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COLUMNA
Las alas de Titika: Mi #MeToo
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María Julia Hidalgo
07/04/2019
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Foto: Cortesía

Ya pasó lo que entendía. No lo pensó con esa claridad, pero algo había cambiado y es que ya no sentía la misma libertad. Se enteró del anuncio —por alguien más, él no sabía leer—. Le dijeron que había que andarse con cuidado con eso de los piropos, ahora bastaba que incomodara a alguien para que llamase a la policía y pudieran detenerlo, acusarlo, encerrarlo y llamarlo: acosador. Él, que ha aprendido a pegar ladrillos al mismo tiempo que a soltar galanteos y dicharachos a cuanta fémina pasara por la acera, ahora le decían que eso es una falta, un abuso, un acto misógino. —¿Misoqué?

Él pensaba eso y yo no pude más que ver malogrado ese cuento en el que Toby espera ver pasar a la muchacha rubia por la banqueta para verle las piernas y ser feliz; o ese otro donde Tanilo dice saber que las piernas de su cuñada son como piedras calientes al sol y que están solas… No importa que no diga gran cosa, las miradas lascivas también agreden, ofenden, castran y castigan, pero nada de eso pasaba por su cabeza, él sólo quería seguir haciendo algo que va de la mano con su oficio; una chispa de picardía que le hiciera la carga menos pesada. “Es que usted no piensa en lo que sienten ellas, lo que les provoca cuando usted suelta esos piropos ofensivos”, le habían dicho.

Entristecido y cabizbajo por la represión que acababan de anunciarle, caminó al metro. Tuvo cuidado de llegar a los vagones correspondientes, no fuera a ser que parara en el de mujeres y entonces sí. Viéndolo bien, era algo que ya se veía venir, pensó, hacía tiempo que en el metro ya habían pintado la raya. El vagón abrió sus puertas y, entre empujones, a como pudo, se zambulló entre los cuerpos que se sumían y se estiraban para acomodarse mejor. Empezó a preocuparse, varias mujeres se habían colado y ellas estaban allí, en el vagón equivocado. No sabía dónde poner las manos, cómo ladear el cuerpo, dónde la mirada. Ellas retadoras lo intimidaban, lo despreciaban; él percudido, recién salido de la labor sabía que no era lo que ellas esperaban…, pero el sólo hecho de compartir ese minúsculo espacio ya lo ponía en desventaja; aunque ellas viajaran en el vagón equivocado.

“Los que acosan no son hombres son acosadores; los que violan no son hombres son violadores; los que golpean no son hombres son golpeadores…”, eso le había dicho su hijo quien estudió y daba clases en la universidad. Éste también le había compartido que le tocaron varias alumnas que se le insinuaban a la hora de las calificaciones: “van más destapadas de lo normal y me dicen que de que ‘otra forma’ pueden subir la calificación; el tono insinuante va acompañado de un acercamiento que cuesta ignorar”. Su hijo sabe que pueden ser expulsados con una sola acusación y él ahora teme que le armen escándalo en el metro.

El albañil me contaba y yo recordaba la agresión verbal que acababa de hacerme una colega por el proyecto que acababan de aprobarme “debe ser que le gustas al responsable” y por otro lado dijo que igual y me lo había “tirado”. El obrero hablaba y yo recordaba al colega Javier que fue quien me abrió puertas en los medios, a Juan que me aceptó en mi primer trabajo, a mi maestro que escribió generosamente sobre mi… a los hombres maravillosos que han pasado por mi vida —que han sido más que los ordinarios—, a todas esas hermosas mujeres que han enriquecido mi andar. ¿Será necesario el ajusticiamiento, la lapidación? Como dice Michael Foucault, será que estamos más interesados en el castigo y no en la redención. Será que nos estamos convirtiendo en juezas ciegas o que tenemos formas distintas de pronunciar las coincidencias.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

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