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columna semanal
EVANGELIZACIÓN, EDUCACIÓN Y CULTURA
Rezar por los vivos y por los difuntos
Padre Amador Campos Serrano
14/05/2018
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Unidos en Cristo, en un cuerpo del cual todos somos miembros, aportamos una utilidad para todo el conjunto del que se forma parte, por la sencilla razón de todos, ser uno solo.

Tener presente al otro, mostrando interés por sus logros y problemas, es acompañarlo en alegrías y tristezas, es tender un puente de acercamiento entre dos seres para formar parte el uno del otro, en la imagen de unidad de un cuerpo.

Esta realidad material, de la cual formamos parte, crea limitaciones y en su forma más radical puede convertirse en una separación, convertida en un rechazo al otro.

La esencia divina residente en nosotros, por el Espíritu que nos ha sido dado, tiene la capacidad de superar las limitaciones que nos separan, pues por Él, el amor se derrama, uniéndonos en un solo espíritu.

Tener presente ante Dios a quienes conviven con nosotros y con quienes nos unen relaciones de amistad o convivencia, es una manera de estar en unión con ellos a pesar de la separación física que pueda estar existiendo.

Rezar por los demás, es compartir la presencia divina existente en nosotros, como hijos de Dios, desde el día de nuestro bautismo, uniéndonos en un profundo abrazo fraternal.

La oración por los vivos es fuerte vínculo de nosotros ante Dios, reforzando la fuerza de la plegaria, con la fuerza del amor, uniendo a los hermanos en generoso vínculo de gratitud por los beneficios recibidos o en suplica por las necesidades que haya en ellos.

Sin limitarse tan solo a la presencia en este mundo, la oración trasciende a la realidad del orden natural, pues la vida del espíritu no termina con la vida de la materia, por ello, orar por quienes ya no están en este mundo los alcanza hasta la vida eterna.

Participando de la vida inmortal, el espíritu aún puede sufrir de las consecuencias por su paso en este mundo, que le impiden llegar al gozó de la felicidad en la vida plena, la cual nunca terminara, para ello necesita de la unión solidaria con quienes aún habitan en el mundo material, en donde todavía se tiene la capacidad de merecer.

Rezar por los vivos y por los difuntos es una forma de vivir el amor, extendiéndolo entre quienes vivimos en este mundo, pero también trascendiendo hasta quienes ya habitan en la vida eterna.

 

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