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Columna
La Fórmula de la Felicidad: ¡Cómo duele decir adiós!
El coach Óscar García Osuna invita a reflexionar sobre la emociones
Óscar García
12/01/2019
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Foto: Cortesía

Va cayendo la noche, inicio el proceso de regreso al trabajo después de una intensa reunión con un líder empresarial, reuniones donde se exponen proyectos, retos ante el futuro, pero siempre en un proceso de vida continua, no hay cortes, hay una mirada extendida en el tiempo, no se visualizan los cortes más que para medir avances, se propician emociones combativas y motivantes.

De repente, llega una invitación para que grabe un mensaje de despedida para una amiga que está en el proceso para abandonar este mundo, es cuando los médicos han hecho todo lo posible y solo queda la larga espera, que desespera e inquieta, que duele mucho.

Confieso que la vida me ha “regalado” la oportunidad de experimentar el adiós de mis padres, de cinco de mis hermanos y de seres muy significativos en el caminar por esta vida, enumerando amigos, familiares, esos amigos que están jugando un rol cercano al hermano, a la madre o al padre adoptivo, fincado en la fuerza del cariño, que puede ser más poderoso que la misma sangre.

Despedirse de un ser querido es un proceso retador que cuesta mucho afrontar. Puedo enumerar con tristeza las consecuencias cuando un duelo no se vive de una manera consciente, tanto en lo racional y más afectivamente.

Hasta hace muy poco tiempo, algunas personas creían que la despedida no era importante, mientras que otras culturas sí le dan especial importancia a todo el proceso de acompañamiento del enfermo y de su último adiós.

Por ejemplo, es muy común que nos pidan a los dolientes escribir una carta, plasmando en ella todo lo que hemos vivido con la persona que está en la etapa final, expresar todo lo que nos gustaría decirle, lo importante que es para nosotros y abordar aquello que ha quedado pendiente.

Cuando nuestro ser querido ya partió, una recomendación para experimentar de mejor forma la despedida es guardar los objetos personales que nos hacen recordarlo constantemente, y no se trata de olvidar, siempre estará presente; se trata de regalarnos tiempo, espacio, oxígeno emocional para organizar la vida ante la ausencia.

Debemos siempre considerar que los hogares son espacios de vida, no de muerte. Cuidemos no caer en la tentación de convertir nuestra casa en un santuario. Comportamientos de este tipo dificultan vivir exitosamente el proceso de duelo.

El sonido exagerado de un claxon me trae al presente, trago saliva y no encuentro las palabras; es un gran reto. ¿Hasta dónde el dolor puede bloquear nuestra mente? Recuerdo mi propia afirmación: no hay emociones ni buenas ni malas, es la afectividad la que las clasifica.

El recurso es reconocer qué estoy sintiendo. Claro, es tristeza, ¿y cuál es la característica principal de la misma? Dejarnos sin energía, sin ganas de nada y eso es normal porque tenemos la sensación de pérdida, en este caso es real, pero en otros puede ser hasta fantaseada. No hay posibilidades de recuperar lo perdido, hay ese dejo de frustración el cual solo podemos soltar a través de la aceptación. Es por ello que muchas veces tratamos de evitarla distrayéndonos con actividades, trabajo, amigos o bien, intentamos reducirla, negándola y reprimiéndola, o buscamos algunos de los conocidos escapes falsos, como alcohol u otras sustancias.

A lo largo de mi vida, quizá muchas veces, he pagado muy caro el costo del aprendizaje para reconocer que: “Hay que llorar por los ojos, no por el cuerpo”, encontrando el maravilloso recurso de llorar también a través de las palabras. Al escribir esta columna, lo estoy haciendo efectivo.

Aceptar que el dolor es una expresión natural en el proceso de duelo y surge porque estamos viviendo una pérdida de un ser querido, en algunos casos hasta de un objeto muy preciado. Pero el dolor, por su misma naturaleza, tiende a desvanecerse, a desaparecer, al permitirle un flujo natural. Sin embargo, el riesgo de un duelo mal vivido es que se enquiste, se expanda y se perpetúe al transformarse en sufrimiento, esa creación irracional del ser humano a partir de los diálogos tortuosos y catastróficos que nuestra mente es capaz de elaborar.

Busquemos compañía, regalemos compañía; es una sana opción para los que experimentan el proceso de aceptación de su duelo.

Sin darme cuenta, ya estaba en mi oficina, ya había grabado el mensaje. Espero que al leer esta columna encuentres ese pequeño bálsamo de apoyo para regalarlo a quien está viviendo este momento no deseado de la vida. Si es así, compártelo.

Seguimos en contacto a través de mi página Oscar García Coach.

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