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Mazatlán
Evangelización, Educación y Cultura: Jesús y la pecadora
Columna religiosa
Padre Amador Campos Serrano
15/04/2019 | 03:00 AM
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Foto: Noroeste

Ya no era tiempo de llorar, las súplicas se han agotado, una total desolación es la experiencia del momento, los errores cometidos han derivado en la tragedia y solo habrá que esperar el principio del final cuando los acusadores ejecuten la sentencia irrevocable.

Espesos nubarrones acompañan el trágico final. A través de la centellante oscuridad, se vislumbra el lejano inicio, un inicio que condena y absuelve en el caos alimentado por una desgracia injertada en la naturaleza humana, en la cual se oculta la culpabilidad, con la búsqueda de culpables.

Él está ahí, contemplando el sombrío entorno de la maldad, ocultando la noble belleza del ser humano con la utilización de la misma fuerza creadora en su ser profundo para aventurarse en los tortuosos caminos de la destrucción.

Acusadoras voces intensifican la humillación en una pérfida defensa de la moralidad, conducidas por un puritanismo agresivo y manipulador.

La serena mirada de Jesús se extiende hasta el horizonte no muy lejano de lo que vendrá, son esos mismos acusadores, quienes ahí estarán. El sentimiento de ternura y amor surge en la contemplación de la frágil figura de un ser caído en la debilidad y ahora desahuciado por la falta de amor.

Sumido en la contemplación de su tarea redentora, siente surgir en su ser una lucha contra la egocéntrica mala costumbre de señalar a los demás para ocultar los sórdidos intereses, de lo cual no se escapa ni el gobernante, ni el religioso, ni el mercader; ahí, cuando el ejercicio de la autoridad quiere convertir la obediencia en un instrumento manipulador.

El último recorrido de esta mujer, hasta llegar ahí, reproduce el venidero camino de la Pasión. La tristeza y la ira se entrecruzan en el ánimo del Jesús, limitándose a inclinarse para escribir en el suelo, escribe para no escuchar acusatorias voces de quienes también deberían de ser acusados.

La mujer espera, sumida en la misma acusación que la condena, ante el juicio de quienes se entremezclan algunos que un día disfrutaron del favor de sus caricias, pero ahora son sus furiosos inquisidores, erigiéndose en guardianes de la ley de Dios.

Los dirigentes repiten el por qué de la acusación, cuestionando al maestro Jesús; “¿Tú qué dices?”. Jesús levanta la vista para mirar de frente a los acusadores, a quienes responde, “Quien esté libre de culpa, que arroje la primera piedra”, en seguida vuelve a su absorta actitud.

El final ya está ahí. La resignada mujer cierra los ojos, esperando el demoledor primer impacto, después vendrán los demás hasta terminar.

Un prolongado tiempo parece no tener fin, azorada abre sus ojos y solo el galileo está ahí, este le dice, “Nadie te ha condenado”. “Nadie, Señor”, responde ella. “Yo tampoco te condeno. Vete y no lo vuelvas a hacer”, le dice Jesús.

El llanto surge en ella; aquel hombre le ha descubierto la ternura del amor perdido, la esencia verdadera del generoso y compasivo amor, entregado a quien yace sin los merecimientos que el mundo da. Ella esperará el momento de hacer la entrega de ese verdadero amor.

Es un tumulto ruidoso, muchas ensordecedoras voces lanzan su acusación, muy pocos muestran su compasión, la milicia cumple con su férrea misión. De pronto, todo se detiene acallando las ensordecedoras voces. Una mujer surge, los militares se detienen admirando su valor.

Ella se acerca al sentenciado para enjugar su rostro. Un beso en su frente es una profunda ofrenda de ternura en la gratitud de su amor, mientras su mirada le dice, “Gracias, Señor, por tu perdón”.

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