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COLUMNA
LA FÓRMULA DE LA FELICIDAD: ¿El dilema?
Y aquí, con más fuerza que nunca, se presenta el dilema: ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo?
Óscar García
24/05/2017
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Foto: Noroeste

 

¿Te has imaginado un día vivir sin ninguna restricción?, hacer todo lo que te venga en gana, todo mundo sería casi lacayo tuyo, se atenderían todos tus caprichos, tu voluntad se impondría en cualquier momento. ¿Crees que eso te haría feliz?, ¿te sentirías pleno y tu vida tendría sentido?
Estoy convencido que de acuerdo a la edad cronológica y emocional de cada uno de nosotros tendríamos gigantescas variaciones en las respuestas.
Existe una edad donde nos sentimos súper héroes, queremos jugar todas las aventuras posibles, disfrutar de todos los placeres que la vida nos ofrece, como dirían: “Comernos el mundo a puños”. Repetía con frecuencia mi madre: “Cuántos, por tener dinero, empeñarían hasta el alma al diablo”, como lo plasma en su obra maestra Goethe, donde el ser humano consentido de Dios se dedica en su juventud a esforzarse por aprender todo lo que puede ser conocido y reconocido por la sociedad, incluso fuera de lo que conocemos como valores o propósitos morales.
Esta etapa de aprendizaje es donde nos desgastamos como formadores, nos invadimos en preocupaciones extremas ante el reto de guiar a las futuras generaciones, que han declarado al placer como el camino para lograr un sentido y propósito de vida. Lo sorprendente es que aún viviéndolo todo, experimentándolo todo, encontramos que a pesar del poder económico, político y social que pueden adquirir en esta etapa, sigue existiendo en su interior una sed insaciable de más, presentando un vacío existencial que los acerca más a depredar su salud emocional. Y de manera casi inmediata se presentan síntomas de ansiedad, tristeza, depresión, que se ven reflejados en su diario caminar.
Y aquí, con más fuerza que nunca, se presenta el dilema: ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo?
Porque si tenemos mucho poder, éste ya no nos sirve ni nos llena, como por arte de magia el poder ya no nos sirve para servir, ya nos servimos de él, abusamos de él y nuestros comportamientos nos llevan a hacer una ostentación del mismo, como una forma no deseada, pero necesaria para decir soy lo que tengo, no lo que siento.
Hace mucho tiempo me contaron una historia de un turista que decide participar en una peregrinación a un templo sagrado en la India. Él estaba consciente de su entrenamiento físico, seguro estaba de sus largas sesiones de aerobismo y gimnasio. Sin embargo, a los primeros 20 minutos de iniciado el recorrido le faltaba el aire, perdió su fuerza y cayó desplomado al piso. Desde ahí veía pasar a mujeres cargando a sus hijos en brazos, los ancianos apoyados en su bastón o complementando con una muleta la ausencia de una pierna. Con profunda angustia le pide explicación a la mujer que cargaba un bebé en la espalda y un niño en brazos: “No puede ser que alguien me explique. ¿Por qué ellos no se cansan y yo no puedo más”.
La respuesta fue muy directa: “Cuando tu filosofía de vida es ver todo como una competencia, la montaña será tu enemigo, y al querer derrotarla desenfocas tu energía”. Con profunda tranquilidad la mujer afirma: “Yo no veo a la montaña como el adversario a vencer, yo busco ser un complemento de ella. Al ascender voy compenetrándome, empatizando, conectándome para que la misma montaña me ayude a subir”.
Bajo esta profunda reflexión, podemos interpretar que aún teniéndolo todo, no podemos ser felices si no somos capaces de conectar con la vida, para que ella misma nos ayude a ser mejores, que cada reto no sea una competencia, sino la oportunidad de interpretar la guía de ascenso a una mejor versión como seres humanos.
Aquí está el verdadero dilema y el tremendo miedo de ser juzgado de conformista cuando lo que buscas te da sentido y no dinero, cuando lo que deseas te llena de amor y no de riquezas materiales. ¿Cómo queremos que nuestros jóvenes decidan si nosotros mismos muchas veces no sabemos a dónde vamos?
Buscando el camino juntos te invito a compartir mi página Oscar Garcia Coach.

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