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Las alas de Titika: ¿A dónde vamos?
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María Julia Hidalgo
05/06/2018 | 10:54 AM
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Foto: Internet

Autos sin chofer, guerras sin soldados, cirugías sin doctor, entregas sin repartidor, recepciones sin operadoras, establos sin vaqueros, restaurantes sin meseros, periódicos sin periodistas, parejas con un miembro… Teléfonos de bolsillo, oficinas portátiles, video conferencias, localización satelital, transacciones electrónicas; todo al alcance de cualquiera.

Si en tiempos de los abuelos la radio y la televisión fueron inventos que cambiaron su vida, ahora, mínimo, se sorprenderían de ver hamburguesas sin carne, cerveza sin alcohol, pasteles sin harina, libros sin papel, juegos sin juguetes, y panaderos haciendo entregas por los cielos.

A menos que seas descendiente directo de la tía Juana, insistirás en guardar el dinero en un bote de manteca y en escribir cartas de puño y letra para luego enviarlas por un buzón postal y dar razón a los tuyos. Pero si formas parte activa de la economía actual tendrás que tener tu chip para pagos electrónicos y tu FIEL para compartir tus números íntegros con la oficina de Hacienda.

Aunque con tanta sistematización me pregunto qué hará la RENATA (Reserva Nacional de Talentos —eufemismo no inventado por mí, para llamar a los desempleados) para sobrevivirle al devorador progreso. La era del fin del trabajo ya está entre nosotros —eso tampoco es cosa mía, lo han dicho sociólogos y economistas—; expertos anuncian la llamada “tercera revolución industrial”, basada en las energías sostenibles y las consecuencias del Internet como economía colaborativa, donde las comunicaciones, la energía y las formas de transporte seguirán marcando la gran pauta.

Los conceptos económicos de comunión y de gratuidad freeconomics, han cobrado fuerza en distintos lugares de la tierra. En ellos se habla de que el dinero ya no será la moneda de cambio, sino los bienes que cada uno produzca y que le sirvan al otro.

Economías con un carácter más solidario, donde los costos tiendan a cero. Tal y como lo hacían nuestros antepasados al intercambiar lo que les sobraba por lo que les faltaba. Puede ser que los niños de ahora logren ver cerrado ese círculo, y regresen a la llamada paleofelicidad —al igual que la paleodieta—, una nueva filosofía que tiene que ver con comer los productos de la milpa, vivir en pequeñas ciudades, sin demasiados amigos y con tiempo para uno mismo.

La carrera es tan rápida, que casi ni nos percatamos de que ya no se necesita una agencia de viajes para elegir destino, hotel y la compra boletos de avión. No hace falta un asesor inmobiliario para conocer las bondades de un bien. Los servicios del fotógrafo quedaron olvidados con El retrato de Manuela, de Chava Flores.

El lavador de autos ha sido sustituido por el carwash y el cobro del supermercado, cada vez más, lo escanea directamente el cliente. El funcionamiento de una casa puede ser controlado desde cualquier lugar donde se encuentre su dueño. El alquiler de vientres puede convertir en padres a cualquiera, siempre y cuando tenga el suficiente dinero para pagarlo. Las madres sustitutas ofrecen sus servicios para que las biológicas se realicen profesionalmente —¿modernidad?—.

Somos testigos de que las nuevas tecnologías elevan la producción, pero también están desplazando a millones de personas de sus trabajos. Ni siquiera los drones necesitan ser operados por un piloto, éstos ya pueden navegar solos conectados a satélites.

Quizá nos toque ver en línea la oferta de robots creados para hacer limpieza doméstica o humanoides de compañía. Pero mientras llegan —si llegan— los beneficios del desarrollo a nuestra puerta ¿qué haremos nosotros?, ¿seguiremos enrolados en esta loca carrera?

Sería bueno sentarse un rato e intercambiar impresiones con la tía Juana, tratar de hablar con ella de la Internet de las Cosas (IoT) y de las economías conectadas, seguro irá al grano y sabrá dar prioridad a las Pequeñas Grandes Cosas.

 

 

 

 

 

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