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INAH daña un barco de hace 200 años hundido en el Caribe y expulsó del proyecto al investigador que lo denunció
La Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH reconoció los daños a un barco centenario, pero aseguró que éstos se debieron a un accidente
Animal Político
21/10/2019 | 10:04 AM
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Foto: Animal Político

Personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) causó daños a los restos arqueológicos de un barco que naufragó en 1836 frente a las costas del caribe mexicano, y excluyó del proyecto al especialista que denunció el caso ante instancias nacionales e internacionales.

De acuerdo con fotografías y videos en poder de este medio, el barco, que es patrimonio cultural de México, sufrió daños tras una serie de maniobras del personal del INAH responsable del proyecto, como atar una boya a los restos arqueológicos, o impactar la zona del naufragio con costales de arena.

Varios de esos costales también afectaron a los arrecifes de coral de la Biósfera Banco Chinchorro, área natural protegida donde se encuentran los restos del naufragio, por lo que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONAMP) interpuso una denuncia por posibles daños a la biodiversidad.

Octavio del Río, arquitecto con especialidad subacuática que participó con el INAH en el hallazgo y el posterior análisis del barco, denunció que esos daños fueron producto de “reiteradas negligencias” de los investigadores del INAH con quienes trabajó hasta noviembre del año pasado, cuando, tras denunciar irregularidades, fue excluido del proyecto por una presunta mala conducta.

La Subdivisión de Arqueología Subacuática del INAH, por su parte, admitió que hubo daños a los restos arqueológicos y que pudo haber “cierta negligencia” de su personal en algunas de las maniobras, como atar una boya a parte de los vestigios arqueológicos. Pero matizó que las afectaciones fueron provocadas por “un accidente”, propio de cuando se trabaja en mar abierto.

Tesoros, leyendas, y barcos pirata

A tres kilómetros de Cayo Lobos, un islote de postal paradisiaca que emerge en mitad del Caribe frente a las costas del municipio Othón P. Blanco, en Quintana Roo, están las coordenadas del naufragio.

Allí, dentro de la Reserva de la Biósfera Banco Chinchorro, descansan a unos 12 metros de profundidad los restos del Jean, un velero tipo carguero que fue construido en 1819 en los muelles de Irvin, Escocia.

Se trata de una embarcación mediana, de aproximadamente 35 metros de eslora por 9 metros y medio de manga, que estaba destinada a Honduras Británica, hoy Belice, para transportar un tipo de madera de árbol que se utilizaba antiguamente para darle color a la ropa y a otros textiles, conocida como ‘palo de tinte’.

Por años, el Jean transportó esa mercancía del Caribe hacia Gran Bretaña y Estados Unidos. Hasta que, de acuerdo con los reportes de la aseguradora británica Lloyd’s, desapareció en 1836 en ‘North Triangle’, o ‘El Triángulo Norte’; lugar que previamente los españoles bautizaron como ‘Chinchorro’, o ‘El Quita Sueños’, debido a que es una zona marítima minada de atolones donde encallan los barcos.

Tras el hundimiento, el Jean, que combina la estructura de madera de los galeones de antaño con los refuerzos de hierro de las primeras naves de la Revolución Industrial, permaneció anónimo en el fondo marino durante casi dos siglos.

Hasta que, en 2004, Octavio del Río, buzo y arquitecto con especialidad en arqueología submarina, dio con su paradero junto a Maricarmen García, quien en ese entonces era directora de la Reserva Banco Chinchorro. Aunque el propio Del Río señala que pudo tratarse de un “redescrubrimiento”, puesto que en 2013, años después de que se reportara el barco al INAH como un hallazgo inédito, un pescador llamado Manuel Polanco dijo que en los años 80 lo encontró y le puso el nombre de ‘Ángel’, en honor al capitán de la embarcación en la que navegaba.

Del Río explica que localizaron el barco luego de una labor de investigación y de trabajo con los pescadores locales de la zona, quienes en un principio eran reacios a colaborar debido a las leyendas que aseguran que en ese pedazo de Mar Caribe hay barcos pirata hundidos.

Y, de hecho, expone Del Río, es relativamente cierto. Al menos, la parte de que en ese lugar del Caribe hay reportes de naufragios de barcos del siglo XVI y también de hundimientos de barcos más contemporáneos, como el Jean. Aunque, por ahora, no hay indicios de que ningún Holandés Errante yazca sobre el lecho marino de Banco Chinchorro con sus bodegas llenas de oro y de joyas.

