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COLUMNA
Las alas de Titika: Chin, chin...
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María Julia Hidalgo
14/07/2019
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Foto: Cortesía

Chin chin el Teporocho fue la primera publicación de Armando Ramírez, hace tantos años como los que yo tengo de vida. Fue tal la intensidad de su contenido que al poco tiempo se llevó a la pantalla grande, lo que le hizo ganar un Ariel, en el año 1977.

La aterradora realidad y la marginación que se muestran en la historia han resultado aberrantes para muchos de sus lectores; alabada por muchos y reprobada por otros, pero sin duda su estilo narrativo —nada convencional y rechazando las buenas maneras de las formas conservadoras— marcó una diferencia dentro de la narrativa mexicana, a decir de expertos, y le ha valido la vigencia hasta nuestros días. Hoy, en su memoria, comparto un poco de esa peculiar novela que da vida a ese teporocho que todos hemos reconocido y, que según el diccionario, se describe como: tipo harapiento de los barrios bajos de la Ciudad de México.

Ver al teporocho y decir: chin —o un doble chin— es la expresión que brota como doble maldición al encontrarnos otra vez con el ‘jodido alupisiento’, ese que se tambalea en las calles y al que todos le sacamos la vuelta. Pero Armando Ramírez no le sacó la vuelta a la creación del personaje avecinado en el barrio bravo de Tepito sino que narró una historia y la tituló Chin chin el Teporocho; en ella nos cuenta, sin miedo a las palabras, la vida de un tipo que se hunde poco a poco en el vicio del alcohol.

Una historia urbana que ocurre en un barrio bajo de la Ciudad de México; un personaje que está mucho más allá de la mera imaginación. Ramírez describió una realidad aterradora y ruin, donde nos invita a ver con otros ojos la desgarradora y cruda realidad que se vive tras las botellas del alcohol en muchos sectores olvidados de la gran ciudad.

Rogelio, el teporocho, fue huérfano y criado en casa de su tío, en una vecindad en el barrio de Tepito. Se enamora de la hija de un español, con el que trabaja, dueño de una licorería en el centro histórico. Se casa con ella y tienen un hijo, pero lo que descubre una noche en casa de su suegro acaba con la esperanza que aún le quedaba. Escenas que describen los baños públicos en la Ciudad de México, aventuras secretas en camas equivocadas, amoríos escondidos, acose policiaco, vidas arrebatadas, muertes violentas y crueles, traición, infidelidad, mojigatería, soborno y chantaje. Ingenuidad e inocencia que van llenándose de un panorama crudo y salvaje al que no hay tiempo de zafarse ni darle la vuelta.

Se acerca el teporocho a unos cuates que se están echando un ‘chupe’, luego de pedirle un ‘tren’ aspira macizo y aguanta la respiración. Los demás hacen lo mismo y ya entrados en el ‘viaje de galaxias’ el teporocho se dirige al ‘ñero’ que le dio el ‘pase’ y le dice que le va a contar su vida, pero le advierte que a ver si alcanza pues está a punto de caerse, si así sucede le pide que lo busque en el callejón de ‘salsipuedes’. El teporocho empieza contándole su llegada a una fiesta con sus cuates de la vecindad y entre música de Javier Solís hablan de las recientes ‘caldeadas’. En esa fiesta conoce y se enamora de la mujer que amó antes de perderse en el trago.

El teporocho perdió la confianza y poco a poco se fue envolviendo en su alterada realidad, pero también vivió una tierna y prometedora historia de amor. La vida se encargó de arrebatarle cada uno de sus sueños hasta convertirlo en un ser sin voluntad y sin más motivo que aventarse una ‘teporocha’ y un ‘tren’ que le hiciera más leve el corto viaje.

Este miércoles 10 de julio fallece el guionista y escritor Armando Ramírez, autor también de las novelas Noche de califas y Quinceañera, historias referentes de la vida en la Ciudad de México. Cronista, organizador de bailongos en plazas públicas… “todos nos podemos salvar cuando nos incluyen. Me gusta que la gente se sienta viva”, me dijo la última vez que me lo topé en la Ciudadela. Descanse en paz, Armando Ramírez.

 Comentarios: majuliahl@gmail.com

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