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COLUMNA
FACTOR HUMANO: ¿No puedes perdonar?
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Paúl Chávez
06/09/2020
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Foto: Cortesía

Una manera de probar de qué estamos hechos de verdad es ver nuestra reacción cuando alguien nos ofende, incluso sin merecerlo.

 Perdonar de corazón

 Perdonar profundamente los agravios serios no suele ser sencillo, ni la intención sincera basta, se requiere algo más: quizás la gracia del perdón y una humildad real. El orgullo herido clama venganza, distancia o resentimiento, carcome por dentro, trastorna. Así como el amor profundo sana, el odio enferma. De hecho, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula y la pereza, los males capitales, provocan cierta locura: se pierde la cabeza.

Aún la práctica frecuente de ejercicios espirituales, de sacramentos, retiros, cursos, terapias, aunque sirven, no logran siempre dominar al orgullo bronco. El Ego, donde habita la soberbia, es tan astuto que se mimetiza para sentir que lo domamos. Nos engaña para hacernos sentir bien, mejores o superiores. He aquí dos historias:

 

 Buda y el perdón

Estaba el Buda meditando con sus discípulos y vino un detractor que lo detestaba, al concentrase lo insultó, lo escupió y le arrojó tierra. Buda salió del trance al instante y con una sonrisa plácida envolvió con compasión al agresor; los discípulos reaccionaron violentamente, lo atraparon y con palos y piedras esperaron la orden del Buda para castigarlo. Buda en un instante percibió toda la situación y les ordenó a los discípulos que lo soltaran diciéndole:

 “Mire lo que generó en nosotros, nos expuso como un espejo que muestra el verdadero rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. Usted vio que en un instante yo lo llené de amor, pero ellos que hace años me siguen, meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida. Regrese cuando desee, es mi invitado de honor. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente de ver la unidad en todo”.

 Al escucharlo, los discípulos y el hombre se retiraron llenos de culpa, escapando de su mirada y de la vergüenza interna. A la mañana siguiente el agresor regresó, se arrojó a sus pies y le dijo conmovido:  

 -‘No pude dormir toda la noche, la culpa es muy grande, le suplico que me perdone y me acepte con usted’. Buda sonriendo le dijo: “eres libre de quedarte con nosotros, ya mismo; pero no puedo perdonarte”. El hombre compungido rogó que lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, Buda le respondió:

 S. Juan Pablo II abrazando a Ali Agca, quien intentó asesinarlo.

 El ego herido

 “Entiéndame claramente, para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido, la falsa creencia de que uno es 'la personalidad', es quien puede perdonar; después de haber odiado o resentido, se pasa a un cierto nivel de avance, con una trampa incluida: la necesidad de sentirse espiritualmente superior a aquel que en su bajeza mental nos hirió”.

“Cuando alguien sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy sabio, perdona al que lo hirió. No es mi caso, yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no me siento herido, no puedo perdonarlo, solo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar.”

 El hombre no ocultó su desilusión, las palabras eran muy profundas para ser captadas por una mente llena de turbulencia y necesidad. El Buda añadió: “percibo lo que le pasa, vamos a resolverlo, busquemos a los discípulos, en su soberbia están todavía con rencor, y les va a encantar que les pida perdón. En su ignorancia se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón, y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir seguridad en su ego culposo, y así más o menos todos quedarán contentos y seguiremos meditando, como si nada hubiera pasado”. Y así fue.

 Nelson Mandela

"Después de convertirme en presidente, fui con algunos de mi escolta a un restaurante. Al traernos los menús vi en la mesa de enfrente a un hombre esperando ser atendido. Cuando le sirvieron, le dije a uno: ve a pedirle a ese señor que se una a nosotros.

El soldado fue. El hombre se levantó, cogió su plato y se sentó a mi lado. Mientras comía sus manos temblaban sin levantar la cabeza. Al terminar se despidió de mí sin apenas mirarme, le di la mano y se fue. El soldado comentó ‘Madiva, ese hombre debía estar muy enfermo, ya que sus manos no paraban de temblar mientras comía’.

 “¡No, en absoluto! la razón de su temblor es otra. Extrañados les conté: era guardián en mi cárcel. Seguido, después de torturarme, gritaba y lloraba pidiendo un poco de agua y él venía, me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, se orinaba en mi cabeza. Él no estaba enfermo, estaba asustado y temblaba quizás esperando que yo, ahora que soy presidente de Sudáfrica, lo mandase a encarcelar y le hiciese lo mismo que él me hizo, torturarlo y humillarlo. Pero yo no soy así, esa conducta no forma parte de mi carácter, ni de mi ética”.

 “Las mentes que buscan venganza destruyen los estados, mientras que las que buscan la reconciliación construyen naciones."

 paulchavz@gmail.com

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