Este medio electrónico utiliza cookies para mostrar contenido personalizado y publicidad segmentada relacionada con sus preferencias. Si continúa en nuestro sitio o aplicaciones, entendemos que otorga y acepta plenamente que sus datos recabados serán utilizados mediante las disposiciones y términos de nuestro aviso de privacidad.
COLUMNA
FACTOR HUMANO: ¿Quién soy yo?
Con el Yo real viene la paz, la certeza de estar con uno mismo y amarse verdaderamente, lejos del egoísmo
Paúl Chávez
13/09/2020
Marcar como favorita
Foto: Cortesía

¿En qué sustentamos la identidad personal? Con el Yo real viene la paz, la certeza de estar con uno mismo y amarse verdaderamente, lejos del egoísmo. Paradójicamente por pensar tanto nos olvidamos de nosotros. Ese Yo merece un abrazo.

 Una anécdota real

Un individuo distinguido llegó a la recepción de un gran hotel, otros esperan ser atendidos, los dos recepcionistas se esmeran. El tipo empezó a impacientarse presionando el timbre fuertemente diciéndoles “Oigan ¿no saben quién soy yo?, los recepcionistas levantaron la vista y le sonrieron amablemente haciéndole un gesto. El tiempo pasaba, viendo que no le daban prioridad les increpó ¿Qué, no saben quién soy yo? ¿No saben quién soy? Entonces un recepcionista le dijo a su compañero “el caballero necesita ayuda: no sabe quién es”.

¿Quién soy yo? Una pregunta vital aunque la respuesta podría darte una sorpresa.

 ¿Con qué nos identificamos?

Solemos identificarnos con lo que hacemos, con lo que tenemos, con algo o con alguien como referencia. El problema es apegarnos a eso ¿Y qué pasa cuando se cae el taburete que pisamos? Hay crisis. El apego nos obliga a defender lo que creemos ser, nuestro punto de vista, la posición, por eso tantos conflictos innecesarios. El desapego nos libera. No es sencillo definirnos brevemente, vienen muchas cosas a la mente. Tiene su explicación.

 El problema de definirse

Al definir el Yo se juegan varios papeles: el sujeto que piensa, lo que opina de sí mismo, lo que los demás piensan de él y el darse cuenta de ello.

Vamos a fondo. El problema de definir al Yo es como si quisiéramos lazar una enorme ballena azul con una soga, imposible. No podemos reducir el Yo a lo pensado, lo excede. ¿Y lo conocido por nosotros? tampoco. No basta toda una vida para conocernos, además nos vemos distinto según los estados de ánimo.

Ahora separemos el pensamiento del Yo. El pensamiento por su propia naturaleza es una cualidad racional pero no es el Yo real. Puedo pensar de mí mil cosas y eso no me acerca a mi Yo real, mientras más vueltas le demos más confunde.

Vayamos a lo seguro: la conducta. Un campo propicio para conocernos, pero la conducta no nos define por completo, nos explica en parte lo que hemos hecho, no lo que somos. No es fácil explicarla, interviene lo subconsciente. Emergen comportamientos insospechados. Hay quienes cambian radicalmente.

 La opinión de los demás

Indudablemente la opinión de otros influye mucho. Lo delicado de las opiniones es que sobre ese coctel, mezcla de las propias y ajenas, solemos construir nuestra autoestima. Pero importa más lo que pensamos de nosotros mismos. Vernos bien nos ayuda a aceptarnos.

 ¿Podemos mentirnos?

Ante el espejo alguien puede verse con una mirada matadora y decirse que se quiere y que tiene alta autoestima. Al enamorarse de su imagen no lo hace de su Yo real. El gustarnos por dentro y aceptarnos como personas depende de otras cosas.

 La conciencia

Al contrario de los pensamientos, esta juega un rol decisivo al definirnos y aceptarnos. La conciencia como un búho observa todo con autonomía, sabe cuándo queremos manipularla, puede deformarse por manías y por la enfermedad. Valora más lo que hacemos que lo que nos decimos, especialmente los actos de amor y de servicio la complacen. Una frecuente manera de engañarnos es distraernos en otras cosas aparentemente mejores que el deber.

 La salud mental

Si el Yo real dependiese de los pensamientos, seríamos una idea, una serie de conceptos frutos del pensamiento. Podemos contaminar los pensamientos, de esto depende algo muy importante: la salud mental.

Las opiniones equivocadas, reducidas, confundidas por la conducta, por los sentimientos, por el trato recibido y el dado, por el sufrimiento, afectan al Yo como una flama ante el viento. Afortunadamente somos muchísimo más que lo que pensamos y creemos. El Yo es independiente al acto de pensar. “Yo soy yo, además de pensar” decía Hegel.

 ¿Cómo salir de la trampa?

El gran error es estar juzgando continuamente. Hábito nefasto. Así como nos sentimos bien por una mirada afectuosa, el Yo se siente bien cuando es aceptado, aunque nos portemos mal, el dolor nos lleva a corregir por amor, éste acepta y corrige, no se engaña. Separemos la conducta de nosotros, confundirla nos hunde porque nos puede hacer creer que no tenemos remedio. Miremonos como las madres ven a sus hijos con un amor incondicional, independientemente de lo que hayan hecho, nunca dejan de quererlos. No permitas que tu conducta nuble la mirada de ti mismo. Más que las opiniones, es el amor el que sustenta la autoestima.

Si condicionamos la autoestima a las opiniones y autocríticas estaríamos fritos. Hay dos culpas: la culposa y la amorosa. La primera nos sentencia, la amorosa acepta las cosas malas sin negarlas y desea repararlas. El crecimiento espiritual está muy ligado a esto que conduce a la humildad. Entonces ¿Cómo puedo amarme a pesar de? Acuérdate, la conducta nos explica pero no nos define.

 La cumbre personal

“El Yo es algo más: es la cumbre de la persona” decía el filósofo Leonardo Polo, el ser persona está por encima del cuerpo, entender el ser persona es clave. Alguien no es menos si está discapacitado, la persona no está en el cuerpo: está en el alma, en la intimidad. El Yo es parte de la persona.

El Yo real cobra vida al despertar la conciencia y al dejar de pensar. Las respiraciones profundas evitan el ruido mental. Al acostarte contáctate con tu Yo real, respira profundamente varias veces en silencio, sentirás una gran paz al contactarte contigo mismo, sorprende.

Solemos basar nuestra vida interior con otro yo: el ego. Cuando nos decimos no me entienden, me preocupa, me gustaría, hablamos con la imagen del yo que creamos. De ahí la fragilidad. Además ¿De dónde viene el Yo real? ¿De la materia? o ¿De Dios? Si lo anclamos a lo divino nos sostendremos firmemente.

¿Te gustó lo que leíste?

Si tu respuesta es sí, te invitamos a suscribirte por solo $100 pesos al mes y apoyar el periodismo que hacemos para ti con el objetivo de hacer de Sinaloa un mejor lugar para vivir. Haz click AQUÍ.

Notificaciones
Entérate antes que nadie
Recibe notificaciones en tu navegador
Al suscribirte estás aceptando los términos y condiciones de servicio
Comentarios
Elevemos la conversación
Noroeste cree en la conversación abierta y responsable. Por eso este espacio es exclusivo para suscriptores y usuarios registrados. Opina con respeto.
El resto del contenido es exclusivo para usuarios registrados de Noroeste
Acceso   Registro
Utiliza tu red social favorita
   
Mediante correo y una contraseña
Recomendamos para ti

Oportunidades