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COLUMNA
EXPRESIONES DE LA CIUDAD: ¡Jesús, entre obispos te veas!
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Julio Bernal
20/08/2020
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Foto: Cortesía

Dígase sin cortapisa que el Excelentísimo don Jonás Guerrero Corona, obispo de la Diócesis de Culiacán, quizá esbozó un rictus de sosiego terrenal luego de enterarse que el virus del Covid-19, el pasado 5 de junio, cercenó la vida del sacerdote católico Carlos López Valdez, en el Reclusorio Oriente de la Ciudad de México, quien purgaba una condena de 63 años por violar a un menor, caso de pederastia que también salpicó la investidura de Su Excelencia Jonás, señalado por omisión.

 Jesús Romero dijo a La Jornada que dos obispos que conocieron del abuso del que fue víctima, permanecían libres y sin castigo, entre ellos Su Máxima Señoría del clero de nuestra ciudad capital.

 Romero era un niño de 11 años cuando, en 1994, entró a ayudar como acólito al padre Carlos López en la parroquia de San Agustín de las Cuevas, ubicada en Tlalpan; desde entonces y hasta 1999, el sacerdote abusó sexualmente de él, como lo declaró a Gabriel Mercado, publicado en Noroeste el 23 de marzo de 2018. Hacia la época de la infamia, el violador colaboraba como ecónomo de la Sexta Vicaría, donde Su Ilustrísima era entonces el obispo auxiliar. “Jonás Guerrero Corona debe responder por las omisiones cometidas durante el proceso judicial”, exclamó Jesús Romero Colín.

 

Jonás Guerrero Corona, obispo de la Diócesis de Culiacán.

 

¡Santo Cristo, nuestra Diócesis y sus polémicos representantes!, en cuya Catedral, el domingo 7 de julio de 1991, se satanizó a Miguel Tamayo y se dijo que había cambiado su fe por unos palos viejos.

Eran aquellos días del reino eclesiástico del obispo Dr. Luis Rojas Mena, a quien Tamayo acusó de haber retirado el púlpito de la Catedral -una joya artística e histórica de nuestra arquitectura-, que podría definirse como una plataforma pequeña y elevada sobre la que se solía predicar, hasta que cayó en desuso dentro de los oficios cristianos; y entonces a Rojas le estorbó y lo quitó. Y aléguenle.

Y el alegato de Miguel Tamayo hizo eco en muchos lados, amparado en la Ley Federal de Protección a Zonas y Monumentos Históricos, promulgada el 6 de mayo de 1972, en donde se anotaba que nadie estaba facultado para modificar, quitar partes o destruir ningún edificio construido antes de 1930, y que la Catedral había sido inaugurada en 1885. El obispo, en su repulsa, dijo que el púlpito podría exhibirse en el Museo de Arte de Sinaloa, cuando concluyera la remodelación del inmueble.

Católicos, ateos, periodistas, funcionarios públicos, historiadores y cronistas, apoyaron la denuncia, que también fue conocida por monseñor Gerónimo Prigione, que era entonces el delegado apostólico del Vaticano. Y hubo otra carta para Manuel Bartlett, Secretario de Educación Pública.

Y asombró la presidenta de la Difocur, María Teresa Uriarte de Labastida, al signar un desplegado, también firmado por el director de lo que hoy es el ISIC, Carlos Ruiz Acosta: “Los monumentos históricos, artísticos y religiosos solamente conservan su valor en la medida que se preserva su integridad, por lo cual declinamos la generosa oferta del Dr. Luis Rojas Mena. Aceptar la mutilación de la Catedral, para colocar el púlpito en un museo, fuera de su contexto original, sería contribuir a la pérdida del tesoro artístico de Culiacán, que intentamos preservar”, decía en uno de sus párrafos.

Pero la soberbia de Rojas se impuso y nunca más se supo del púlpito. Se retiró en 1993 y moriría 16 años después. Entró en su sitio Benjamín Jiménez y en 2011 la Diócesis pasó a manos del Excmo. Sr. Jonás Guerrero. ¡Jesús, entre obispos te veas! Y punto. Comentarios: [email protected]

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