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Columna semanal
Evagelización, Educación y Cultura
Espacio de reflexión espiritual
Padre Amador Campos Serrano
21/05/2018
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El momento es doloroso y solemne a la vez, la redención se encuentra en el culmen de su recorrido dentro de la historia, la madre presente está, participante del sacrificio de la víctima, ahí se resume la ofrenda de todas las ofrendas de la humanidad. Jesús haciendo referencia al objetivo de su acción sacrificial, le dice a su madre; “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

La elocuencia, inspirada por la piedad, ha exaltado varios matices emanados de ese solemne momento, pero desde la objetividad se nos revela el momento de un nacimiento, que a su vez es continuidad del mismo Jesús pendiente de la cruz, es el momento del nacimiento del Jesús místico, presente en la comunidad, que se llamaría Iglesia, a la cual ahora ella deberá entregar su amor y solicitud maternal, como antes lo hizo con el Jesús de Nazaret.

El discípulo amado, personificado en la Iglesia-comunidad, más que entenderlo, así lo ha sentido, proclamándola como, “Madre de Dios y Madre de la Iglesia”, desde entonces, María ha extendido su protección maternal, más allá del tiempo y de la historia.

Latente en el sentir del pueblo de Dios, al finalizar la tercera etapa del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, el Papa Paulo VI, al promulgar la constitución dogmática Lumen Gentium, en el capítulo VII, proclamó a María como Madre de la Iglesia. Al finalizar, el Papa, con satisfacción dijo; “Podemos afirmar que esta sesión se clausura como un himno incomparable de alabanza en honor de María”.

Consciente el Papa y los obispos conciliares, de que los discípulos de Cristo están dispersos por los avatares de la historia y existiendo el esfuerzo ecuménico por lograr la unidad por medio del diálogo y el acercamiento fraterno, no se quiso emitir un documento con mayor autoridad para expresar esta definición. Finalmente, la Iglesia está presente en todos sus hijos, aun cuando se encuentren con el calificativo de hermanos separados.

El 11 de febrero, el Papa Francisco I estableció la memoria María, Madre de la Iglesia, para toda la Iglesia universal, la cual debe de celebrarse el lunes siguiente al domingo de Pentecostés.

El documento precisa que esta celebración se fundamenta en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de la eucaristía y en la Madre del redentor y de los redimidos.

Presente en el sentir del Pueblo de Dios, desde sus orígenes, María ha estado en las afirmaciones de sus preclaros miembros, declarando que el nacimiento de Jesús, cabeza de la Iglesia, también fue el nacimiento de su cuerpo místico.

Al celebrar a María como Madre de la iglesia, se está afirmando su amor, derramado a todos sus hijos, un amor presente desde los inicios y seguirá presente en todos los momentos de su historia: el amor de una madre.

 

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