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Las alas de Titika: Regresó
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María Julia Hidalgo
26/05/2018 | 12:55 AM
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Foto: Cortesía

La vi de lejos, estaba de pie. Me pareció distinta. No la recuerdo así. La foto que durante años guardé pegada a la pared para no olvidar su rostro, sin duda, captó sus mejores años. Ahora era menuda; tenía los pies secos y los talones partidos. Delgada, pero no erguida. Su espalda había ganado una pequeña curva en la parte superior que no correspondía al resto de su figura. Su cabello escaso y chino es el único rasgo que recuerdo.

Durante los 15 años nunca vino a visitarme. Seguramente ni se enteró; nunca se interesó por nuestras vidas. ¿Qué hacía ahora aquí?, ¿por qué regresó? Siempre pensé que me moriría y no volvería a verla. Apenas tenía siete años cuando se fue. Recuerdo que me prendí de su falda cuando la vi salir con una bolsa. Por más que la apretaba y llorara no me escuchó; se fue sin ni siquiera volver la vista. Aunque mi abuela me decía que no chillara, yo sabía que ella estaba tan triste como yo.

El tiempo que siguió yo la extrañé día y noche. Le preguntaba a mi abuela cuándo regresaría, ella me respondía que cualquier rato, me ordenaba que no anduviera de maricón y que me portara como un hombrecito. Así fui creciendo, aguantándome su ausencia y tragándome el coraje.

De él nunca supe nada, ni siquiera lo conocí. Cuando preguntaba, me respondían que yo no tenía papá. Me dio por pensar que él nunca supo de mi existencia. Aunque poco, ella sí estuvo conmigo. Me quería mucho, aunque me pegaba y me jaloneaba todo el tiempo. Siempre que me acercaba para estar a su lado, me aventaba y casi nunca me daba un abrazo, pero yo sabía que me quería.

Se perdía por varios días, pero luego aparecía. Se iba y yo me sentaba por las tardes en la puerta esperando a que llegara. Cuando la veía venir me metía corriendo a la casa, no le gustaba que la abrazara; no me importaba, yo me ponía muy contento sólo de saber que ya había regresado.

La misma noche que se fue con la bolsa, la vi llorando en el lavadero. Estaba sentada en el suelo y tomaba tragos de una botella de vidrio; no supe si se la terminó, pero sí me di cuenta que lloró por mucho rato.

Al principio me pregunté por qué se había ido, y si ella también sufriría como nosotros. Pero cuando el dinero no alcanzó para vivir, las lágrimas fueron desapareciendo y aventé mi tristeza a la chingada. Pocas cosas me importaron.

En la ranchería, casi todos vivíamos de cuidar la siembra. El día que me invitaron a hacer "el 'jale" me dijeron que me iría muy bien; no había de otra, me fui con ellos. El jale salió mal.

Hoy es mi último día. No sé qué sigue. No sé si todo lo que he escrito en la reja servirá de algo... pero que ella esté aquí, que haya venido por mí, seguro es el fin de todas mis historias. (Cuento)

Comentarios: ajuliahl@gmail.com

 

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