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Mazatlán
La Fórmula de la Felicidad: La importancia de saber ¿quién soy?
Columna estudiantil
Óscar García
16/03/2019
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Foto: Noroeste

Este martes y miércoles estaremos juntos, reunidos para aprender más de un tema trascendental en el camino de nuestra vida, ¿quién soy? Estarás de acuerdo en que es una de esas preguntas existenciales que si no sabemos responder, si no tenemos clara una respuesta que dé sentido a nuestra vida, pueden llegar a convertirse en uno de los principales diques en la búsqueda del bienestar subjetivo, la deseada felicidad.

Saber quién soy conlleva claridad en el hacia dónde quiero llegar, certeza en las decisiones a tomar en el rumbo de mi búsqueda, jugando el símil de una brújula que nos garantice siempre conocer dónde queda el norte.

Como padres, ¿cómo puedo gestionar los sueños de mi hijo si no tengo la capacidad de gestionar los propios? Si a esta pregunta le sumamos la afirmación de un mundo global que todos los días demanda mayores competencias y roles de comportamiento modelo, nos podemos perder en sobreexigencia, que nos coloca en la vulnerabilidad de emociones no deseadas.

Todos los días, por mi labor, escucho a padres que desean que sus hijos aprendan no sólo inglés, sino varios idiomas para que sean ciudadanos del mundo, que sus hijos enfoquen sus talentos a las carreras más demandadas y con expectativas de éxito, sin importar si los talentos, habilidades de razonamiento y preferencias profesionales empatan con el perfil de éxito.

Asumimos que la elección de la escuela es clave para que le muestre y garantice el futuro de nuestro hijo, entonces resuena en mi mente y corazón una frase de Gandhi que dice: “Antes de enseñar a leer a un niño, enséñele qué es el amor y la verdad”. Reconociendo que el amor no se puede aprender en una lectura, el amor es un acto que se construye todos los días con nuestro ejemplo, con nuestro cuidado, con demostraciones afectivas y empáticas, aceptando que lograrlo demanda de nuestra presencia y tiempo.

En la educación emocional se prioriza el aprendizaje amoroso como constructor, que permite senderos más plenos y positivos en nuestro caminar. El amor, aplicado en el mejor de los contextos, garantiza una salud física y mental, lo que nos permitirá vivir mas conscientes de lo que nos rodea, al tener mayor certeza de la calidad de nuestras emociones y pensamientos. Es decir, nos empoderamos de nuestra vida, a la vez que podemos apoyar a empoderarse a los que nos acompañan en la travesía.

¿Te imaginas el tamaño del reto? Cuando los padres vivimos altamente ocupados buscando el sustento económico y, en algunos casos, tratando de garantizar una “mejor vida” para los hijos, sigue siendo el tiempo el que frecuentemente es usado como la principal limitante de la sana convivencia y cuidado de las futuras generaciones. Para acentuar más el círculo de carencia, este es un recurso no renovable, entonces, los pensamientos y emociones de nuestros hijos tienen la mejor escucha en los amigos, si los tienen, y las riesgosas redes sociales y su imponente impacto con la información que presentan y las vulnerable forma de generar conexiones entre los usuarios.

Como diría mi madre: “todos en nuestro sano juico sabemos el rol tan importante de la escucha efectiva en los niños y los adolescentes”. El reto de la búsqueda de construir su propia identidad los satura de emociones y esas emociones deben ser escuchadas. Al no ser escuchadas, se abre el punto de quiebre para buscar esta necesidad afuera. Aquí se detona la puerta a las relaciones no sanas, porque los amigos en la calle terminan dándoles sentido de pertenencia: la banda se convierte en su nueva familia.

A todo esto, hay que añadir que forjar una identidad sana es un proceso que experimentamos en cada etapa de nuestra vida, pero que de acuerdo a los investigadores del comportamiento humano, es en la adolescencia donde tiene mayor relevancia. Me apoyo para esta afirmación en la Teoría del Desarrollo Psicosocial del psicoanalista alemán, Erik Erikson, que realizó grandes aportes para la comprensión de la mente humana, al encontrar “que el mayor obstáculo que debe enfrentar el desarrollo de los adolescentes es el establecimiento de una identidad, y esta sucede a través de la interacción saludable con los demás”. Al desesperadamente buscar la respuesta a ¿quién soy?, necesitan el acompañamiento de la familia para lograr el autoconocimiento, aceptándose como seres únicos, auténticos, con sueños y gustos diferentes, pero a la vez iguales, con la necesidad de descubrir qué los mueve, qué los apasiona para lograr enfocar sus acciones y sus esfuerzos, lo que hoy llamamos propósito de vida.

Saber quién soy es también tener la certeza de dónde vengo, qué quiero ser, de qué soy capaz, para qué nací, muchas preguntas que aceleran las emociones y retan los comportamientos. ¿Qué porcentaje de adultos crees que tiene claras estas respuestas? Si no las tenemos claras, ¿cómo podemos ayudar a otros?

Soy testigo, las consecuencias de no reconocer que los tiempos cambiaron y la educación en la mayoría de los modelos educativos permanece igual, la emoción primaria del miedo hace fuerte presencia y decimos que sigan un modelo tradicional, que sigue premiando la memoria y el aprendizaje basado en la repetición y el castigo, forzando el control como disciplina deseada, evadiendo trabajar en la autorregulación de los jóvenes, haciéndolo más vulnerables al enfrentar la libertad con responsabilidad.

Nos dan ataques de pánico por el simple hecho de sentir que ya no controlamos a nuestros hijos y como defensa, queremos fabricar muros mentales y emocionales basados en juicios limitantes que limitan su capital psicológico.

Hay mucho por aprender, una razón más para asistir al 20 Congreso de Valores, este 19 y 20 de marzo en el Centro de Convenciones. Regálate el permiso para conocer nuevas miradas a los descubrimientos de las ciencias del bienestar en la búsqueda del desarrollo de seres humanos, floreciendo en su mejor versión.

Seguimos conectados en Oscar García Coach.

 

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