de Culiacán a 54 kilómetros de la capital del Estado (1) . Debido a que él era el chiquito de la familia, sus mismos familiares le pusieron el mote con el que lo conocerían en toda la República Mexicana: “Gilillo”.

“Gilillo” nació en el seno de una familia muy humilde. Su padre, Manuel Solís, abandonó a su madre e hizo su vida con otra familia. No sabemos mucho de él. Su madre, la joven Guadalupe Villarreal (la “Nana Lupe”) se encargó de la crianza de Gilberto y de su hermano menor, Antonio, junto con su hermana, Georgina Villarreal (“La To”). “La Nana To”, como le decía mi mamá, nunca contrajo nupcias, esperando a su eterno enamorado, quien jamás volvió de donde quiera que estaba. Ambas mujeres pasaron muchas dificultades económicas en Eldorado, por lo cual decidieron mudarse con los dos infantes a Culiacán, en busca de mejores oportunidades. 

La Calle Rosales, Culiacán, Sinaloa (ca. 1922) (2)

En aquél entonces, siendo únicamente la educación primaria obligatoria y la educación formal sólo para gente pudiente, “Gilillo” llegó a alcanzar a cursar hasta sexto grado, pues las necesidades económicas que sufría su familia le impidieron seguir con sus estudios. Es por ello que “Gilillo” se desempeñó en diversos trabajos para contribuir en el sustento familiar. Una de esas labores fue como asistente en un taller mecánico. “Gilillo” era un niño muy activo e inquieto, pasando su tiempo libre ya sea jugando en el monte o nadando en el Río Culiacán. Fue en este río donde se enseñó él solo a nadar, desarrollando esa habilidad hasta tal grado que se echaba clavados desde lo más alto del emblema de nuestra ciudad, el Puente Negro. Esta estructura, construida por encargo de la Southern Pacific para crear la Línea de Carga de Materiales y Pasajeros del Norte del Estado de Sinaloa, fue puesta en operación en el año de 1909, convirtiéndose en el primer puente en unir las dos orillas de este río, contribuyendo así con ello al desarrollo económico de la región (3). Dicho puente también fue escenario del exitoso rescate por parte del jóven “Gilillo” de una persona que se estaba ahogando en el río.

“Gilillo” solía echarse clavados en el río desde el Puente Negro (4).

Recuerda “Gilillo” que, siendo niño, ya mostraba interés por jugar beisbol. Estando en clases en la Escuela Primaria Álvaro Obregón, muy cerca del Estadio Universitario, él veía a otros niños más grandes jugar beisbol en el campo desde la ventana de su salón de clases. Es por ello que, tiempo más tarde, sus amigos y él se escaparían a hurtadillas de clase para jugar beisbol, para desmayo de su maestro, el Lic. Rodolfo Monjaraz Buelna. La chamacada de distintas vecindades tenía la costumbre de jugar beisbol los sábados en “El Llanito”. “El Llanito” fue un terreno localizado en lo que era entonces uno de los límites de aquel Culiacán viejo, donde más tarde la generación de mis padres vería erigirse “La Fuente de la Amistad” (mejor conocida como “La Canasta”), construída por el Club Rotario (5) y destruída por el Huracán Waldo en el año de 1985 (6), y donde actualmente se encuentra firme el Cuauhtémoc de Rolando Arjona, monumento instalado en 1986 (7). Fue en “El Llanito” donde el joven “Gilillo” afianzaría su amor por el llamado Rey de los Deportes.

El Monumento a Cuauhtémoc, erigido después de la destrucción de “La Canasta” en el terreno antes conocido como “El Llanito” (8).

Tiempo más tarde se formó un equipo llamado Los Cuervos, bautizado de esa manera, pues “éramos puros chamacos prietitos y descalzos”, decía “Gilillo” (9). Los Cuervos eran los eternos rivales de “El Muralla”, que era el equipo de “los ricos” (10). Su oficio como ayudante del taller mecánico pagaba muy poco. Cuenta “Gilillo” que el dinero que recibía jugando beisbol en un fin de semana era mucho más que el sueldo mensual que percibía en el taller. Y eso que él sólo jugaba beisbol como un pasatiempo. ¿Qué clase de vida habría llevado mi “papá viejo” si no hubiera descubierto este deporte? ¿A qué se hubiera dedicado? ¿Quiénes hubieran sido entonces su esposa y sus hijos, de no haber conocido más tarde a su esposa en el puerto de Guaymas? ¿Dónde hubiera terminado? Por ello, imagino que desde muy joven mi “papá viejo” se dio cuenta de que el beisbol le ofrecería un destino más importante que cualquier otro oficio al cual él pudiera aspirar en aquel Culiacán tan limitado de los años 30. ¡Dichosos aquellos que escuchan y siguen, a pesar de la incertidumbre, el llamado de su destino! Friedrich Nietzsche escribió en el año 1888: "si tenemos nuestro propio por qué en la vida, podemos soportar casi cualquier cómo” (11). Tener un claro propósito, una razón de ser, hace que los seres humanos logren cosas extraordinarias y se trasciendan a sí mismos. Así, siendo sólo un chamaco de muy pobres orígenes, con pocas oportunidades de desarrollo y sin una figura paterna durante sus años de formación, mi “papá viejo” encontró a muy temprana edad su vocación, su llamado, el sentido de su vida.

