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Mazatlán
El Octavo Día: Epidemias, incendios y aguas negras
La fiebre bubónica azotó a Mazatlán en 1905
Juan José Rodríguez
30/03/2020
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Foto: Noroeste

Durante la epidemia de fiebre bubónica de 1905, fueron muy común en Mazatlán los incendios controlados, para destruir las casas donde se alojaba la peste, y los accidentales, en chozas abandonadas.

Era un cuadro aterrador, aparte de la soledad y el riesgo, sentirse en un ambiente donde el fuego, el humo y la combustión estaban en el ambiente.

La epidemia brotó en la pensión de cuartos Lamadrid, hoy ubicada -de existir- en Alemán y Héctor González Guevara, antes Calle Ancla.

En el caso del triste incendio del pasado viernes en el tráiler park de Cerritos, fue inevitable, para quienes conocemos la historia, evocar esos tiempos llenos de humo y fuego justiciero que recrean horrorizados nuestros cronistas.

La peste negra que combatiera la sociedad en pleno, capitaneada por el doctor Martiniano Carvajal, el doctor Lavín y la droguería Canobbio -por mencionar solo a los más conocidos del sector médico, hubo más héroes civiles- también fue consecuencia de la llegada a Mazatlán del agua potable entubada... algo que nos dicen poco nuestros historiadores, pero que fue un factor real.

Todo progreso trae consecuencia positivas y negativas y no tener una red de drenaje provocó una acumulación de aguas negras, la cual fue campo propicio para las ratas, principales transmisoras de la enfermedad.

Si hoy, el centro se llena de charcos y zancudos, imagine hace 100 años, sin pavimento y con una letrina en casa.

Había un reglamento que mandaba cerrarlas pasado cierto tiempo o al llenarse, así como limpiar constantemente los resumideros de las casas que los tenían.

En la nota roja de El Correo de la Tarde de 1905, hay un reporte de la detención de cuatro sujetos que en la Calle Barrionuevo, hoy Teniente Azueta, fueron sorprendidos en la poco higiénica tarea de “sangrar” un excusado.

Esa operación, dice textualmente la nota, consistía en abrir un pozo en la inmediaciones de su letrina y ponerlos en comunicación y así, por este medio vaciar uno del otro, “atierrando”, luego el pozo hecho en la calle o en un baldío vecino. Que bien, ¿no?

Pasemos a curiosidades más gratas... El escritor Francisco Peregrina, entonces un infante, contaba que un mazatleco viejo les aconsejó que se bañaran tres veces al día en el mar, para que no se enfermaran los niños de su barrio y, en efecto, ninguno se infectó.

Aquí la lógica popular funcionó. Al sumergirse diario en agua salada, evitaban el anidamiento de la pulga que era el intermediario entre la rata y el ser humano.

Bueno, hoy las cosas han cambiado y no sabemos qué remedio será el bueno, pero parece que el más seguro es guardarse y tener paciencia.

Y ni modo, así son las sociedades. Cada cierto número de años viene un cambio sacudidor, estremecedor, debido a la naturaleza misma de ser un conjunto de gentes vivas, iguales a un magma inquieto, enfrascados en una serie de fronteras.

Hemos tenido suerte en este País en los últimos tiempos. Otras sociedades han pasado por crisis similares o más fuertes que esta. Vimos de lejos los ataques terroristas, las dictaduras de América Latina o las jugadas más cruentas de la jugada fría, fuesen Sarajevo, Angola, Vietnam o el Chile de Pinochet.

Ahora nos toca enfrentar un asunto global distinto a la violencia del narcotráfico, que no era un problema único y originario de México.

Aquí nos tocó vivir. Así que a sacar nuestra mejor cara y resiliencia, que de peores cosas hemos salido adelante los mazatlecos. Diez años después de la peste negra se dio el largo y doloroso sitio en la Revolución Mexicana, donde la ciudad fue rodeada, pero nunca rendida por las tropas federales.

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