Una vez localizado el barco se hicieron los primeros registros y planos del sitio, en los que se documentó que el casco de la embarcación está enterrada bajo la arena, y que sobre la superficie quedaron elementos como el ancla y su cadena, una rueda, contenedores, las piedras de lastre, restos de los palos de tinte, y la buzarda, que es parte de la barandilla metálica de la proa que da forma al velero.

Poco después, en 2006, la Subdirección de Arqueología Submarina del INAH inició formalmente el proyecto de investigación de toda la zona del naufragio, a la que, en argot náutico, se llama pecio. Y, desde ese año hasta 2018, Octavio del Río participó en el proyecto liderando las operaciones de buceo y participando en el registro arqueológico.

En todo ese tiempo, Octavio asegura que no hubo ningún problema en la investigación. Hasta que, en 2017, llegó invitado al proyecto un investigador argentino, Nicolás Ciarlo, doctor con especialidad en arqueología marítima, quien un año después pasó a coliderar el proyecto junto a la investigadora Laura Carrillo.

Como si decapitaras una escultura en un Museo

A partir de este momento, Del Río narra una serie de negligencias que causaron daños al pecio -conocido como ‘El Ángel’, en recuerdo al pescador Manuel Polanco y al capitán de su embarcación-, mismas que documentó en el periodo del 20 al 30 de noviembre de 2018.

La denuncia más llamativa es que el personal del INAH ató a la buzarda del barco, es decir, a una barandilla metálica que sobrevivió casi 200 años bajo el mar y que ya estaba forrada de corales centenarios, la cuerda de la boya que se utiliza para señalar en la superficie la ubicación del pecio.

“Es algo que no me podía creer: ¿cómo pudieron amarrar una boya a los restos arqueológicos? -se pregunta incrédulo Del Río-. No hace falta ser doctor ni tener un gran currículum para saber que eso no se hace, que es una negligencia”.

Y, en efecto, atar un cabo a la buzarda trajo consecuencias inmediatas. Un día, producto del mal clima y de las corrientes marinas, el Perla Negra, la embarcación donde viajaban los arqueológos y el personal del INAH para llegar hasta el pecio, se atoró con la boya de localización del Jean.

Cuando Octavio dice que bajó al fondo marino, el daño ya estaba hecho.

“La cuerda arrancó cuatro metros de buzarda, que, literal, se deshizo. Lo que quedó fueron las astillas de hierro desecho y óxido, mientras que el coral que cubría el metal quedó de cabeza en el fondo marino”.

“Puede parecer solo un pedazo de hierro -añade Del Río-, pero la buzarda es la parte más importante del barco; es la parte que te da toda la información de la forma del barco y de características como la dimensión y el tonelaje. Fue una negligencia que nunca debió haber sucedido. Es como si decapitaras una escultura en un museo porque la amarraste una soga a la cabeza”.

Animal Político buscó a Laura Carrillo, corresponsable del proyecto junto a Nicolás Ciarlo, para cuestionarle por este daño, y en entrevista dijo que atar una boya a una parte de la embarcación “no afectó absolutamente en nada” a la investigación, puesto que esa pieza ya estaba documentada y estudiada previamente.

No obstante, cuando este medio preguntó si atar una cuerda a parte de los restos arqueológicos es un procedimiento común, el director de la división de arqueología subacuática del INAH, Roberto Junco, admitió que “pudo haber un cierto nivel de negligencia” en esa decisión. Aunque el funcionario insistió que el daño fue producto de un accidente, “de los muchos que pueden ocurrir en un ambiente inestable como el mar”, y calificó la denuncia de Del Río como “una exageración”.

“Nos está poniendo como si hubiéramos destruido El Templo Mayor. Cuando, en realidad, es que una de las piedras del Templo se cayó”, enfatizó el funcionario.

Costales de arena impactan en el barco y los arrecifes

No obstante, Del Río recalca que a lo largo de los 12 años en los que el INAH inició formalmente la investigación del pecio en 2006, antes de que llegara al proyecto el nuevo corresponsable, Nicolás Ciarlo, también hubo días de marejada y de mal clima, y nunca se habían infringido daños al pecio, ni se habían producido otras situaciones como tirar una “lluvia de costales de arena” sobre los vestigios arqueológicos.

Los costales se utilizan para proteger las partes del velero que quedaron expuestas, luego de que los investigadores le quitaran el sedimento que los cubrió durante siglos. El procedimiento adecuado, según explica Del Río, es que, apoyados por un buzo que está en el agua, los costales se avientan desde la embarcación en una zona próxima al pecio, para que luego otros buzos los lleven hasta el barco.