 

¡Abuelito, regáleme un Boleto!

-¡Abuelito,... abuelito, regáleme un boleto!- se escuchaba a lo lejos a un joven , quien evidentemente no había conseguido entrar a ver el primer juego de la temporada, cuyas entradas estaban ya agotadas. -¡Cállate, pendejo, ése es “El Gilillo”!- respondió su acompañante, más o menos de la misma edad, reprimiéndolo por su falta de respeto. Tenía razón. Su amigo no se estaba dirigiendo a cualquier “abuelito”. “Gilillo” y yo los ignoramos a ambos mientras nos dirigíamos a la entrada principal del Ángel Flores, donde nos esperaba mi hermano. Ni siquiera les regalamos una mirada de reojo. “Gilillo” nos enseñó a mi hermano y a mí que un tigre no se preocupa por lo que dicen las ovejas. Ir al beis con “Gilillo” tenía sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Una de las cosas no tan buenas es que a él le gustaba llegar al estadio demasiado temprano, cuando los peloteros ni siquiera se aparecían todavía para calentar y la puerta principal del estadio todavía no estaba abierta. -¿Ya están listos?- preguntaba dos horas antes de irnos. -¿Ya?- interrogaba un par de minutos después. -¿Ya nos vamos?- preguntaba 15 minutos antes de la hora acordada para irnos al estadio. -Hay que irnos de una vez para encontrar buenos lugares. 

Para “Gilillo”, encontrar un buen lugar en el estadio no era ningún problema. Desde que tengo memoria, mi “papá viejo” nunca tuvo necesidad de pagar por un solo boleto para ir al beisbol, debido a su elevado estatus en ese recinto. Para mi hermano y para mí (simples mortales), era necesario llegar temprano con la esperanza de encontrar un asiento cerca del suyo (el número 85, cerca de la escalera, para poder salir rápido cuando se acabara el juego para así evitar hacer cola en la salida). Otro típico dilema de ir al estadio con mi “papá viejo” era que siempre le salía ‘sayo’ para platicar. Lo cual quería decir que íbamos al juego a verlo platicar con otra gente (nosotros en silencio), en lugar de convivir con él. Si no se encontraba con su buen amigo, el legendario “Mú” Núñez, para platicar de sus viejas glorias, se encontraba con una amplia variedad de personas de diferentes posiciones sociales y ocupaciones. Hasta con el vendedor de los cacahuates tenía de qué platicar. Todas las conversaciones entre mi “papá viejo” y sus amigos invariablemente se convertían en cuestión de un par de minutos en un monólogo de “Gilillo”. Recuerdo cuando nos presentaba ante todas las personas que lo saludaban en el estadio: -Estos son mis dos hijos. -Mucho gusto– respondíamos nosotros, extendiendo tímidamente la mano y estrechando débilmente la de la contraparte, seguido de un torpe e incómodo silencio, característico de los adolescentes que aún no han aprendido el fino arte de ser un buen conversador. Un arte tan importante en la vida adulta de todo caballero, del cual “Gilillo” era uno de sus mayores exponentes. Pero “Gilillo” estaba en su ambiente, entre su gente, en el lugar que le había brindado tanto cariño y al cual él había entregado el suyo por igual medida. Cuando estaba en el estadio, él dejaba de ser el “papá viejo” que conocíamos y se transformaba en algo más, en la Leyenda, en “Gilillo” Villarreal. Don Gil era como Fausto, con dos almas viviendo en su pecho (12); y el alma del famoso beisbolista tomaba el control al visitar el Estadio Àngel Flores. ¡Cómo no ser respetuoso y dejarlo ser! -Vayan y compren salchichas asadas. Pónganle chile y limón... vayan por tacos de carne asada-. Una de las muchas razones por las que nos gustaba acompañarlo al estadio es que ahí siempre se come muy bien.Y ya mayores de edad nos gustaba tomarnos nuestras buenas cervezas con él. Al fin y al cabo mi mamá y mi papá nos llevaban y traían. Sin embargo, lo que más me gustaba de ir al estadio con él era el gran sentimiento de orgullo que me inspiraba el caminar al lado de una leyenda. “Gilillo” gozaba de mucho respeto en ese recinto. Caminar a su lado era como caminar con la realeza, como caminar por un lado del Sol, esperando con ello capturar y así reflejar algo del resplandor que irradiaba con cada paso. El terreno de juego y todo lo que ocurría en él pasaban a segundo plano y se convertían simplemente en el telón de fondo. Cuando me encontraba yo por casualidad con mis compañeros de la secundaria en el estadio, ellos, pensaba yo, sentían algo de envidia al verme tan orgulloso. Envidia de la buena. Incluso hasta los buscaba yo con la mirada para que me encontraran y me vieran con él (“¡mírennos, aquí estamos los dos!”). 

