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COLUMNA
LAS ALAS DE TITIKA: Llegar a viejo
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María Julia Hidalgo
29/08/2020
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Foto: Cortesía

Esta semana cumplió 107 años, y, aunque hace meses que no lo veo, hoy recibí una foto con su pastel de festejo. Nos conocimos en un café de la ciudad donde él acostumbra tomar té con tarta de frutas. Su sentido del humor y vitalidad son admirables. “Usted y yo, seguro, nos encontraremos en la otra vida —le dijo mi amiga— por qué no empezamos en ésta”, respondió él. Debido a la pandemia ni mi amigo ni yo hemos pasado por el café; justo hoy yo habría ido a leer a Cortázar para honrarlo por su aniversario 106. Imaginé un diálogo entrambos sobre la gracia de llegar a viejos —luego se los cuento—

No sabía por qué las voces de los ancianos se hacían presente esta semana. La Academia Mexicana de la Lengua publicaba el refrán: “si la juventud supiera, y la vejez pudiera…”, caí en la cuenta de que en esta época, donde todo celebramos, justo se acercaba el Día del Abuelo. Qué tan real es este festejo en una sociedad donde existe un verdadero culto al cuerpo, donde prevalecen los estereotipos sobre lo que se considera bello, sano, productivo y deseable contra el cuerpo visto como feo, enfermo, improductivo e indeseable. ¿Cortázar y Francisco —así se llama mi amigo— salen de este estigma por ser seres amables, productivos, creativos, autosuficientes, con ciertos logros y posesiones?

La juventud se lleva en el corazón, decimos optimistas, pero nos aterra llegar a viejos y pasar al baúl de objetos olvidados. ¿Sirve de algo acumular riqueza económica a sabiendas de que cuando lleguemos a viejos ya no habrá vigor para disfrutarla? En temas tan sensibles, una voz experta se agradece. Consulté al antropólogo José Luis Vera, quien dice: “En una sociedad de consumo, como la nuestra, llegar a viejo con cierto cúmulo de bienes servirá de mucho y será determinante para continuar vigentes en el plano social y en la mayoría de los casos, también en el familiar. Llegamos a ser viejos según la cultura y los criterios que se establecen de la sociedad en la que vivimos”.

Entre los atributos que nuestra sociedad considera deseables, el doctor Vera destaca que además de darse un valor preponderado a los logros y posesiones materiales también se valora la capacidad de generarlas. Un cuerpo fértil y productivo es valioso por poseer y generar riqueza, pero existe otro valor que puede superar lo indeseable del cuerpo y éste es la cantidad de bienes que el anciano haya acumulado y que a su vez puedan ser distribuidos a las personas cercanas. En sentido estricto será un cuerpo estigmatizado, pero aceptado por sus posesiones en su contexto social y familiar.

Qué contradictorio resulta pensar que una etapa de la vida pueda ser tan juzgada —si todo lo juzgadamente vivido no hubiera sido suficiente—. ¿Acaso nacimos con la edad que tenemos hoy?, ¿qué no fuimos bebés, niños y si a caso afortunados llegaremos a ser ancianos? Entonces ¿por qué nosotros mismos nos relegamos? Quizá este especialista se equivoca y la nuestra no es una sociedad que forma parte de las estadísticas. Quizá en la nuestra abundan los vitales Franciscos, capaces de departir en cafés, de trabajar la milpa, de bailar un danzón en la plaza. Quizá en la nuestra amamos a los Cortázar y nos seguimos embriagando de floridos cronopios y llegamos a ser capaces de reconocer la creatividad y toda su experta y acumulada belleza. “Amamos nuestra vida”, dijeron ellos.

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