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COLUMNA
LAS ALAS DE TITIKA: Destino
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María Julia Hidalgo
04/07/2020
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Foto: Cortesía

—¿Y si tiembla?

—Te metes al metro, seguro la libras.

Una vez abajo, —pensé que la gente se deslizaba en bandas eléctricas, todos tun tun al mismo ritmo, pero no, si no avanzas te aplastan— los vagones van librando el congestionamiento vial y transportando a millones de seres a sus diferentes destinos. Las entrañas de la tierra mueven a chicos y a grandes, hombres y mujeres, estudiantes y trabajadores; todos bajo tierra monitoreados por cámaras que vigilan el orden —se hace lo que se puede—. Ocasionalmente, la presencia policiaca alerta a los escurridizos vendedores. Por un momento se detiene la oferta comercial, pero sólo dura algunas estaciones. Apenas descienden los uniformados y en la siguiente parada empieza de nuevo el desfile.

Enciclopedias virtuales presentadas por un merolico que con su discurso bien compite con cualquier estudiante universitario —¿o quién se atreve a dudarlo?— Títulos de libros y autores que son pronunciados en un perfecto inglés o francés, según sea el caso. Músicos que interpretan piezas clásicas al ritmo del violín o saxofón, artistas jaraneros o ritmos andinos; mochileros que acomodan magistralmente un equipo de sonido con el que arriba se armaría un buen bailongo: cumbias, rock, norteñas, ochenteras, baladas, mambos, corridos, películas, videos… no importa el ánimo ni la aglomeración, la ilusión de venta está en el bolsillo de cada usuario.

El viaje de ida y de regreso tiene siempre una nueva experiencia. Además de vendedores, víctima de una buen manoseo. Ante la indiferencia de los viajeros hacen su aparición los jóvenes o niños de la calle. Con su torso desnudo y marcado por cicatrices extienden su camiseta llena de vidrios para ofrecer un espectáculo que ofende a cualquiera; peticiones de advertencia que te recuerdan lo difícil que la tienen allá afuera. Indígenas descalzos que te extienden una nota de papel donde te agradecen la moneda que puedas darles; han emigrado a la ciudad porque en sus poblados la situación está más difícil, —¿más?—.

Con dificultad desciendes en tu destino y ves largos pasillos que ya han sido divididos para hombres y mujeres. Algunos llaman a eso “absurda segregación”, otros agradecen el intento. Te sorprende no ver ni un papel tirado en los pasillos ni pintas como sucede en París o New York. Avanzas y eres testigo de los esfuerzos culturales, proyectos de lectura que ante las prisas apenas sí los notas. Vitrinas que exhiben propuestas plásticas que ven pasar de largo a viajantes indiferentes. Ancianos que tocan una armónica y que te recuerdan un empobrecido programa de pensiones. Antes de atravesar los torniquetes ves con alivio, o tristeza, lo que dejas atrás…

Sales y te topas con los vendedores de arriba, seguramente aquellos que no lograron colarse y así ofrecerte mercancías más elaboradas. Caminas y reseñas tu aventura del día, la contrastas con las últimas noticias: “Evite aglomeraciones”, ¿conocen el metro?, lo ignoras. Lo dudas, pero no quieres agobiarte, sólo estás de vacaciones. Una vez afuera empiezan de nuevo las incógnitas. Continúas caminando y recuerdas el contrastante mundo del que acabas de resurgir. Un paseo underground —dicen los hipsters— en el que tendrías que zambullirte nuevamente para palpar la esencia. Conoces el metro y decides que en tu siguiente viaje sólo visitarás los mercados; las piñatas y las frutas tienen un mejor colorido.

 —Nunca encontré a Susana.

 —Olvídate, aquí nadie tiene nombre

 Comentarios: majuliahl@gmail.com

 

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