A “Gilillo” siempre lo buscaba la prensa para entrevistarlo en el estadio, ya sea para solicitar su opinión sobre el desempeño de los Tomateros, para pedirle una anécdota de la época de oro del beisbol, o simplemente para saludarlo. Eso siempre me llenaba de admiración y de satisfacción. Fue en una de esas tantas ocasiones que lo entrevistaron en el estadio cuando Helen, mi mujer, se dio cuenta de la envergadura de ese gran hombre y de lo que él representaba para el beisbol de nuestra región. ¡Qué afortunados somos mi hermano y yo de tener un padre que ha inspirado tanto cariño y respeto! ¡Qué gran ejemplo a seguir! Y, a la vez, ¡qué estándar más alto y difícil de alcanzar! Pues toda imagen de lo ideal se convierte también en un implacable juez, advierte Jordan Peterson (14). Ahora que tengo yo la edad que él tenía cuando se convirtió en una leyenda del deporte, no me queda más que sentir envidia, pues a mí me falta aún mucho, mucho camino por recorrer para alcanzar en mi ámbito profesional el cénit, el status, el respeto que él gozó durante su juventud. ¡Qué envidia! Envidia de la buena.

 

 

El gran romance 

Durante la quinta edición de la Liga de la Costa del Pacífico (1949-1950), mi “papá viejo”, Gilberto “Gilillo” Villarreal, jugaba con los Ostioneros de Guaymas en el viejo estadio Abelardo L. Rodríguez, recinto que brindó muchas alegrías a los aficionados de este gran deporte y que ahora se encuentra en el más triste abandono. Fue gracias a su paso por este equipo, liderado primero por el mánager José Luis “Chile” Gómez y posteriormente por Clinton Courtney en aquella difícil temporada para los Ostioneros, que “Gilillo” conocería al amor de su vida en la llamada “Perla del Mar Cortés”. 

Estadio Abelardo L. Rodríguez de Guaymas, Sonora, México (15).