Pero lo que sucedió fue que varios de esos costales cayeron directamente sobre los restos arqueológicos y encima de los arrecifes de coral, tal y como muestran múltiples fotografías y un video tomado por Del Río.

Sin embargo, a pesar de esas imágenes, Laura Carrillo aseguró que los costales cayeron “en las inmediaciones” de los arrecifes de coral, “nunca sobre ellos”.

“Una fotografía, dependiendo del sentido que se quiera dar a un discurso, puede usarse de una u otra forma. Pero ninguna de las ocho personas que estamos en el proyecto vimos nunca que un costal cayera sobre el arrecife”, alegó Carrillo, que entregó a este medio otras fotografías en las que se muestran los costales alineados sobre el fondo marino, pero lejos del barco y de los arrecifes de coral.

Otro daño ocasionado fue que se arrastró el ancla de la embarcación que transportaba al personal del INAH por el pecio. Hay más fotografías tomadas por Del Río en las que se aprecia que el ancla quedó atorada entre los corales y entre las piedras de lastre que transportaba el Jean, las cuales estaban “repletas de vida” por las incrustaciones coralinas que crecieron sobre ellas con el paso de los siglos.

“Pasaron un ancla por encima de los corales y de bichos que habían crecido a lo largo de 200 años en una biósfera que está protegida”, hace hincapié Del Río, que también tomó imágenes de otros corales dañados por una manguera amarilla que se utilizaba para dragar los sedimentos del naufragio.

Por ello, Del Río expone que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) interpuso dos denuncias por posibles daños en el área protegida de Banco Chinchorro -de las que aportó a este medio los números de carpeta de investigación- ante la Fiscalía General de la República y la Procuraduría Federal de Protección al Medioambiente (Profepa).

De hecho, hace hincapié el arquitecto marino, la CONANP ha sido la única institución que escuchó sus denuncias: ni el órgano interno de control del INAH, ni la Subdirección Acuática del instituto, ni la UNESCO a nivel internacional, las tomaron en cuenta.

Al contrario, dice Del Río, lo que sucedió fue que lo excluyeron de la investigación del Jean tras denunciar los daños. Mientras la UNESCO, en la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático, celebrada en París el 21 de junio pasado, premió al INAH por “buenas prácticas” en Banco Chinchorro, a pesar de que, dos días antes, Del Río le envió una carta narrando lo daños ocasionados en el pecio El Ángel.

No somos unos destructores

Animal Político preguntó a Roberto Junco por qué excluyeron del proyecto a Octavio Del Río, a lo que el funcionario respondió asegurando, primero, que “no hay ningún tipo de veto” hacia el investigador, y segundo, que su exclusión obedeció “a problemas de conducta” del arquitecto, especialmente a raíz de la llegada al proyecto del arqueólogo argentino Nicolás Ciarlo.

De hecho, en un informe que Laura Carrillo envió en mayo de este año a Roberto Junco, y en el que aparece la firma de Nicolás Ciarlo y de otros investigadores, se establece que se excluyó del proyecto a Del Río por “falta de ética, respeto, solidaridad y de empatía” con el proyecto, señalándose que él también tuvo responsabilidad en las “desafortunadas maniobras náuticas” que provocaron los daños en el pecio.

“Se está maximizando y manipulando la información de lo que realmente sucedió para dañar un proyecto y a los investigadores que formamos parte de él, a pesar de que tenemos una trayectoria impecable de 24 años de trabajo”, acusó Carrillo, que insistió en que “no somos unos destructores, como nos quieren hacer ver”.

En cualquier caso, más allá de la magnitud de los daños y del cruce de acusaciones, el Consejo de Arqueología del INAH admitió en un oficio el pasado 24 de septiembre que, en efecto, el pecio El Ángel sufrió “afectaciones”, por lo que informó que la Subdirección Acuática colaborará con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas para resarcir los daños.

Por su parte, al ser cuestionado sobre si analizan posibles sanciones contra el personal de la Subdirección Acuática del INAH que participa en el proyecto de Banco Chinchorro por los daños ocasionados al barco Jean, Roberto Junco dijo que “todo está en proceso de evalución”.

“Reconocemos los daños y acataremos todas las disposiciones de las autoridades para resarcir los daños y para recibir cualquier tipo de observación, o de sanción, si procediera, aunque insistimos en que todo se debió a un accidente”, subrayó el funcionario.

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