Bertha Ruedaflores Arvizu, “mi mamá chiquita”, apenas se estaba quitando el luto después de la irreparable pérdida de su querida abuela, cuando Conchita, una amiga de su trabajo en una compañía llamada Zaragoza, la invitó a una fiesta con motivo de su cumpleaños. -Ven a mi casa esta noche, Bertha. Vamos a tener un convivio. No te preocupes, no vamos a poner música ni nada. No quiero que faltes. Su cuñado, Adrián, estuvo muy contento al escuchar la noticia de que Bertha aceptaba asistir a la fiesta, pues esto significaba una oportunidad para salir con Alicia, su hermana. Además, Adrián había estado muy preocupado por Bertha, pues ya había sido mucho tiempo que ella estaba de luto. -Ya era hora, Bertha. Ya sabes que no me gusta de andes de “zopilota.” Así, dejando el negro atrás y vistiendo un elegante traje azul comprado en “La Francesa”, Bertha se dirigió con Adrián y Alicia a la fiesta de cumpleaños de Conchita. Llegando a la casa, se encontraron con sus amigas, con los novios de sus amigas, así como con otros invitados. Después de haber saludado a todos, Bertha y su grupo se retiraron de la sala, dirigiéndose a otra habitación. De repente llegaron a la fiesta tres peloteros, entre ellos “Gilillo” Villarreal. -Oye Conchita, pon música, sugirió “Gilillo”. -No puedo. Es que una de mis amigas, Bertha, apenas se está quitando el luto, respondió Conchita. -¡Bueno, pues pon la música quedito!, insistió él. Una vez comenzada la fiesta, Conchita pidió a todos sus invitados que pasaran a la sala. -Bertha, por favor, sal con los demás para convivir con mis invitados. -Sí, ahorita voy. Cuenta mi “mamá chiquita” que a mi “papá viejo” se le hicieron los ojos redondos al verla entrar en la habitación en su vestido azul. “Gilillo”, haciendo gala de su ingenio, ideó rápidamente un plan para poder acercarse a ella. -Pon una canción que se pueda bailar, le pidió a Conchita, y dirigiéndose a todos los invitados, dijo: -Ahora, todos vamos a formar un círculo. Agárrense de las manos y démos una vuelta en el círculo. El joven que quede enfrente de una muchacha, entonces que baile con ella. Así lo hicieron. El plan funcionó. “Gilillo” quedó enfrente de Bertha. Bailaron juntos. -Disculpe, -mi mamá, sin conocerlo, le hablaba de “usted” -yo ni debería de estar en esta fiesta porque apenas me estoy quitando el luto de mi abuela. -Tu abuelita debe estar muy contenta porque estás aquí, respondió “Gilillo”. Después de aquella noche, “Gilillo” empezó a pasar a Zaragoza en una carcancha propiedad del “Chino” Abundio para visitar a Bertha y saludarla. Sus amigas en el trabajo, atentas a los intentos de “Gilillo” por conquistarla, le propusieron un buen día a Bertha: -Oye, Bertha, a que “Gilillo” no te invita al cine. -A que sí. ¿Cuánto apuestan? -La quincena. -Le respondieron. Bertha, decidida a ganar la apuesta, se le quedó viendo a “Gilillo”, quien estaba afuera de la tienda en la carcancha. “Gilillo”, al percatarse de que lo estaba viendo, le hizo una señal a la joven, apuntando con el índice al cine “Alameda”, que estaba a unos cuantos pasos de Zaragoza e indicando que a las seis de la tarde habría una función. Bertha asintió, aceptando la invitación. Dieron cerca de las seis de la tarde y “Gilillo” llegó puntual a recoger a Bertha, de traje, perfumado, como él siempre vestía cuando no estaba jugando. Pero Bertha, cambiando súbitamente de opinión, le dijo: Fíjese que no voy a poder ir al cine hoy. -¿Por qué no? -Porque tengo un compromiso con una amiga, a quien le tengo que hacer una permanente y cortarle el pelo. -¡Ya sabía yo!, dijo “Gilillo”, refunfuñando, mientras se iba. La lluvia cayó sobre la ciudad de Guaymas algunos días más tarde. Para resguardarse, Bertha se comunicó con su cuñado Adrián y le dijo que se iba a quedar a ver una función en el cine después del trabajo hasta que pasara la lluvia. -Cuando llegues a la casa y cenes, dile a Alicia que vengan por mí, los voy a esperar en el pórtico. Después de concluída su jornada laboral, Bertha cruzó la calle para ir al cine, caminando con cuidado para evitar pisar los grandes charcos de agua que se formaban en el suelo con la lluvia. -Por aquí está más seco. -Dijo “Gilillo”, apareciendo de repente y tomando a Bertha del brazo. Y así, llegando al cine, entraron los dos juntos a ver la función. Fue de esta manera cómo “Gilillo” Villarreal conoció a quien sería su fiel compañera de toda su vida.

El cine Alameda en Guaymas, Sonora (ca. 1950) (16).

 

REFERENCIAS: 

1 (Meza Beltrán, 2020)

2 Foto: https://www.pinterest.com.mx/pin/723672233847440400/visualsearch/?cropSource=6&h=334&w=544&x=10&y=10

3 (Arabuko News, 2017)

4 Foto: https://www.mexicoenfotos.com/antiguas/sinaloa/culiacan/detalles-del-puente-MX15705443605421/1

5 (SN Noticias Culiacán, 2017)

6 (Iribe, 2019)

7 (Iribe, 2019)

8 Foto: https://www.facebook.com/LINKSinaloa/posts/2240248242709955/

9 (Bustillos, 1995)

10 (Bustillos, 1995)

11 (Nietzsche, 2005)

12 (Goethe, 2020)

13 Foto: (Tomateros de Culiacán, 2014)

14 (Peterson, Maps of Meaning: The Architecture of Belief, 1999)

15 Foto: https://es.slideshare.net/octaviovalle/fotos-antiguas-de-guaymas

16 Foto: https://es.slideshare.net/octaviovalle/fotos-antiguas-de-guaymas

 

 

 

 

 

 

 

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